viernes, 4 de marzo de 2016

Libertad y Protección

 por Soledad Platero Puig
 

Es difícil tomar en serio afirmaciones como la del ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, relativa a la tenencia de armas como atributo de la libertad. Algunos dijeron que las palabras del jerarca no tenían otro objetivo que el de distraer a la opinión pública de la candente cuestión del grado académico inventado del vicepresidente (que, a su vez, podría haber servido como cortina de humo de la situación de Ancap, que podría haber sido una distracción, a su vez, para que olvidáramos el problema de la basura en las calles, y así sucesivamente), pero no creo que el ministro necesite excusas para lanzar sus casi siempre provocadoras ideas en cuanto micrófono se le abra. De hecho, si yo fuera un medio de prensa opositor y quisiera dinamitar la imagen del gobierno, me aseguraría de abrirle el micrófono a un frenteamplista “polémico” al día. Me atrevo a augurar que, teniendo en cuenta la incontenible verborrea de unos cuantos y su desesperación por protagonismo, en no más de seis meses el partido de gobierno estaría tocando el suelo de las preferencias populares y los analistas podrían decretar, una vez más, el fin del ciclo progresista.
Pero volvamos al ministro y su defensa del inalienable derecho de las personas a estar armadas. Dice Fernández que la población se está armando, y que eso está muy bien, porque si uno está en la paz del hogar y se le mete para adentro un criminal a matarle a los hijos, mejor será que tenga con qué defenderlos. Y pone como ejemplo la masacre del Bataclán, en París, en donde un puñado de terroristas acabó con la vida de casi 90 personas “como si fueran palomitas”. Creo que no hace falta responder a la oblicua invitación a asistir armados a bailes, espectáculos teatrales o eventos deportivos. Cualquier persona sensata puede imaginar los resultados de semejante práctica, así que no vale la pena comentarla.
Lo que sí creo que podríamos conversar, ya que el ministro propone el tema, es lo de tener armas para hacer frente al despotismo. En una carta de respuesta a la columna de Marcelo Pereira en la diaria del lunes, que fue publicada en ese mismo medio el martes, Fernández recuerda que la izquierda uruguaya, con excepción del Partido Demócrata Cristiano, “llamó a las armas, tuvo armas y las usó (MLN, 26 de Marzo, Partido Socialista, Partido Comunista, PVP, GAU, etcétera)”, y dice no poder entender que “respecto a este tema se hagan los ranas [sic]”. Más allá de las evaluaciones que los distintos partidos y sectores de izquierda hayan hecho de la tenencia de armas y de la pertinencia de su uso en los años previos al golpe de Estado, me parece necesario recordarle al ministro que la izquierda de aquellos años también reclamaba cosas como la reforma agraria, la nacionalización de la banca privada y de los principales rubros del comercio exterior, la nacionalización de la industria frigorífica y tantas otras cosas que ya no reclama. Yo creo que si fuéramos a debatir el asunto de la tenencia y el uso de armas podríamos, ya que estamos, aprovechar para conversar de nuevo esos otros temas que han salido de la agenda.
Dice también Fernández, palabras más o menos, que la tiranía existe y es peligrosa (si lo sabremos) y que el terrorismo de Estado es una amenaza siempre latente, así que nada mejor que estar armado para defenderse en caso de abuso institucional. Encantadora imagen, la de los ciudadanos resistiendo en armas al tirano, pero un tanto ingenua. En Uruguay, sin ir más lejos, el último golpe de Estado fue dado por un presidente electo. No es exagerado imaginar que, en caso de haber estado armados, muchos patriotas habrían sumado su capacidad de fuego a la de las fuerzas represivas, en lugar de consagrarla a la libertad. Decir otra cosa es mandar fruta, con el agravante, en este caso, de mandarla desde el Ministerio de Defensa Nacional.
Sin embargo, no se puede negar que el Estado puede ser una máquina opresiva y abusadora. El Estado me puede obligar a pagar impuestos, a cobrar mi salario y pagar mis cuentas a través del sistema bancario, a declarar todos mis ingresos y hacerme cargo de todas las obligaciones fiscales que el propio Estado impone. Puede, el Estado, resolver quiénes son exonerados de esas obligaciones y a quiénes se les permite driblearlas mediante el recurso de las donaciones (que permiten nada menos que elegir dónde se pone la plata). El Estado puede volverse autoritario, puede reprimir, puede controlar hasta dónde sube mi salario y a qué edad me puedo jubilar. Y nada de eso, entiendo, puede evitarse teniendo un arma en casa. Porque el peso del Estado, la orientación de sus decisiones y hasta la pertinencia o no de su existencia tal como lo conocemos es un asunto de la política, y no de la guerra. Incluso para llamar a la guerra es necesario, antes, haber ejercido el pensamiento político, haber dejado todo en esa cancha, para que todos seamos capaces de saber en qué nos metemos y para qué.
Se podrá decir que la política, entendida como pensamiento crítico y voluntad de participación, no atraviesa sus días más efervescentes, y es verdad. Lo que no imagino es cómo podría ayudarnos, justo cuando estamos políticamente más desvalidos, poner nuestra confianza (nuestro miedo) en tener armas.

