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lunes, 13 de junio de 2016

Ciudadanos

Por Soledad Platero Puig

“No estamos yendo a una regulación de precios ni nada en esa línea; esto es control ciudadano de precios”, dijo el subsecretario de Economía y Finanzas, Pablo Ferreri, durante la presentación de Preciosgub, una aplicación que permite al usuario comparar precios de diversos artículos en los comercios, tomando en cuenta distintas variables (la zona, la marca). Todavía no es claro si la aplicación funciona tan bien como promete, pero la idea es muy buena: los comercios en los que el artículo buscado está más caro aparecen resaltados en rojo, y los que tienen mejores precios son señalados mediante una estrella o un diamante. Si a esa calificación primaria se le suma la ubicación en el mapa, que permite al comprador saber hasta dónde tiene que moverse para conseguir la mejor oferta, y el hecho de que también puede comparar canastas (es decir, varios artículos agrupados), parece claro que el telefonito cargado con la aplicación se transformará en una herramienta casi tan útil como el viejo método de recorrer ferias y supermercados con implacable y certera mirada de ama de casa. El único problema (suponiendo que la aplicación funcione como es debido) es que sólo serán ciudadanos, a efectos de ejercer el control de precios, quienes tengan un celular inteligente y conexión a internet.
La tecnología es la gran fantasía democratizadora de nuestro tiempo. Nos permitirá (algún día, cuando las leyes se hayan modernizado lo suficiente) compartir cultura, imprimir órganos, churrascos y apartamentos, poner y sacar gobiernos sin movernos del sillón del living, comparar precios y, seguramente, conseguir que el pedido del súper, armado sólo con las mejores ofertas, llegue a casa sin que tengamos que ir a buscarlo. De hecho, la tecnología para hacer posible cualquiera de estas cosas ya existe, y sólo detalles más o menos significativos (algunas normas jurídicas, algunos problemas de costos) nos mantienen aún lejos de ese paraíso sin conflicto y sin sufrimiento.

Cuando yo era niña me fascinaban las ventajas con las que contaban Lucero y Cometín Sónico, los más chicos de la familia Sónico. Cualquier cosa que se les antojara comer salía, ya pronta, servida y calentita, de alguno de los relucientes electrodomésticos de su cocina. Y aunque la familia tenía una mucama eficiente e incansable a la que todos parecían querer mucho, no escapaba a la comprensión de nadie que se trataba de un robot. Nadie humano parecía sacrificarse para que los Sónico tuvieran una vida libre de complicaciones fastidiosas (excepto, claro, las complicaciones derivadas de los lugares de género del padre y la madre). Todavía recuerdo el desagrado con que recibí la observación de alguno de mis mayores, que me hizo notar que en algún punto de esa cadena tenía que haber alguien que hiciera el trabajo. En algún lugar alguien había ordeñado la vaca (o limpiado la máquina ordeñadora) que proporcionó la leche para el helado, alguien había hecho el helado, alguien había armado la hamburguesa. Aunque todos los procesos estuvieran automatizados, en algún punto, siempre, estaba, invisible y secreto, el trabajo de alguien. En ese sentido, mucho más brutal (mucho más honesto) era el paraíso de Los Picapiedras: dentro de cualquiera de sus artefactos domésticos había un animal prehistórico que lavaba, trituraba o planchaba para hacer más sencilla la tarea de Vilma.

El problema de pensar que las injusticias o las avivadas pueden corregirse con tecnología y control es que se parte de la base de que la injusticia es un error del sistema, y no una falla inherente a su funcionamiento. En un mundo ideal (en un mundo de historieta, en un mundo que no se cruza en ningún punto con las realidades paralelas de los que están afuera del paraguas civilizatorio) es posible controlar los precios mediante la acción responsable y consciente de ciudadanos munidos de tecnología y vacunados contra la infección de la publicidad. Tan posible como abrigar a los desabrigados mediante percheros solidarios o alimentar a los hambrientos mediante heladeras comunitarias proporcionadas por los dueños de restaurantes. Tan posible como disponer un arsenal de técnicos para contener a un estudiante violento que se muestra incapaz de cursar el sistema educativo sin agredir a los docentes. Lo malo es que ese mundo maravilloso no se parece demasiado al mundo en el que viven unos cuantos, así que, cuando queremos ver, alguien protesta porque la aplicación no carga, otro alguien no sabe lo que quiere decir “aplicación” (y no tiene idea de cuánto cuesta el litro de aceite, porque compra suelto lo que puede, cuando puede), algún desubicado tira y pisotea las bufandas solidarias y algún otro impresentable come lo que no necesita o escupe el plato del que viene detrás. No se puede tener un mundo eficiente y bien aceitado con tanto maleducado, tanto menesteroso y tanto ignorante en la vuelta. Las formas que nos damos para evitar decir que el capitalismo de mercado es injusto y salvaje, que deja a millones en el mundo no sólo fuera de sus beneficios sino fuera de las más básicas condiciones de supervivencia, ya alcanza extremos ridículos. Nos organizamos para combatir el mal con medidas correctivas que, en última instancia, sólo pueden funcionar con la buena voluntad de los beneficiarios, sin considerar si esa buena voluntad es esperable. Nos encanta ser buenos y ser modernos, y estamos dispuestos a todo con tal de no poner en discusión un modelo de crecimiento constante evidentemente insustentable y que nos obliga cada vez a más esfuerzo y más consumo a cambio de más precariedad y más incertidumbre. Pero nos duele la injusticia, así que vemos con optimismo todas las iniciativas buenoides para compartir lo que nos sobra o para vigilar a los que nos quieren estafar. Se hace lo que se puede, aunque se pueda poco.

En estos últimos días he visto crecer expresiones asertivas que señalan (sobre casi cualquier tópico) que “es por ahí” o que, al contrario, “no es por ahí”; maravillas de la lírica militante que apuntan, como es obvio, a celebrar el buen camino y advertir del peligro de tomar el camino errado. Suelen hacer referencia a medidas concretas, porque lo concreto es siempre más fácil de evaluar. Yo confieso no saber muy bien por dónde es la cosa, pero reclamo que en algún momento volvamos a plantearnos no tanto por dónde sino para dónde. Que hagamos el ejercicio de ver si podemos enunciar que es para la justicia y la dignidad de todos, o no es. Que es para terminar con la explotación, con la miseria y con el abuso, o no es. Que es para terminar con los privilegios, o no es. Y punto. Porque ya cansa un poco eso de pedir disculpas antes de haber siquiera empezado a tomar una medida de choque.

Tomado de La Diaria

sábado, 21 de mayo de 2016

Dueño de nada

Por Soledad Platero Puig

Uno de los problemas que se presentan, por ejemplo, en la discusión en torno a los derechos de autor, es la imposibilidad de medir el valor del trabajo intelectual. Sin embargo, es precisamente eso lo que está en juego, porque, ¿qué es lo que se obtiene gratis cuando se reproduce, por ejemplo, un libro? No el papel, ciertamente, porque las hojas de fotocopia siguen teniendo costo. Tampoco el  electrónico, porque quien quiera leer un material digitaldigitalizado contar con el dispositivo para hacerlo, y, hasta el momento, los únicos dispositivos que los estudiantes obtienen en forma gratuita son los que suministra la ANEP (y para esos dispositivos ya hay materiales obtenidos mediante convenidos diversos). Así, lo que se volvería gratuito en caso de consagrarse el nuevo marco jurídico sería la parte inmaterial del objeto. El trabajo, ni más ni menos. En el caso de un libro, el trabajo del autor, del editor, del diseñador, del corrector y del armador que participaron en lo que terminó por ser un volumen de texto.

No debería sorprendernos, sin embargo, que sea precisamente el trabajo la parte oculta o invisible en esta historia. La historia del capitalismo podría leerse precisamente como la historia del ocultamiento del proceso productivo o como la transformación del producto en un objeto mágico surgido de ninguna parte, sin dolor, sin sufrimiento, sin relaciones de explotación, sin violencia ni injusticia ni abuso.

El trabajo es siempre invisible porque el capitalismo de mercado necesita cosas que pueda cuantificar: productos, artículos, objetos. Por eso los servicios se pagan tan poco (¿cómo medir cuánto trabajo hace una persona que cuida a alguien, excepto midiendo las horas que le dedica a esa tarea, tan poco calificada?) y algunos productos, inherentemente inmateriales, como la creación intelectual, no pueden valorarse sino en función de la oferta y la demanda.

En estos días se procesa una discusión en torno al reclamo que el escritor Diego Fischer introdujo en la Justicia contra el grupo de parodistas Los Zíngaros. Fischer argumenta que la parodia (un género que varias legislaciones contemplan a la hora de hacer excepciones a los derechos de autor) usó en forma indebida material de su libro sobre Juana de Ibarbourou. El asunto se dirime en el juzgado (y será interesante ver qué pasa, porque en caso de que se le reconozcan al autor los daños causados puede venirse una avalancha de juicios iniciados por músicos cuyas melodías han sido usadas en el carnaval, sin permiso y sin escándalo, desde el fondo de los tiempos), pero mientras tanto se discute en foros y redes sociales. Alguien dice que el trabajo de un escritor de novelas es siempre creativo, a diferencia del que hacen un periodista o un biógrafo, meros contadores de hechos o circunstancias de la vida misma. No demora otro en responder que contar hechos es un trabajo enorme que requiere investigación, horas de bucear en documentos y de entrevistar a testigos o protagonistas, y que, en todo caso, trabajo por trabajo, el del investigador es más trabajo que el del creador de ficciones. El propio Fischer, para enfatizar el valor de su libro, explica que fue reeditado 28 veces y que vendió más de 30.000 ejemplares. Como sea, el problema sigue siendo el mismo: para dar cuenta del esfuerzo de un autor hay que recurrir a las horas de trabajo materialmente cuantificable, de desgaste físico hecho en polvorientos archivos o en horas de grabación y desgrabación de materiales y, finalmente, al número de ejemplares vendidos en el mercado. El trabajo intelectual en sí mismo y el trabajo material con el lenguaje no son percibidos como trabajo y no parecen merecer remuneración. (Una anécdota al pasar: cuando yo empecé a escribir sobre libros para un periódico de plaza de circulación gratuita, se me explicó que las reseñas, a diferencia de “las notas”, no se pagaban. La única remuneración del reseñista era el libro, con el que podía quedarse luego de haberlo leído y de haber entregado la reseña. El director de la publicación partía de la base de que leer un libro y comentarlo no constituían un verdadero trabajo, a diferencia de, por ejemplo, sentarse a conversar con alguien con el grabador encendido, hacerle preguntas y luego desgrabar la charla y transformarla en escritura. El trabajo verdadero, supongo, estaba en el esfuerzo físico de desgrabar).

En todo caso, la discusión alrededor de los derechos de autor expone problemas mayores que el de la mera propiedad intelectual, y deberíamos aprovecharla para pensar en ellos. Uno de esos problemas es, justamente, el del valor del trabajo. Y no sólo el trabajo inmaterial, porque a fin de cuentas tampoco se valora el trabajo del que pasa toda una jornada con el lomo arqueado cosechando papas, sino que se valora la bolsa de papas que entrega al final del día. El otro problema es el de la propiedad, a secas. Los nuevos tiempos han dotado de un aura especial a ciertos bienes (la cultura, el paisaje, el agua) y, por lo tanto, parece sensato reclamar su propiedad colectiva, no enajenable. Pero otras cosas siguen allí, protegidas por implacables salvaguardas que hacen impensable cuestionar sus derechos de propiedad. Es el caso de la tierra, por ejemplo.

No deberíamos engañarnos: vivimos una era caracterizada por la frase “quiero todo a lo que tengo derecho”, y “a lo que tengo derecho” -en ese esquema- podría traducirse como “cualquier cosa que exista”. Cada adelanto tecnológico, cada nueva aplicación, cada creación del mercado está ahí, ofrecida y tentadora para que yo sienta que no soy menos que nadie y que me asiste el derecho a poseerla (“toda persona tiene derecho a viajar”, dice un aviso de venta de pasajes). Pero eso no tiene nada que ver con derechos fundamentales, sino con una aceptación chata y acrítica del mandato consumista. Tanto como haya en el mercado puede haber para mí.

No veo la hora de que todos, con la misma convicción, reclamemos la tierra y el techo que nos corresponden, el pan en la mesa, la educación, la salud, la dignidad y la justicia. Yo estoy convencida de que toda propiedad privada tiene algo de robo. Quisiera saber cuántos me acompañan en esa convicción.


Tomado de La Diaria

miércoles, 18 de mayo de 2016

Mejor hablar de ciertas cosas


Por Soledad Platero Puig


 En estos días circula en las redes sociales una nota publicada hace un mes por el diario argentino La Nación en la que se cuenta la historia del gesto de una profesora de geografía que aprobó a una alumna que “no sabía nada”. Brevemente, la estrategia de la docente consistió en aprovechar los conocimientos que la chica tenía por su propia experiencia (los detalles de la producción de frutillas en los agronegocios de la Sierra de los Padres, en la provincia de Buenos Aires; las condiciones de vida de los trabajadores bolivianos y las diferencias con los argentinos) para permitirle sortear el obstáculo de una materia de la que no sabía nada y que necesitaba aprobar para pasar de año. La historia es verdaderamente conmovedora y deja varias moralejas. La primera, que toda persona es portadora de saberes que pueden ser jerarquizados y valorados aunque no se amolden a los rígidos formatos institucionales. La segunda, que la buena voluntad y la empatía de los docentes pueden hacer mucho más por los alumnos que la fría currícula académica. La tercera, que se desprende de las anteriores, que si todos ponemos lo mejor de nosotros, el mundo puede ser un lugar mucho mejor.

En el mismo sentido que esta aleccionadora historia funciona una viñeta que pretende ilustrar la diferencia entre igualdad y equidad: tres personas de distinta estatura (¿niños?) tratan de ver, parados sobre cajones del mismo tamaño, algo que ocurre al otro lado del muro de un estadio cerrado. Como los cajones son iguales pero las personas son distintas, sólo uno de ellos consigue ver con comodidad lo que hay del otro lado; el del medio a duras penas asoma la cabeza, y el más chiquito queda con la ñata contra la pared. La solución que propone la equidad es repartir los cajones con distinto criterio: en lugar de darle uno a cada uno (como, se supone, propondría la igualdad), se le quita el cajón al más alto para sumarlo al cajón del más pequeño, de tal manera que los tres quedan, como el del medio, con el muro a la altura del cuello. Finalmente, la solución es simple y todos pueden ver, sin grandes comodidades pero en forma pareja, lo que pasa del otro lado del muro. La moraleja, en este caso, parecería comparable al segundo hemistiquio del enunciado marxista que dice “de cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades”, y, en ese sentido, es irreprochable. Lo malo es que oculta algo fundamental: deberíamos tirar el muro. Deberíamos aspirar a dar cumplimiento, también, a la primera mitad del enunciado (la que exige de cada cual según su capacidad), porque esa es la única manera de asegurar que no nos pasaremos la vida apilando cajones para que los petisos de la historia puedan vislumbrar el luminoso mundo de los que están del lado de adentro del muro.

El recurso de la profesora de geografía que adaptó el examen a los conocimientos de una alumna evidentemente desfavorecida por el sistema es comparable a la solución de los dos cajones para el más bajito: una forma sensata y sensible de reparar una injusticia original y evitar castigar a alguien que ya venía suficientemente castigado. Pero lo cierto es que la niña de la historia no agregó conocimientos nuevos a partir de su experiencia educativa (excepto, claro, el nada menor de saber que sus propios conocimientos también valen) aunque haya, de todos modos, aprobado el año. La enseñanza no le dio lo que debía darle, y la compensación que la mantiene en carrera no puede suplir esa falta.

Una consecuencia del llamado “fin de los grandes relatos” fue, precisamente, el de dejarnos en una posición de constante incertidumbre respecto de lo que podemos pensar y hacer colectivamente. Creció -estimulada por la vieja ideología conservadora transmutada en nueva filosofía posideológica- la idea de que cada uno es responsable de lo que le toca, y ese principio, que tanto sirve para pontificar sobre innovación, liderazgo y emprendedurismo como para retirar culpas sociales de la exclusión y la miseria, alcanza también a lo que podemos hacer por los demás. Cada uno, decimos, hace lo que puede con su presupuesto. Si no puedo cambiar el sistema, puedo, por lo menos, hacer lo que esté a mi alcance para compensar algunos daños. Puedo donar dos pesos a la salida del súper, puedo no tirar basura a la calle, puedo darle una mano a una niña que no pudo estudiar para que igual salve el año, puedo poner dos cajoncitos debajo de los pies de alguien demasiado pequeño para asomarse por sobre un muro. Es, modestamente, lo que está en mis manos. Sin embargo, no es verdad que sólo podamos hacer eso, y mucho menos es verdad que hacer eso excluya la posibilidad (el deber) de hacer otras cosas.

Estos últimos tiempos vienen mostrando, aceleradamente, que la lucha de clases sólo está muerta en el discurso. Que los privilegiados siguen en guerra con los más jodidos, que no quieren mezclarse con ellos ni reconocerles los más mínimos derechos (no sé si vale la pena traer a colación, una vez más, el penoso incidente de la señora rica que no pudo garronear media entrada de cine por falta de una tarjeta “para mucamas”), que están decididos a arrasar con cualquier plan social (con cualquier cajoncito) al grito de “sinceremos la economía”, que no van a vacilar en usar las herramientas jurídicas, mediáticas o políticas que tengan a mano para conservar su posición de poder y mantener a raya a los advenedizos que quieren colarse a la fiesta. La lucha de clases existe y es despiadada, y nos encuentra discutiendo el derecho a fotocopiar libros o bajar películas sin detenernos un minuto a reflexionar sobre la propiedad en general, sobre su pecado de origen (¿en qué legalidad se funda la propiedad de cualquier pedazo de tierra?), sobre la cadena de injusticias derivadas de ese daño original.

Dilma Rousseff acaba de ser sacada del gobierno de Brasil por intereses poderosísimos que encarnan lo más rancio de la estructura de propiedad y explotación. Varios aliados circunstanciales se le dieron vuelta y más de un oportunista se ve ya libre de las investigaciones que podrían probar sus manejos corruptos y desenfadados. En los años que estuvo en el gobierno, el Partido de los Trabajadores amontonó cajoncitos, pero no golpeó, como podría haberlo hecho, los privilegios de los más poderosos. Y aunque incluyó a los más pobres en el circuito de consumo, no tiró los muros que los mantenían separados de los ricos. No cambió la vieja receta que recomienda agrandar la torta para que caigan más migas. No tomó de cada cual según su capacidad, y sin eso no se puede dar a cada cual según su necesidad por mucho tiempo.