jueves, 3 de marzo de 2016

Tabaré Vázquez: ¿El principio del fin?

por Hoenir Sarthou

El discurso deTabaré Vázquez, el martes de noche, me dejó una sensación extraña.
No es tanto que esté en desacuerdo con lo que dijo. Va bastante más allá que eso. Es, más bien, la vaga sensación de que habló de otro país, que no es en el que vivimos.
Todo el Uruguay está sorprendido por la situación ruinosa de ANCAP, y –aunque es un tema bastante menor- por las contradictorias declaraciones del vicepresidente Sendic respecto a su licenciatura. Sin embargo, Tabaré Vázquez no dijo una palabra sobre esos asuntos, aunque el de ANCAP era un tema ineludible.
Entre otras cosas, habló sobre educación, sobre políticas sociales y sobre inseguridad pública.
En educación, anunció la construcción de varios edificios y la apertura de centros de estudio de doble horario y de horario extendido. No hizo ningún comentario sobre la renuncia de sus hombres de confianza en el Ministerio de Educación y Cultura, ni tampoco mención al anunciado –y al parecer olvidado- cambio de ADN de la educación. Ignoró olímpicamente la deserción, por la que casi tres de cada cuatro uruguayos jóvenes no terminan secundaria.
Sobre políticas sociales, dijo que mantendría el gasto en el rubro, y, en materia de seguridad pública, anunció más cámaras, reformas en la policía y nuevos sistemas de vigilancia. 
Lo preocupante es que no ligó los tres temas. Separar a la seguridad pública de la educación y de las políticas sociales es un error o un engaño. Porque no son tres problemas aislados, sino tres aspectos de un mismo problema. Si las políticas sociales se basan en la transferencia de dinero y no en la inserción educativa, la enseñanza decae y la marginalidad cultural aumenta. Y con ella aumentan los delitos, la violencia y la inseguridad pública.
En materia económica, reiteró el mantra neoliberal del “progresismo”: cuidar el grado inversor, combatir la inflación y apostar a los proyectos de participación público-privados. Nada nuevo por ese lado. Al parecer, la función del Estado sigue siendo la de fiador (por cientos o miles de millones de dólares) de la “inversión” privada. Es lo que se hizo en PLUNA y en la regasificadora, con los resultados que conocemos y otros que todavía no conocemos.
El discurso presidencial tuvo otros “profundos y prolongados silencios”, por ejemplo respecto a la contaminación del agua y al daño causado a la tierra como consecuencia de las indiscriminadas inversiones agroindustriales que hemos conseguido cuidando nuestro “grado inversor”. O respecto a la enorme deuda pública –en dólares de valor al alza- que grava a las generaciones presentes y futuras. 
Todo lo dicho no son más que ejemplos de algo más general, que se respiraba en la atmósfera del discurso del martes. 
Tabaré Vázquez habló de un país de estadísticas. La reducción de la indigencia en un tanto por ciento, y de la pobreza en otro tanto por ciento, la mejora de las matrículas de la enseñanza en no sé qué otro porcentaje, la ubicación del Uruguay en vaya uno a saber qué puesto de nivel de vida entre los países de América. Porcentajes y estadísticas. No realidades vitales. El optimismo de Vázquez, ese tono pretendidamente “para arriba”, tiene poco que ver con la experiencia y con la “sensación térmica” de quienes vemos y vivimos el Uruguay desde el llano, en el día a día de la convivencia ciudadana.
Las estadísticas se construyen. Y, cuando se quiere, se las amaña seleccionando datos y cifras, eligiendo qué números y en qué momento serán tenidos en cuenta. Pero la experiencia real de vivir en la sociedad es otra cosa. 
Sin importar qué digan los números oficiales y los “rankings” de las consultoras internacionales, muy pocos uruguayos sentimos el optimismo que sintió o fingió el Presidente durante su discurso. Por el contrario, muchos sentimos que vivimos en una sociedad fragmentada y con una marginalidad cultural (que no es lo mismo que la pobreza) creciente, una sociedad un poco degradada. Una tibia degradación que viene de lejos y que no se debe sólo a la gestión del Frente Amplio ni al reciente enfriamiento de la economía, ni tampoco a una eventual crisis en el horizonte, sino a algo más profundo.