Uruguay transita el tercer gobierno de izquierda de su historia, y atraviesa, por primera vez desde el primero, una crisis global que afecta su economía. Los encargados de gestionar los recursos advierten del peligro de tensar la piola, agitan las sábanas del fantasma del desempleo y recomiendan prudencia (¿cuándo no recomendaron prudencia?) a la hora de hacer reclamos. No se anuncian, por el momento, recortes en los cajoncitos (aunque podrían tomarse como tales varios avisos de control de las cuentas públicas), pero se llama a un diálogo social lleno de invocaciones al trabajo y a la responsabilidad, con palabras clave como “productividad”, “flexibilidad” y “compromiso”. En el menú discursivo no hay nada que llame a la movilización por más justicia o menos explotación. Nadie nos está hablando de tirar el muro, aunque es cada vez más evidente que los que lo levantaron están más fuertes y nos tienen rodeados. Hay que volver a hablar de ciertas cosas.

viernes, 29 de abril de 2016

Operación limpieza

Por Soledad Platero Puig

El comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, anunció ayer que la institución que integra tiene una idea para aportar al diálogo social convocado por Tabaré Vázquez (ver "Ma ni-ni"). Todavía no la presentaron porque no les tocó el turno de ir a conversar, pero el comandante ya adelantó que se trata, ni más ni menos, de un plan que podría resolver la desagradable situación de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, los ni-ni, esos chicos que constituyen el desvelo de las autoridades de los más diversos ámbitos y que apenas existen en su negatividad o en su ausencia, es decir, allí donde faltan. Manini dice que ellos podrían darles “a los ciudadanos que hoy por hoy no tienen en el horizonte una vía de salida a su situación, que no están trabajando ni están estudiando y que tienen cerradas las vías para transitar en la vida” la oportunidad de ser incluidos en las unidades militares para “darles en ellas educación cívica, prepararlos en valores, darles cierta disciplina, darles normas de higiene, primeros auxilios, enseñarles oficios [...]”. Darles, en suma, “la posibilidad de poder transitar por la vida con ciertas herramientas que hoy, en su estado de marginalización, no tienen”.

No deja de ser conmovedora la convicción con la que el comandante en jefe del Ejército asume que todos los jóvenes que no estudian ni trabajan son personas poco aseadas, carentes de disciplina y de valores, marginales y sin rumbo. Personas que podrían cambiar su lamentable circunstancia si se les inculcaran saludables hábitos higiénicos, rutinas estrictas y habilidades con las que ganarse la vida honradamente. Claro que no es todo tan sencillo: para que el Ejército pueda hacerse cargo de semejante tarea redentora hace falta un marco legal apropiado y, sobre todo, un presupuesto que permita llevarla adelante. El comandante cree, además, que sería bueno que los jóvenes que formen parte del proyecto cobren algún incentivo; un viático equivalente a la mitad de lo que gana un soldado. Poco dinero, en realidad, pero valioso desde el punto de vista simbólico, y útil para que el joven en proceso de recuperación saboree el orgullo de contar con dinero ganado en forma honesta.

La idea de que los descarriados pueden enderezarse a fuerza de trabajo y disciplina no es nueva, por cierto. La historia está llena de momentos en los que se consideró apropiado que los díscolos ingresaran a la milicia, y los ejércitos -en especial los destinados a servir fuera de fronteras- muchas veces reservaron un lugar para los que tenían cuentas pendientes con la Justicia o pretendían dejar atrás pasados tormentosos. Y a fin de cuentas, detrás de campañas como Knock out a las drogas (orientada a retirar a los potenciales adictos de las calles y volcarlos al sano deporte de agarrarse a trompadas) o de declaraciones como las del ex presidente José Mujica sobre la pertinencia de meter a prepo a los drogadictos a trabajar en el campo, no hay sino esa convicción de que el trabajo duro, el esfuerzo físico, la disciplina estricta y el respeto a la autoridad pueden poner fin a los tormentos del alma y las veleidades del carácter.

El asunto es que los jóvenes que no estudian ni trabajan no deberían ser asimilados así, aproblemáticamente, a la categoría “vago/mugriento/marginal/delincuente” (“pichi”, dicen algunos para implicar todo eso de manera sintética y conclusiva). Estar fuera del sistema educativo puede tener que ver con muchas cosas que no son, necesariamente, una especial vocación rebelde o beligerante. El primer enemigo de la educación, me temo, es el absoluto desprestigio en el que la hemos venido hundiendo desde hace décadas. No veo por qué razón un adolescente tendría que creer que es bueno educarse, si el Estado y la sociedad tampoco parecen muy convencidos. Durante el anterior período de gobierno convivió la promesa de “educación, educación y más educación” con las declaraciones, un día sí y otro también, del presidente de la República a favor de la implementación de rápidas carreras técnicas que dieran respuesta a las necesidades de personal del sector empresarial. ¿Para qué podía servirle a un joven de escasos recursos saber de Aristóteles? se preguntaba Mujica en aquellos días. Para nada, realmente, excepto para entender las bases que organizan todo el conocimiento occidental, para preguntarse por las fronteras entre la ciencia y el arte, para intuir un concepto de política inherente a la condición humana, para ser capaz de enunciar sus inquietudes y aventurar hipótesis críticas sobre su circunstancia. Nada que un muchacho pobre necesite saber en estos días en que hace falta tanto personal que sepa manejar un tractor importado.

Es una lástima que el mercado de trabajo tampoco resulte tentador para estos jovenzuelos dejados de la mano de la fortuna (no me explico por qué, considerando los suculentos salarios que se pagan en el mercado a quienes recién empiezan).

Tampoco es seguro que el actual discurso de las autoridades educativas, ese que mezcla metáforas genéticas con apelaciones al territorio, tenga mucho para decir sobre esa figura fantasmática del sistema que son los jóvenes que no estudian ni trabajan. La educación (la institucionalidad educativa) no parece muy segura de sus propias fuerzas redentoras, y más bien se decanta por multiplicar los esfuerzos de contención al precio de sacrificar, en el altar del buen desempeño productivo, todo lo que de apasionante tiene el conocimiento.

Nadie sabe bien quiénes son ni qué quieren los ni-ni, aunque estén medidos y clasificados en cientos de planillas. Ante ese desconcierto, es esperable que muchos crean que la del comandante en jefe es una gran idea. A fin de cuentas, cuando no hubo quien juntara la basura, el Ejército se encargó de hacerlo. Y lo aplaudieron.


Tomado de La Diaria

jueves, 14 de abril de 2016

Cadé o horizonte?

Por Soledad Platero Puig

Río de Janeiro. Foto: Afp, s/d de Autor
Río de Janeiro. Foto: Afp, s/d de Autor
El martes, en un texto que la diaria publicó en contratapa, Lila Michalski contaba sus experiencias en un viaje reciente a Brasil. Hablaba de la violencia desatada sobre todo el que viste de color rojo (la camiseta vermelha del Partido de los Trabajadores -PT- se ha transformado en una consigna ambulante: não vai ter golpe), de la desmesura de la distancia entre ricos y pobres, de la presencia de carteles que piden el auxilio de las Fuerzas Armadas no se sabe bien si para combatir la corrupción (eso es lo que dicen los que alcanzan a decir algo) o sencillamente para poner en su lugar a esa manga de rotosos que tienen la desvergüenza de cobrar planes sociales, exigir formalización y pretender que se les pague por su trabajo, que antes hacían prácticamente gratis. Confesaba que le “cuesta” Brasil, y decía, para describirlo, algo que me parece crucial y que no suele decirse: “esa máquina obscena de consumo”.

También estuve en Brasil en estos días. No me tocó permanecer en ninguna ciudad grande, de esas en las que hay manifestaciones a favor o en contra del gobierno, pero atravesé unas cuantas ciudades chicas (si bien palabras como “ciudad” o “chica” ameritarían, para el caso de Brasil, todo un ensayo sobre urbanismo y sociedad) y pasé algunos días en destinos balnearios. Y fue precisamente en esos lugares, en las playas más concurridas de los balnearios más “internacionales”, que asistí a un fenómeno aterrador, entre obsceno y penoso: la construcción de algo que ocupa el lugar que debería ocupar una subjetividad, pero que es, notoriamente, otra cosa. Una cosa opuesta, podría decirse. Una cosa que hace difícil, si no imposible, la constitución de una “subjetividad” en sentido clásico. Digamos que si una subjetividad (un sujeto) se constituye desde la falta, desde el trauma, desde lo oculto, esto otro se fabrica desde el exceso, desde lo manifiesto, desde lo ostentable. La ostentación es el camino, la verdad y la vida.

En las playas de Búzios ya hay, pasada la Semana Santa (allá es Santa, no como acá, que es, o solía ser, “de Turismo”), pocos uruguayos y argentinos, pero todavía llegan brasileños. Paulistas, la mayoría. Los delata la “r” algo arrastrada, muy notoria, parecida a la del inglés americano. No son, necesariamente, de la capital del estado, pero allá cualquier ciudad de segunda o de tercera es un mundo, así que no podríamos, ni haciendo fuerza, imaginar que proceden de lugares parecidos a pequeños pueblos del interior uruguayo. Paulistas, entonces, de distintas ciudades de ese inmenso territorio.
Se sacan fotos. Constantemente se sacan fotos. Llegan en parejas, o en grupos de parejas. Ellos son notorios metrosexuales (o como sea que se llame ahora esa comunidad de hombres de pecho depilado, pelo corto en la nuca y los costados y cuerpos fatigados por el gimnasio); ellas bajan a la playa ataviadas con algo que parece un négligée o un déshabillé, una especie de bata negra o blanca semitransparente, larga hasta los tobillos, abierta adelante y con un lazo, siempre con algún detalle que simula encaje o bordados, y no se lo sacan en ningún momento. Están maquilladas, usan sombreros y mucha bijou en el cuello, en las manos y hasta en los pies (en cada espacio que la bata deja libre). Calzan chancletas de taco alto adornadas con perlas truchas, pedrería, brillos de todo tipo. Se sacan selfies. Constantemente se sacan selfies. Las miran, las comparan con las de las otras, vuelven a fotografiarse.

A poco de llegar sacan, de alguno de los enormes bolsos también adornados con pedrería, una bolsa plástica que contiene varias copas flauta de plástico. Copas descartables para tomar champán o cualquier otra bebida espumosa. Las reparten, entre risas, y rescatan una botellita de espumante que mantenían, bien helado, en la conservadorita (los brasileños no van a la playa sin sus conservadoras). Llenan las copas, brindan, simulan tomar, se sacan más selfies. Hay 30 grados de temperatura. El sol se siente en la piel como un enemigo, como un atacante despiadado e infatigable, pero ellas siguen portando sus joyas y vistiendo sus négligées de tela sintética, maquilladas y sonriendo para los celulares. No están en la playa. Están en su propia película. En un film hecho a imagen y semejanza de programas de cable como Lujo al alcance.

De pronto se escucha un breve diálogo (brevísimo, puramente casual) entre el mozo de playa y algún turista. Alguien es uruguayo, parece. Los bebedores de espumante no tienen idea de lo que es ser uruguayo. No saben, ni quieren saber, qué países tienen frontera con el suyo. No sé si conceptos tan abstractos (país, frontera, mapa) significan algo para ellos, a menos que alguna necesidad concreta (un viaje, por ejemplo) los obligue a incorporarlos. No le dan valor alguno al conocimiento, tal como solemos entenderlo los que tenemos cierta edad y cierta educación. Lo que valoran, lo que los vuelve importantes, lo que los hace existir es la ostentación. Existen en las fotos (incontables, interminables) que suben a las redes continuamente, en cada intervalo entre que se sacan una y se sacan otra. Se disfrazan de ricos. Se sienten ricos. (Recordé, viéndolos, una anécdota que alguna vez escuché en la tele: Mariana Nannis, la excéntrica esposa de Claudio Paul Caniggia, se paseaba por la piscina de no sé qué hotel de lujo en pleno verano enfundada en un tapado largo de piel, llena de joyas y calzando botas de taco. Decía que ella vivía en Europa, así que se regía por la estación de allá).

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En las posadas de los pequeños balnearios del litoral paulista ofrecen televisión por cable. En una se pueden ver siete canales: dos son agropecuarios y los demás son de distintas iglesias. Son curiosos los canales de las iglesias. Algunos tienen un informativo en horario central que, más o menos, da cuenta de los hechos que cualquier informativo cubre, pero en la mayoría lo que se ve es un simulacro milagroseado de los canales de televisión no religiosos: concursos de canto (religiosos), telenovelas (de tema religioso), informativos (sobre actividades de la iglesia o de las que la iglesia tiene algo que decir), programas para la familia que incluyen consejos para salvar el matrimonio o mejorar la convivencia en el barrio, pero, sobre todo, consejos sobre cómo ser más próspero. La prosperidad está directamente vinculada al amor a Dios, y ser próspero es una manera de honrar y servir a la divinidad. Lógicamente, si aumenta la renta debe aumentar el diezmo, así que ser económicamente exitoso es una forma de mostrar compromiso con la congregación. Ayuda a Dios, dice el mensaje, y te ayudarás a ti mismo (una sutil pero significativa inversión de los términos del refrán que dice “ayúdate, que Dios te ayudará”). Estando allá aprendí que la mismísima Compañía de Jesús tuvo que adaptarse para poder pelearles el mercado a evangélicos y pentecostales. A influjos del padre Eduardo Dougherty -un sacerdote católico oriundo de Nueva Orleans que soñaba con ser misionero en África pero terminó acercando la Renovación Carismática a Brasil-, los jesuitas pelean el diezmo y los fieles con una multitud de pastores y predicadores de las más diversas congregaciones protestantes, valiéndose, sobre todo, de las facilidades que brinda, en un país tan enorme, la televisión. La Associação do Senhor Jesus, organización que gerencia el “canal educativo” TV Século 21, ofrece ser “socio de Jesús”, algo que se logra mediante un compromiso económico que transforma automáticamente al contribuyente en evangelizador, sin moverse de su casa. Agreguemos a esa piadosa opción las que ofrecen la Rede Aparecida (también católica, de la Fundação Nossa Senhora Aparecida), la Boas Novas (fundada por el pastor pentecostal Samuel Câmara, de la Assembleia de Deus), la Rede Vida (el mayor canal católico del mundo, según dicen), la TV Novo Tempo (adventista), la Rede Internacional de Televisão (de la Igreja Internacional da Graça de Deus), entre otras cadenas que, a lo largo de todo el día, todos los días, educan a los espectadores en cuestiones relativas a la fe, la esperanza, la autosuperación y la construcción del éxito personal, indiscernible de la cooperación con Dios y con la iglesia. Aunque varias de estas televisoras sean católicas (es decir, reconozcan la autoridad del papa Francisco y adhieran al dogma romano), su práctica es muy semejante a la de sus competidoras protestantes en eso de ser tenaces divulgadoras de las bondades del éxito personal y de la persecución de objetivos inmediatos de prosperidad y crecimiento. En ese contexto, expresiones como “liberarse de las cadenas” no dicen nada acerca de las relaciones de explotación o las razones de la miseria estructural, sino que hablan de dejar atrás el fracaso, siempre personal y arraigado en la propia incapacidad de crecimiento.

Esta batalla por el corazón y el bolsillo de los fieles tiene su correlato en la competencia que las iglesias dan -también ellas- en el terreno de la ostentación: la construcción de megatemplos. Sólo en el estado de San Pablo se disputan el premio a la desmesura el Templo da Graça (Igreja Internacional da Graça de Deus), el Templo de Salomão (Igreja Universal, a la que adhiere Eduardo Cunha, líder del PMDB y presidente de la Cámara de Diputados), la Cidade Mundial dos Sonhos de Deus (Igreja Mundial do Poder de Deus), la Basílica de Nossa Senhora Aparecida (católica), el Templo da Glória de Deus (Igreja Pentecostal Deus é Amor) y otros (la cadena BBC publicó en febrero de este año un informe sobre el asunto, disponible en internet). La ostentación es el camino, la verdad y la vida.

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La nota de Lila hablaba de los esfuerzos del PT por combatir la pobreza y repasaba algunos logros: reducción de la mortalidad infantil, caída del desempleo y disminución de la deuda externa. Con acierto, observaba que la matriz capitalista no se había modificado “un ápice”. Y eso es tan notorio, tan doloroso, que obliga a pensar que la reducción de la pobreza es nada (nada, claro, excepto eso: algunos millones de vidas arrancadas a la muerte para mantenerlas en cuidados paliativos) si no se ataca frontal, radicalmente, la riqueza. Porque la riqueza es avasallante y salvaje en cualquier lado, pero en Brasil esa prepotencia, esa impunidad rompen los ojos en apenas unas horas de recorrido por carretera. Gigantescos condominios cerrados, balnearios enteros en los que el acceso al mar está bloqueado por muros o cercas eléctricas (“cadé o horizonte?”, se pregunta un grafiti pintado en un muro de los tantos que aíslan la franja marítima de la Serra do Mar), helicópteros que van y vienen constantemente trasladando a los privilegiados que pueden mirar el océano desde la ventana aunque prefieran bañarse en la piscina. Del otro lado, las ciudades se forman por añadido de piezas: las viviendas se amontonan unas sobre otras como cajas de zapatos levantadas con ticholos del mismo color rojizo que la tierra que dejan ver los morros desmatados. Brasil es un país de empuje, como Estados Unidos, pero si allá los campamentos de trailers son el penoso residuo de un avance hecho en carretas y carromatos, acá las barracas rojizas prendidas de los morros parecen dar cuenta de la pelea original contra la selva; de la imposición de un sueño de desarrollo conseguido a fuerza de machete y desmatadora.

A los costados de la ruta duermen los caños que prometen que en algún momento llegará el saneamiento (habrá elecciones municipales en octubre, y todos los que quieren cargos hablan de eso). Mientras tanto, sudan agua sucia los paredones de los morros y van a dar al agua y a la tierra las deposiciones de miles, de millones de personas que no tienen acceso a ese servicio.

Una máquina obscena de consumo. Esa es, exactamente, la cara que Brasil muestra en sus dos extremos, porque los pobres también quieren consumir, y quieren poder mostrarlo. Porque el que no consume no existe.

En un texto que se llama El caballo académico, Georges Bataille recuerda el esfuerzo de los galos por acuñar caballos en sus monedas, tal como habían hecho los griegos, y observa cómo la sublimación de lo animal en una figura estilizada y noble (la versión helénica) se manifestaba, en las monedas bárbaras de los galos, en una imagen grotesca y absurda, completamente ajena a la comprensión del símbolo que copiaba. Hay algo de eso en el esfuerzo de Brasil por ser un país del primer mundo. Una pujanza, una violencia y una desmesura que dan cuenta de la obscenidad misma de la vida, sin la menor chance de incorporar algo como una racionalidad o un equilibrio. Con suerte, con compromiso, con esfuerzo, tal vez se haga verdad que não vai ter golpe. Que haya justicia ya será otro cantar.

Tomado de La Diaria 

martes, 29 de marzo de 2016

Inclúyanme afuera

Por Soledad Platero 


“Vivimos en un país antisemita”, dice Anna Donner desde una columna en Jai (www.jai.com.uy). Vivimos en un país antisemita, dice, porque no hubo solidaridad con David Fremd, más allá de la que mostraron sus vecinos, en Paysandú. Vivimos en un país antisemita, dice, porque entre la muerte de David (el asesinato de David), el 8 de marzo, y el 13, en que ella escribe, hubo tiempo para el Día de la Mujer, para el homenaje a Zitarrosa y para seguir con los chistes sobre Sendic y el enojo con el Frente Amplio. Y claro, ya enseguida arranca el asunto del BPS, de la escasa información y de las listas que no estaban, así que hay que reconocer que sí, que la indignación social por el asesinato de un uruguayo por su condición de judío calentó bastante poco el ambiente de la opinión pública nacional.