Todos sabemos que en un futuro ya muy cercano nos esperan las consecuencias de unas políticas educativas y sociales profundamente equivocadas. Bastante más de la mitad de la población juvenil no ha alcanzado ni alcanzará los niveles educativos necesarios para insertarse en la vida adulta y en la actividad laboral en forma aceptable. Eso inquieta, aunque no nos lo digamos en voz alta.
Por otro lado, en la otra punta etaria, el destino de la generación que se acerca a la jubilación está muy comprometido, por obra de los tres partidos que han gobernado. El sistema de las AFAP determina que muchas decenas de miles de uruguayos recibirán jubilaciones miserables, equivalentes a la tercera o cuarta parte de sus salarios de actividad. 
Probablemente el problema más grave no sea estrictamente económico, sino cultural.
El modelo “progresista”, después de once años, ha perdido la capacidad de generar esperanza, entusiasmo y solidaridad. El consumismo, la pasiva apuesta a la inversión extranjera y las reivindicaciones corporativas no son banderas capaces de entusiasmar profundamente a nadie. Cuando a ello se suman señales inequívocas de corrupción (no sólo en ANCAP), el desmoronamiento parece inevitable. Es cuestión de tiempo. 
La necesidad de un proyecto colectivo, en lo social, en lo cultural, en lo económico y en lo político, es más importante de lo que nos suele hacer creer la ideología neoliberal que hoy predomina en el mundo. Los seres humanos somos capaces de soportar enormes privaciones y de asumir enormes esfuerzos cuando nos alienta la esperanza. En cambio, todo resulta hueco , gris y sin sentido cuando faltan la confianza y el entusiasmo.
Tal vez me equivoque, pero sentí que el discurso de Tabaré Vázquez era vacío, que pretendía vanamente ocultar el agotamiento, la resignación del rumbo y la falta de respuestas.
¿Estamos viviendo el principio del fin del ciclo “progresista”?
Es difícil decirlo, sobre todo porque no hay alternativas a la vista. El agotamiento de los partidos tradicionales fue anterior y muy grande. Por eso, es posible que el Frente Amplio sobreviva por cierto tiempo a la muerte de su propia mística. Algo así le ocurrió al Partido Colorado, con la diferencia de que, cuando su desgaste llegó al límite, estaba el Frente Amplio para sustituirlo. 
Hoy esa alternativa no existe. A lo sumo podría ocurrir que alguna alianza de blancos, colorados y algún “outsider” de la política se postulara para ganar las elecciones. Pero para gobernar no basta con ganar las elecciones. Es necesario tener cierta incidencia estructural e ideológica en la sociedad, en las organizaciones sociales y en el Estado, que hoy ninguna otra fuerza política parece tener. Por eso es de temer que la decadencia del Frente Amplio arrastre consigo al país. 
Por lo pronto, cunde en la sociedad uruguaya un clima de apatía y descreimiento. Salvo quienes encuentran trabajo en el sistema político y quienes ganan mucho dinero con el modelo “progresista” (que los hay), es como si los demás estuviéramos hartos de nuestros defectos colectivos y, a la vez, nos resignáramos a que el sistema político los reprodujera ampliados e institucionalizados. Es un problema que supera en mucho el juego político electoral y que no puede resolverse sólo mediante un cambio de gobierno. Es un problema cultural, en el más hondo sentido de la palabra. 
En todo caso, para quienes no queremos rendirnos a la apatía y al descreimiento (descuento que es el caso de quienes nos hemos formado en la izquierda) es necesario alzar la mirada, abrir las cabezas y repensar muchas, muchas cosas. Pensar no en partidos y fórmulas electorales (eso siempre viene después, porque es consecuencia y no causa de los cambios culturales), sino pensar sin prejuicios en el mundo en el que estamos insertos, en los objetivos de la vida personal y colectiva y en las formas de vivirla.
Si es verdad que las crisis son también oportunidades, quizá nos encontremos ante una enorme oportunidad.