El asesino de David Fremd era, como dicen las pericias psiquiátricas, un descompensado. Un enfermo mental que atravesó un episodio delirante y llegó a matar, amparado por la tolerancia –la indiferencia– de los pueblos ante la locura. Como bien se ha dicho, un esquizofrénico sin tratamiento y en un momento de delirio puede matar porque oye la voz de Dios o porque escucha hablar a un perro. Omar Peralta dijo haber escuchado a Alá.

Sin embargo, el odio de Peralta hacia los judíos ya se había exteriorizado de otras formas, así como su locura, su manía persecutoria y su necesidad urgente de llamar la atención. El asunto es que no le llamó la atención a nadie, porque todo pueblo tiene uno o dos locos y media docena de tipos raros. Y porque hay odios que ya están naturalizados, y el odio al judío es uno de ellos.

Es claro, a esta altura, que el ataque de Peralta no forma parte de una operación terrorista, pero es verdad que pasó sin pena ni gloria entre tanto acontecimiento más fácil de transformar en escándalo. Y peor aun: los pocos intercambios alrededor del episodio pasaron por alto el crimen para transformarse en una revisión de cuentas entre los que apuntan los crímenes de Israel contra los palestinos y los que anotan prolijamente las muestras de solidaridad con otros colectivos, comparan y calculan cuánto se les quedó debiendo. Otras formas de la indiferencia, me temo.
El lunes de madrugada, una pareja de dominicanos fue baleada en un local bailable de la calle Florida, en Montevideo. Los dos –una mujer de 32 años y un hombre de 36, según Subrayado– están internados en un hospital, graves. Hasta el momento en que escribo esta nota no se sabe quién los atacó, ni por qué. Los vecinos dijeron a la prensa que el sitio en el que estaban tiene “dudosa reputación” y que “el ambiente genera sospechas”, aunque la Policía nunca recibió una denuncia de actividades ilícitas en el local. Es probable que la cosa caiga rápidamente en alguna de las bolsas tranquilizadoras que tenemos para estos casos: “cuestiones del momento”, “ajuste de cuentas”, “droga”, “lío de faldas”, “crimen pasional”. Alguna de esas formas verbales ya lexicalizadas que sirven para despachar rápido lo que les pasa a los otros. A los que se ponen, irresponsablemente, en peligro.

El jueves 10 de marzo se cumplieron cuatro años del asesinato de Gabriela, una transexual de 37 años, en el Parque Roosevelt. Tenía dos balazos en la nuca y la cabeza destrozada. En la misma zona habían baleado, pocas semanas antes, a Jacqueline, conocida como la Brasilera, otra transexual. En setiembre de ese mismo año –2012– apareció, con quemaduras y un balazo en la nuca, el cuerpo de una chica trans de 25 años, en la zona del Prado. Era la quinta víctima trans de ese año. La alarma social nunca se disparó.

Todas estas muertes pueden desencadenarse, sin duda, por “cuestiones del momento” (todo, en última instancia, se desencadena por cuestiones del momento), pero son posibles porque la indiferencia o el miedo nos mantienen en silencio cada vez que la violencia simbólica se hace presente, aunque sea en formas menos brutales o extremas.

Omar Peralta enloqueció y mató, pero no mató a cualquiera: mató a un judío. Podía, claro, haber dirigido su odio a cualquier otro grupo (a los homosexuales, a las prostitutas, a los extranjeros, a los negros) y lo más probable es que la tolerancia social hubiese sido la misma. Sin ir más lejos, basta darse una vuelta por los comentarios de la mayoría de los foros de los sitios de prensa para ver cómo muchos participantes hablan, por ejemplo, de “los pichis”. No sé cuándo empezó esa indiferencia, esa despreocupación por la suerte del otro, esa distancia que tanto se manifiesta en el silencio como en el comentario cínico y superado. Lo que sí sé es que de la mano de esa indiferencia crece el miedo a la violencia “gratuita”, que es la que cae sobre las personas comunes y corrientes que no andan en ambientes poco recomendables ni pertenecen a colectivos minoritarios.
Hace ya unos cuantos años que las organizaciones de la sociedad civil impulsan medidas reparatorias para las colectividades históricamente desfavorecidas. El proceso hacia la visibilización, primero, y la reparación, después, fue largo y accidentado, y no alcanzó, todavía, a todos los “vulnerables” (a los pobres, sin ir más lejos, no los representa nadie, así que el Estado toma, o no, la iniciativa para “repararlos”). Estamos lejos, no sé ni si hay que decirlo, de la justicia o la equidad. Pero en ese camino de reivindicaciones y reparaciones se fragmentó y atomizó la lucha, y hay una parte demasiado grande de la sociedad que se siente ajena a todo, mientras demasiadas partes pequeñas forcejean, inmersas en sus propias demandas. “Inclúyanme afuera”, decía uno, queriendo decir que se lavaba las manos.

Hace tiempo que perdimos de vista al otro, y no queremos ver que el otro es cualquiera. Que somos todos.
Fuente: carasycaretas.com

martes, 15 de marzo de 2016

Libertad y protección


Por Soledad Platero Puig
Publicado originalmente en Caras y Caretas

bullets-89083_960_720Es difícil tomar en serio afirmaciones como la del ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, relativa a la tenencia de armas como atributo de la libertad. Algunos dijeron que las palabras del jerarca no tenían otro objetivo que el de distraer a la opinión pública de la candente cuestión del grado académico inventado del vicepresidente (que, a su vez, podría haber servido como cortina de humo de la situación de Ancap, que podría haber sido una distracción, a su vez, para que olvidáramos el problema de la basura en las calles, y así sucesivamente), pero no creo que el ministro necesite excusas para lanzar sus casi siempre provocadoras ideas en cuanto micrófono se le abra. De hecho, si yo fuera un medio de prensa opositor y quisiera dinamitar la imagen del gobierno, me aseguraría de abrirle el micrófono a un frenteamplista “polémico” al día. Me atrevo a augurar que, teniendo en cuenta la incontenible verborrea de unos cuantos y su desesperación por protagonismo, en no más de seis meses el partido de gobierno estaría tocando el suelo de las preferencias populares y los analistas podrían decretar, una vez más, el fin del ciclo progresista.
Pero volvamos al ministro y su defensa del inalienable derecho de las personas a estar armadas. Dice Fernández que la población se está armando, y que eso está muy bien, porque si uno está en la paz del hogar y se le mete para adentro un criminal a matarle a los hijos, mejor será que tenga con qué defenderlos. Y pone como ejemplo la masacre del Bataclán, en París, en donde un puñado de terroristas acabó con la vida de casi 90 personas “como si fueran palomitas”. Creo que no hace falta responder a la oblicua invitación a asistir armados a bailes, espectáculos teatrales o eventos deportivos. Cualquier persona sensata puede imaginar los resultados de semejante práctica, así que no vale la pena comentarla.
Lo que sí creo que podríamos conversar, ya que el ministro propone el tema, es lo de tener armas para hacer frente al despotismo. En una carta de respuesta a la columna de Marcelo Pereira en la diaria del lunes, que fue publicada en ese mismo medio el martes, Fernández recuerda que la izquierda uruguaya, con excepción del Partido Demócrata Cristiano, “llamó a las armas, tuvo armas y las usó (MLN, 26 de Marzo, Partido Socialista, Partido Comunista, PVP, GAU, etcétera)”, y dice no poder entender que “respecto a este tema se hagan los ranas [sic]”. Más allá de las evaluaciones que los distintos partidos y sectores de izquierda hayan hecho de la tenencia de armas y de la pertinencia de su uso en los años previos al golpe de Estado, me parece necesario recordarle al ministro que la izquierda de aquellos años también reclamaba cosas como la reforma agraria, la nacionalización de la banca privada y de los principales rubros del comercio exterior, la nacionalización de la industria frigorífica y tantas otras cosas que ya no reclama. Yo creo que si fuéramos a debatir el asunto de la tenencia y el uso de armas podríamos, ya que estamos, aprovechar para conversar de nuevo esos otros temas que han salido de la agenda.
Dice también Fernández, palabras más o menos, que la tiranía existe y es peligrosa (si lo sabremos) y que el terrorismo de Estado es una amenaza siempre latente, así que nada mejor que estar armado para defenderse en caso de abuso institucional. Encantadora imagen, la de los ciudadanos resistiendo en armas al tirano, pero un tanto ingenua. En Uruguay, sin ir más lejos, el último golpe de Estado fue dado por un presidente electo. No es exagerado imaginar que, en caso de haber estado armados, muchos patriotas habrían sumado su capacidad de fuego a la de las fuerzas represivas, en lugar de consagrarla a la libertad. Decir otra cosa es mandar fruta, con el agravante, en este caso, de mandarla desde el Ministerio de Defensa Nacional.
Sin embargo, no se puede negar que el Estado puede ser una máquina opresiva y abusadora. El Estado me puede obligar a pagar impuestos, a cobrar mi salario y pagar mis cuentas a través del sistema bancario, a declarar todos mis ingresos y hacerme cargo de todas las obligaciones fiscales que el propio Estado impone. Puede, el Estado, resolver quiénes son exonerados de esas obligaciones y a quiénes se les permite driblearlas mediante el recurso de las donaciones (que permiten nada menos que elegir dónde se pone la plata). El Estado puede volverse autoritario, puede reprimir, puede controlar hasta dónde sube mi salario y a qué edad me puedo jubilar. Y nada de eso, entiendo, puede evitarse teniendo un arma en casa. Porque el peso del Estado, la orientación de sus decisiones y hasta la pertinencia o no de su existencia tal como lo conocemos es un asunto de la política, y no de la guerra. Incluso para llamar a la guerra es necesario, antes, haber ejercido el pensamiento político, haber dejado todo en esa cancha, para que todos seamos capaces de saber en qué nos metemos y para qué.
Se podrá decir que la política, entendida como pensamiento crítico y voluntad de participación, no atraviesa sus días más efervescentes, y es verdad. Lo que no imagino es cómo podría ayudarnos, justo cuando estamos políticamente más desvalidos, poner nuestra confianza (nuestro miedo) en tener armas.

viernes, 4 de marzo de 2016

Libertad y Protección

 por Soledad Platero Puig
 

Es difícil tomar en serio afirmaciones como la del ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, relativa a la tenencia de armas como atributo de la libertad. Algunos dijeron que las palabras del jerarca no tenían otro objetivo que el de distraer a la opinión pública de la candente cuestión del grado académico inventado del vicepresidente (que, a su vez, podría haber servido como cortina de humo de la situación de Ancap, que podría haber sido una distracción, a su vez, para que olvidáramos el problema de la basura en las calles, y así sucesivamente), pero no creo que el ministro necesite excusas para lanzar sus casi siempre provocadoras ideas en cuanto micrófono se le abra. De hecho, si yo fuera un medio de prensa opositor y quisiera dinamitar la imagen del gobierno, me aseguraría de abrirle el micrófono a un frenteamplista “polémico” al día. Me atrevo a augurar que, teniendo en cuenta la incontenible verborrea de unos cuantos y su desesperación por protagonismo, en no más de seis meses el partido de gobierno estaría tocando el suelo de las preferencias populares y los analistas podrían decretar, una vez más, el fin del ciclo progresista.
Pero volvamos al ministro y su defensa del inalienable derecho de las personas a estar armadas. Dice Fernández que la población se está armando, y que eso está muy bien, porque si uno está en la paz del hogar y se le mete para adentro un criminal a matarle a los hijos, mejor será que tenga con qué defenderlos. Y pone como ejemplo la masacre del Bataclán, en París, en donde un puñado de terroristas acabó con la vida de casi 90 personas “como si fueran palomitas”. Creo que no hace falta responder a la oblicua invitación a asistir armados a bailes, espectáculos teatrales o eventos deportivos. Cualquier persona sensata puede imaginar los resultados de semejante práctica, así que no vale la pena comentarla.
Lo que sí creo que podríamos conversar, ya que el ministro propone el tema, es lo de tener armas para hacer frente al despotismo. En una carta de respuesta a la columna de Marcelo Pereira en la diaria del lunes, que fue publicada en ese mismo medio el martes, Fernández recuerda que la izquierda uruguaya, con excepción del Partido Demócrata Cristiano, “llamó a las armas, tuvo armas y las usó (MLN, 26 de Marzo, Partido Socialista, Partido Comunista, PVP, GAU, etcétera)”, y dice no poder entender que “respecto a este tema se hagan los ranas [sic]”. Más allá de las evaluaciones que los distintos partidos y sectores de izquierda hayan hecho de la tenencia de armas y de la pertinencia de su uso en los años previos al golpe de Estado, me parece necesario recordarle al ministro que la izquierda de aquellos años también reclamaba cosas como la reforma agraria, la nacionalización de la banca privada y de los principales rubros del comercio exterior, la nacionalización de la industria frigorífica y tantas otras cosas que ya no reclama. Yo creo que si fuéramos a debatir el asunto de la tenencia y el uso de armas podríamos, ya que estamos, aprovechar para conversar de nuevo esos otros temas que han salido de la agenda.
Dice también Fernández, palabras más o menos, que la tiranía existe y es peligrosa (si lo sabremos) y que el terrorismo de Estado es una amenaza siempre latente, así que nada mejor que estar armado para defenderse en caso de abuso institucional. Encantadora imagen, la de los ciudadanos resistiendo en armas al tirano, pero un tanto ingenua. En Uruguay, sin ir más lejos, el último golpe de Estado fue dado por un presidente electo. No es exagerado imaginar que, en caso de haber estado armados, muchos patriotas habrían sumado su capacidad de fuego a la de las fuerzas represivas, en lugar de consagrarla a la libertad. Decir otra cosa es mandar fruta, con el agravante, en este caso, de mandarla desde el Ministerio de Defensa Nacional.
Sin embargo, no se puede negar que el Estado puede ser una máquina opresiva y abusadora. El Estado me puede obligar a pagar impuestos, a cobrar mi salario y pagar mis cuentas a través del sistema bancario, a declarar todos mis ingresos y hacerme cargo de todas las obligaciones fiscales que el propio Estado impone. Puede, el Estado, resolver quiénes son exonerados de esas obligaciones y a quiénes se les permite driblearlas mediante el recurso de las donaciones (que permiten nada menos que elegir dónde se pone la plata). El Estado puede volverse autoritario, puede reprimir, puede controlar hasta dónde sube mi salario y a qué edad me puedo jubilar. Y nada de eso, entiendo, puede evitarse teniendo un arma en casa. Porque el peso del Estado, la orientación de sus decisiones y hasta la pertinencia o no de su existencia tal como lo conocemos es un asunto de la política, y no de la guerra. Incluso para llamar a la guerra es necesario, antes, haber ejercido el pensamiento político, haber dejado todo en esa cancha, para que todos seamos capaces de saber en qué nos metemos y para qué.
Se podrá decir que la política, entendida como pensamiento crítico y voluntad de participación, no atraviesa sus días más efervescentes, y es verdad. Lo que no imagino es cómo podría ayudarnos, justo cuando estamos políticamente más desvalidos, poner nuestra confianza (nuestro miedo) en tener armas.

domingo, 28 de febrero de 2016

El alma de los hechos


Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.”
Juan Carlos Onetti, El Pozo

No es que sea de ahora, pero sí creo que en estos días recrudeció la inclinación de ciertos medios de prensa al escándalo y al absurdo, llegando incluso a la mentira lisa y llana con total impunidad. El objetivo, supongo, no es derribar gobiernos ni dinamitar instituciones (no quisiera dar la impresión de que invoco alguna oscura conspiración política) sino, sencillamente, llamar la atención del lector o espectador y fabricar una noticia que pueda circular durante un par de días. Con suerte, si el ambiente está muy chaucha (no sería el caso hoy, por ejemplo, luego del escandalete con el título trucho del vicepresidente), el tema da vueltas toda la semana.

El martes 23, El Observador titulaba así una nota de información nacional: “Decenas de ovejas murieron tras tomar agua del río Negro”. Evidentemente, el título sugiere que las ovejas murieron por haber tomado el agua del río, pero quien se molestara en leer la nota completa se enteraría de que “Si bien se hizo una autopsia, los especialistas manejan la hipótesis de que fue por comer yuyos del suelo”. Claro que es posible que aparezcan otros estudios que logren vincular el agua del río y la muerte de los animales, y es posible que la muerte haya tenido, efectivamente, que ver con la presencia de cianobacterias en la orilla, pero el punto es que nada hay, por el momento, que lo pruebe (o, al menos, la nota no lo menciona). Lo que el título de la nota hace es inducir a un error de nombre largo y pomposo (post hoc ergo propter hoc) que consiste en confundir “después de” con “causado por”.

Ese mismo día, El País titulaba: “Fumigaciones serán con sustancia que dicen podría causar malformaciones”, en referencia a los procedimientos que comenzarían en Pocitos. Leyendo la nota se podía uno enterar de que las sustancias empleadas serían las que recomienda la Organización Mundial de la Salud (piriproxifen y permetrina) y de que la organización brasileña Médicos de Pueblos Fumigados vincula el uso del piriproxifen al aumento de casos de microcefalia en su país. El título, entonces, no miente: la palabra “dicen” lo pone a salvo de ese pecado, aunque, al mismo tiempo, lo ubique en el nivel del cotilleo, la conversación de boliche o las elucubraciones en las redes sociales. La nota no dice una palabra (ninguna nota de ese día en el mismo diario lo hace) sobre el fondo de la denuncia de los médicos brasileños, no cuestiona el discurso oficial sobre el zika y las malformaciones y no se propone echar luz alguna sobre la cuestión de los productos químicos, las trasnacionales y las autoridades sanitarias globales. Simplemente, apela a asustar a los vecinos y llamar la atención sobre algo que no busca esclarecer ni investigar. Por cierto, algunas horas después el titular había sido cambiado, en el portal del diario, por otro mucho menos alarmista.

Pero tal vez la palma de oro en el festival de la impunidad informativa le corresponda a Subrayado. El mismo martes 23, un titular del portal del informativo de Saeta decía: “Liceos comenzarán cursos retomando temas no tratados por los paros de 2015”. Inmediatamente, aclaraba: “La directora general de Secundaria, Celsa Puente, anunció que al inicio de los cursos los profesores estarán obligados a dar los temas que no se pudieron a raíz de los paros gremiales” [sic]. También decía la nota que “la directora de Secundaria Celsa Puente […] dijo que los alumnos rezagados tendrán como ‘tutores’ a compañeros con mejor formación”. Pero la información original no era de Subrayado, sino de El País, y en El País, en una entrevista, Puente decía, ante una pregunta por la situación causada por los paros de 2015, que “…no se dio del mismo modo en Montevideo que en el interior. Hubo localidades en que prácticamente no se paró. Esto va a llevar a que los profesores tengan que revisar los programas para jerarquizar los contenidos, porque hay cosas que no se dieron” (las cursivas son mías). Es decir queSubrayado transformó las palabras de Puente sobre la necesidad de jerarquizar los contenidos en “los profesores estarán obligados a…”. Exactamente lo mismo ocurrió con la información relativa a los “tutores”: lo que Puente menciona como una posibilidad fue anunciado como un hecho. En este caso ya no estamos ante una verdad a medias sino, sencillamente, ante una tergiversación que roza la mentira descarada.

Al día siguiente Subrayado volvía a hacer de las suyas con un levante de Caras y Caretas Portal: lo que era “Fallo rechaza que padre separado asista al parto de su hijo” se transformaba, en el portal de Subrayado, en “Justicia negó a padre separado posibilidad de entrar al parto”, dando a entender que el padre era víctima de un sistema judicial que siempre se inclina a favor de las madres, incluso cuando los padres quieren participar y colaborar.

Pero claro, a la luz del “asunto Sendic” todas estas pequeñas infamias (que son, por otra parte, cosa de todos los días) parecen insignificantes, porque, si miente un vicepresidente, ¿por qué no va a mentir la prensa? Penosamente, creo que menos que mentir a propósito, lo que Sendic hizo fue dejar que las cosas pasaran, sin ofrecer resistencia. No lo conozco, pero presumo (y es una presunción, diríamos, “literaria”, basada en lo que sé del personaje) que toda su carrera política, o al menos la de los últimos tiempos, ha sido un poco así, conducida por la inercia. Se dejó elegir como compañero de fórmula (era guapetón, joven para el promedio nacional, tenía, en palabras de Mujica, “el glamour del padre” y, sobre todo, había conseguido un montón de votos en la interna) con la misma naturalidad con que se había dejado nombrar ministro y presidente de Ancap, como si liderar un sector político y portar un apellido fueran credenciales suficientes. Sorprende, sobre todo, lo innecesario de haberse dejado llevar por esa ola del currículum académico. Nadie le pidió a Mujica un certificado de estudios (es más: él hizo de la falta de estudio uno de los puntos fuertes de su personaje) y es el presidente más famoso que tuvo el país.
Pero con esta payasada de la licenciatura que no es tal acabamos de descubrir que los políticos mienten, y estamos consternados. Se habla de pedirle la renuncia, como si hubiera llegado al cargo por concurso de oposición y mérito y no por voto popular.
Siempre pensé que la fórmula del Frente Amplio fue armada sin otro objetivo que el de ganar la elección, y que poco se podía esperar de Sendic como líder, pero eso no significa que, pese a todo, la estrategia no haya resultado exitosa en un país que cada vez muestra menos interés en entender, profundizar y analizar y más en deglutir titulares y lanzar de inmediato comentarios ingeniosos y ácidos, con el mismo entusiasmo con que camisetea cada vez que el mundo nos dedica una mención.
Sendic podría renunciar, se dice, y con eso mostrar cierta hidalguía. En primer lugar, creo que el remedio podría ser peor que la enfermedad (hablo de dejar vacante la vicepresidencia; piénsenlo si no me creen), pero sobre todo lo que creo es que esa hipótesis no va con el personaje. Sendic llegó a donde llegó porque una serie de circunstancias lo fue llevando. Luego lo legitimó el voto, y en eso no hay engaño. (Con eso no es bueno jugar, por otra parte). No me parece que él, por sí mismo, vaya a decidir irse, porque ya ha pasado por situaciones de gran exposición y ha tenido que salir a hacer aclaraciones (empeorando siempre su situación) sin que se le haya despeinado el jopo. Si se va, será porque los que lo sostuvieron hasta ahora le sueltan la mano, y en ese caso habría que desconfiar, porque dudo de que ignoraran la verdad sobre sus estudios. Para el caso, Sendic dejó que se mintiera sobre su formación (algo que tiene un olor a estrategia de campaña indisimulable), pero estudió cinco años, que es más de lo que se precisa para obtener una licenciatura. Y nadie lo votó por ser genetista. Así que si ahora estamos viendo que votamos a una cara bonita con apellido ilustre y poco peso específico que fue puesta a dedo por Mujica, no deberíamos escandalizarnos. Haber protestado antes.

lunes, 22 de febrero de 2016

Las Palabras y las Cosas


por Soledad Platero Puig

Una cosa que hay que admitir antes que nada es que el modo en que somos interpelados condiciona y formatea la idea que tenemos de nosotros mismos y establece, nos guste o no, el lugar que ocupamos en el mundo. No hay, por lo tanto, ninguna inocencia (aunque pueda haber ignorancia o indiferencia) en la elección de los nombres con que se nos invoca o de los adjetivos con que se nos adorna. En la expresión “países subdesarrollados” o en la frase “un hombre que se cambió legalmente el sexo” está implícita la aceptación de una línea que traza el más acá o más allá de lo bueno, de lo normal y de lo deseable. Hay países desarrollados y países que no alcanzan esa calificación. Hay hombres, hay mujeres y hay simulacros de hombres y mujeres. Las palabras hacen cosas, operan en la realidad, así que la aceptación sostenida de ciertos nombres y ciertas categorías en el lenguaje tiene, nos demos cuenta o no, un correlato en la vida de las personas y en el comportamiento de las sociedades.
El problema de aceptar esa verdad indiscutible es que nos pone en riesgo de sustancializarla al punto de creer que cambiando las palabras vamos a cambiar también las injustas relaciones implícitas en ellas.
El martes pasado, una nota de opinión firmada por Felipe Arocena y publicada en La Diaria ponía en discusión el concepto de subdesarrollo asociado a América Latina y observaba que nuestro continente es rico en expresiones culturales así como en bellezas y recursos naturales, que tiene todos los climas, todas las razas y todos los ecosistemas, además de poderosas mitologías y reconocidos artistas, y que, por tanto, mal podría considerárselo “subdesarrollado”. La idea de una América Latina subdesarrollada, entonces, debería rastrearse en “la lógica de la colonización”, cuya estrategia es la de desvalorizar lo conquistado, y cuyo éxito es total cuando el colonizado acepta y reproduce la idea dominante, asumiéndose como subdesarrollado.
No cabe duda de que la hipótesis de Arocena es correcta. El problema, entiendo, es que es insuficiente. Es decir: que la estrategia del poder incluye la desvalorización del subalterno es una verdad innegable. Lo que no creo es que alcance con subvertir ese orden para revertir la despareja relación entre oprimidos y opresores, o dominantes y subalternos. Porque es verdad que las palabras y las categorías legitiman el poder, y es verdad, también, que el discurso organiza el mundo, pero no es tan verdad que cambiar las palabras pueda operar la magia de debilitar el poder y modificar la organización del mundo.
Por lo pronto, hace ya unos cuantos años que los organismos multilaterales dejaron de usar, para referirse a los países de América Latina, la palabra “subdesarrollados”. Se instalaron en el discurso expresiones más amables –más optimistas–, como “países en vías de desarrollo” o incluso “países emergentes”. Pero esa modificación de las construcciones lingüísticas vino acompañada de teorías que señalaban lo inconveniente –desde el punto de vista del desarrollo– de que hubiera grandes masas de pobres. Los pobres, como cualquiera puede observar, tienen serias dificultades para contribuir al desarrollo, puesto que no consumen. No son demasiado capaces de hacer funcionar la rueda de la fortuna del mercado. Los cambios en la calificación de los países, entonces, fueron acompañados por recomendaciones de combate a la pobreza extrema que, a su vez, fueron acompañadas, en muchos casos, de fondos destinados a ese fin (fondos que no necesariamente se tramitaron a través de los gobiernos, sino que circularon a través de organizaciones de la sociedad civil, fundaciones y asociaciones sin fines de lucro). Al mismo tiempo, el discurso del empoderamiento se daba la mano con el del emprendedurismo, arengando a cientos de miles de desharrapados para que fueran constructores entusiastas de su propio destino.
Claro que no todo es oscuro en este relato. Ciertamente, la arenga, la teoría y los fondos consiguieron arrancar a muchos de la pobreza extrema. Lo que no consiguieron fue modificar en nada el sistema que los había puesto ahí. Los pobres son hoy, tal vez, un poco menos pobres, pero los ricos son inconmensurablemente más ricos y la ecuación que produce la pobreza sigue largando al ruedo cada vez a más gente, aunque esa gente haya logrado tener la nariz uno o dos centímetros más arriba del agua.
En estos días circuló una declaración pública firmada por la Unión Trans del Uruguay (UTRU) que respondía a una columna de opinión publicada el 6 de febrero en el diarioEl Telégrafo de Paysandú. Con gran claridad, el texto repasaba (y demolía) las infelices expresiones del columnista de El Telégrafo y argumentaba a favor del derecho que toda persona tiene a ser reconocida según el género en el que se reconoce. Yo comparto completamente la posición de UTRU, y creo que lo que hay detrás de esa obsesión por explicitar cuestiones como la operación de cambio de sexo no es sino miedo a la confusión. Lo que hay detrás de la argumentación de un señor que dice que una persona trans no debe participar del mismo concurso de belleza del que participa una mujer “de nacimiento” es, lisa y llanamente, miedo. Horror al equívoco que pueda encontrarlo sintiéndose atraído por alguien que, en el fondo, es de su mismo sexo. Horror a la idea de que podría, sin querer, enamorarse de una persona sin estar seguro de lo que lleva debajo de la ropa. Es miedo, y el miedo siempre mueve lo peor de nosotros.
Sin embargo, hay que admitir que lo que es un logro desde el punto de vista de los derechos –que las personas trans puedan participar de un concurso de reinas– no deja de ser, al mismo tiempo y desde el punto de vista de la emancipación de la mirada patriarcal, un fracaso. La forma en que se ejerce el derecho es, en sí misma, reproductora del esquema patriarcal que pone a las mujeres en la pasarela y las acostumbra a valorarse según la mirada objetalizante del varón.
Nada es tan sencillo cuando se trata de palabras, discurso y opresión. No hay magia en las palabras, aunque porten la poderosa carga del símbolo. Y es necesario tener en cuenta que por algo la gobernanza mundial ha sido tan generosa en eso de impulsar derechos, y tan poco dada a plantear la injusticia estructural del sistema.
Cuando la poderosa Alemania mira por encima del hombro a Grecia y la trata como subdesarrollada no está, seguramente, ignorando la exquisita riqueza de la cultura griega ni su papel central en la construcción de los conceptos más importantes de la sociedad occidental. Lo que diferencia los estadios de desarrollo de Alemania y Grecia no es el capital cultural, sino el capital a secas. La razón material no debería ser nunca soslayada. Por eso, cuando batallamos por las palabras deberíamos hacer un lugar, también, para las condiciones materiales que perpetúan la injusticia, y deberíamos preguntarnos cuánto de lo que estamos reclamando trabaja a favor de la emancipación. Porque empoderarnos para reproducir el sistema no sería buen negocio.

martes, 16 de febrero de 2016

El síntoma Guille

Por Soledad Platero Puig “Es por el gobierno, ¿verdad?”, pregunta, en una media lengua que no voy a reproducir, el pequeño hermanito de Mafalda en una conocida viñeta. Se refiere al calor, que los mantiene a él, a Mafalda y a Felipe casi planchados en la vereda, recostados a la puerta de una casa. Mafalda, rápidamente, le aclara a Guille que es por el verano, y en el cuadro siguiente le explica a Felipe que el pobre Guille todavía no sabe repartir muy bien las culpas. Eso, que voy a llamar, “el síntoma Guille”, aqueja con demasiada frecuencia a la opinión pública. Las responsabilidades se diluyen en una queja vagarosa que no se atreve a palabras fuertes como “sistema” o “capitalismo”, pero da a entender que todo lo feo que puede golpearnos en la vida es culpa de los que gobiernan. Así, por ejemplo, circula en estos días por las redes sociales una imagen con un texto que dice “algo no funciona bien en un país donde el hijo de unos narcos recibe apoyo sicológico, asistencia consular, protección del INAU y escolta policial y la familia de Marcela, una nena de 16 años muerta en el mismo incidente, no recibe ni una llamada”. Tan monstruoso es el enunciado, tan aberrante la comparación, tan improcedente el reclamo que parecería innecesario atenderlo, pero la repercusión que ha tenido –y la reiteración de artículos que parecen seguirle el razonamiento– me lleva a pensar que merece cierta atención. El hijo de unos narcos (explico, para quien no sepa de qué estoy hablando) es un niño de siete años que iba en una camioneta que fue baleada. A raíz del ataque el niño vio morir a su padre y a su madre, ambos acribillados dentro del vehículo en marcha. Los tres ocupantes de la camioneta eran paraguayos. En el mismo incidente, o como consecuencia de él, murió también una adolescente de 16 años, atropellada por la camioneta, que se salió de la ruta e invadió el espacio peatonal.

Es evidente que las razones por las que el niño recibió escolta policial, apoyo sicológico, asistencia consular y protección del INAU se relacionan directamente con la circunstancia de su edad, su calidad de extranjero y el hecho de haber visto morir a sus padres. El INAU y el consulado paraguayo no intervienen por dadivosos sino porque es su obligación. La custodia policial de un niño que acaba de ser víctima de semejante ataque es, también, obligatoria. Debería ser obvio para cualquiera, pero parece que no.

En cuanto a la llamada a la familia de la adolescente, se podrá decir que un gesto de comprensión y solidaridad podría ser bien recibido (y en realidad, tengo mis dudas de que no fuera tomado como demagogia; me cuesta creer que en semejante situación alguien esté esperando llamadas o agradeciéndolas), pero de ninguna manera se puede decir que haya una omisión del Estado porque las autoridades, representadas por la institución que sea, no llamen a cada familia que sufre una tragedia sin comerla ni beberla. La familia de esa adolescente atraviesa lo inenarrable, el espanto puro, pero hay algo muy perverso en la idea de que se les está negando algo por no haberlos llamado y, al mismo tiempo, haber protegido al niño que iba en la camioneta.

Sin embargo, lo que más inquietante me resulta es la complicidad que hay entre esa idea y la que dejan traslucir las fuerzas del orden cada vez que hablan de un “ajuste de cuentas”: los que no hicieron nada malo, los que no cometen delitos ni andan en cosas turbias, no tienen nada que temer. Recordemos que Jorge Vázquez, subsecretario del Ministerio del Interior, decía, hace un par de años, que en Uruguay las probabilidades de ser asesinado son pocas si uno no integra el crimen organizado ni tiene problemas familiares. La muerte accidental de la niña, entonces, además de ser una fatalidad es, para muchos, una estafa. Murió alguien que no integra el crimen organizado ni tiene problemas familiares, y la pregunta es quién va a poner la cara, señor, porque alguien se tiene que hacer responsable.

Digamos que subyacen a esta confusión dos errores graves: uno, el de pensar que si alguien anda en algo turbio (por ejemplo, ser hijo de personas pasibles de ser acribilladas) o tiene problemas familiares (es víctima de violencia doméstica, tiene un pariente que se sicotiza) tiene probabilidades altas de morir, y, en definitiva, se lo merece; otro, el de pensar que la violencia que se desata entre delincuentes o entre parientes que se pelean no va a lastimar a nadie más allá del círculo de involucrados.

Días atrás, el sociólogo Rafael Paternain, ex director del Observatorio de Violencia y Criminalidad, indicaba, en una nota divulgada en Facebook, que la estrategia de combate al narcotráfico mediante la represión del menudeo y la intervención “preventiva” en “los barrios donde viven los delincuentes” (las comillas no remiten a Paternain, sino a lo que han dicho los jerarcas del Ministerio del Interior para explicar la estrategia anunciada) era un error, porque aunque los hechos de violencia se produzcan con más frecuencia en los barrios pobres, los hilos que sostienen las redes delictivas se tejen en otros lados y se anudan en los lugares de poder. Llevar el combate al narcotráfico a los “barrios de delincuentes” (voy a pasar por alto, a propósito, lo que hay de estigmatizante en el concepto, porque dadas las circunstancias lo del estigma me parece un problema menor) es mirar los fenómenos de la delincuencia y la violencia con mirada territorial, y no social. Y la mirada territorial es siempre militar: es la que vincula ojo y objeto, la mirada de la máquina que escanea una superficie, reconoce las zonas rojas, encuentra los peligros potenciales y, eventualmente, los elimina. Es una relación binaria sin lugar para el sujeto, para las interpretaciones o para las hipótesis sofisticadas. Es la mirada que tendría una aspiradora, si tuviera ojos.

Que la Policía tenga esa mirada es malo, pero esperable, puesto que integra las fuerzas de seguridad y cada vez más se parece a un cuerpo militarizado preparado para el restablecimiento masivo del orden en territorios urbanos y para el control de poblaciones. Lo que es desastroso es que esa mirada sea la del Estado en su conjunto, y más desastroso todavía es que sea esa la mirada de la sociedad. (Antes de seguir quiero hacer notar que las intervenciones sanitaristas son otra forma de lo mismo: mecanismos para mantener los cuerpos en estado de higiene, evitando la proliferación de enemigos indeseables).

“Nadie habla de los inocentes”, se dice, como si sólo los inocentes fueran dignos de la vida y la protección social. Comienza entonces una batalla para ver quién da más datos sobre “los inocentes” (qué hacían, qué les gustaba comer, cómo los recuerdan los amigos), como si en esa visibilización de lo que nos fue robado pudiéramos cobrarnos la injusticia de la muerte. Es un lamento desgarrado que se lanza a los cuatro vientos con la ilusión de que lastime los oídos de los que deberían cuidarnos y no lo hacen. Pero al mismo tiempo esconde un mensaje siniestro que es el de la indiferencia: no importa si mueren los malos, mientras la metralla no me roce. Y la única forma de garantizar (todo esto es ilusorio, por cierto) que no nos roce es reclamar más intervenciones territoriales, más controles, más vigilancia. Así como los países víctimas del terrorismo votan el estado de excepción para combatirlo, así como las epidemias habilitan cuarentenas y sacrificios, así el narcotráfico se convierte en la palabra mágica para no sólo permitir, sino exigir, más acciones represivas disfrazadas de prevención.

Pero se sabe muy poco de las formas en que circula el dinero del delito (recordemos que nadie nos pregunta, a la hora de comprar un auto, si conseguimos la plata vendiendo droga o ahorrando un porcentaje del salario), y estamos acostumbrados a respetar al rico (por cierto, mucho más que al político, que siempre tiene algo de pelele al servicio del verdadero poder). Estamos siendo acunados desde hace décadas con la canción del riesgo, el emprendimiento, la viveza y el éxito, y queremos divertirnos con la tranquilidad de que alguien nos cuida. Por eso, cuando cae alguien que no debía caer, nos sentimos estafados. No hubo indignación ciudadana por la muerte de un bebé de quince meses en un ajuste de cuentas. ¿Cómo indignarse, si estaba en brazos de alguien que, seguramente, andaba en malos pasos? Ya se nos explicó que para estar tranquilos tenemos que portarnos bien, y algunos, evidentemente, no se portan bien.

El resultado de esta infantilización de la ciudadanía sólo puede ser una sociedad cada vez más fascista y más excluyente, en la que sólo tendrán voz los que, como el hermanito de Mafalda, no saben (ni quieren saber) en dónde buscar razones o responsabilidades.