miércoles, 2 de marzo de 2016

EL PROBLEMA DE LA UNIDAD EN UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA (Análisis de la estrategia del Partido Comunista Uruguayo a la luz de los resultados)

Por José Luis Perera






- SEGUNDA PARTE -

LA UNIDAD COMO ESTRATEGIA
No hay ninguna duda de que el PCU ha desarrollado a lo largo de su historia, pero particularmente luego del XVI Congreso, una lucha permanente y sistemática por la unidad en su dimensión estratégica. Esto es, unidad total de la clase obrera, unidad de las fuerzas de izquierda, democráticas y avanzadas, y unidad de todo el pueblo, en el ámbito nacional; unidad del movimiento comunista, unidad y acción concertada de todas las fuerzas políticas y sociales progresistas para enfrentar al imperialismo, en el ámbito internacional.

En primer término, la unidad total de la clase obrera, que a través de un prolongado proceso transformó un movimiento sindical partido en tres y con fuerte impronta de amarillismo e intromisión de la embajada de los EE.UU., en un movimiento unido y clasista, que agrupó en una central única, la CNT (y luego el PIT-CNT), a la totalidad de los obreros de la industria y el transporte, los gremios de docentes a todos los niveles, las organizaciones de la cultura, de los trabajadores rurales, en suma la totalidad de los asalariados.

En segundo término, la unidad total de las fuerzas de izquierda, que habría de culminar el 5 de febrero de 1971 con la conformación del Frente Amplio. A partir del golpe de estado de 1973, el objetivo fundamental de derribar la dictadura puso el tema de la unidad en su máxima amplitud, y a la vez en la mayor profundidad. El objetivo cardinal pasó a ser la derrota de la dictadura a través de la más amplia unidad de todos los sectores políticos y sociales de oposición.

Y sin duda que esa lucha por la unidad se desarrolló en todo tiempo y lugar durante los años de la dictadura, porque el PCU peleó por defender la continuidad del Frente Amplio en el interior del país y en el exilio, enfrentando las diversas tendencias a minimizar su influencia, a diluirlo, a declararlo caduco, a despreciar su lucha por la libertad o a reemplazarlo por otras cosas.

No se trataba, está claro, de una batalla por la unidad por la unidad en sí, cual si fuera un fetiche. El PCU analizó las bases económicas de la sociedad, las relaciones de clase que se generaban dentro de esas relaciones de producción, y en consecuencia, desarrolló una teoría de la revolución uruguaya, de su carácter y de la estrategia a desarrollar, en donde la unidad era el factor determinante.

Como lo explica Jaime Yaffé (¿LAS URNAS DE LA REVOLUCIÓN? Democracia y estrategias revolucionarias en Uruguay (1959-1967)) “...a partir de una caracterización de la estructura económico-social del Uruguay como un capitalismo deformado por la dominación imperialista y con rasgos semifeudales, y del reconocimiento de la necesidad de recorrer por ello una primera etapa en el proceso revolucionario que, bajo conducción obrera, tendría carácter agrario y antiimperialista, se proclamó el carácter estratégico de la unidad de las distintas corrientes ideológicas que constituían el sindicalismo y de la unidad política de todos los actores políticos y sociales que compartiesen con el comunismo posturas antiimperialistas y progresistas”.

Se trataba de unir, en torno a la clase obrera –la clase revolucionaria por su condición de explotada, según Marx- a todos aquellos sectores y capas de la sociedad (capas medias de la ciudad y el campo, estudiantes, intelectuales, pequeña burguesía emprendedora, etc…) objetivamente aliadas en buena parte del camino a recorrer, concretamente en una primera etapa liberadora, con objetivos claramente antiimperialistas, antioligárquicos y antilatifundistas. Hoy diríamos, objetivos antisistema; subjetivamente socialistas.

La cuestión que hoy en día está planteada, desde mi modesto punto de vista (y como lo señalaba en la primera parte de este trabajo), es si las condiciones objetivas del país y el mundo siguen siendo las mismas que engendraron nuestra estrategia, o si los cambios ocurridos a lo largo de casi sesenta años en esa realidad objetiva, ameritan una revisión de la misma.

Pero ver y analizar detenidamente que es lo que NO se ha logrado y por qué. Lo que no se logró, por qué no se logró ¿fue la estrategia errada o su aplicación inadecuada? ¿O los objetivos a lograr con determinada estrategia? Porque nadie podrá decir que la estrategia para lograr la unidad no dio sus frutos y que el Partido Comunista no ha sido el artífice principal de esa unidad. Pero la unidad era la estrategia para lograr determinados objetivos, ¿estos objetivos se lograron? Y si no se lograron más de medio siglo después, ¿se ha avanzado al menos algo hacia esa meta? ¿es sensato seguir festejando y defendiendo a toda costa y eternamente la unidad como si la unidad fuera el objetivo y no parte de la estrategia?

Pero además, la unidad que expresada hoy en el Frente Amplio, ¿es la que en principio buscaban los comunistas? ¿Realmente el FA representa hoy la unidad en torno a la clase obrera de los sectores y capas medias de la ciudad y el campo, de los intelectuales? ¿de cuáles intelectuales? ¿Dirige la clase obrera el proceso; o al menos: el proceso está fuertemente influido por la ideología de la clase obrera? Cuando la clase obrera dice “Frigorífico Nacional”, y el presidente de un gobierno del FA dice: “ni lo sueñen, no nos vamos a meter con la rosca ganadera” ¿qué está significando?

TEORIA Y PRAXIS

Recientemente, en una intervención en Cuba en la Conferencia sobre el Equilibrio en el Mundo, decía el actual secretario general del PCU, Eduardo Lorier: “Y en Martí ambas cosas se dieron indisolubles, pues cumplió con aquello que tan acertadamente mencionaba Adolfo Sánchez Vázquez, de “transformar, sí, y en primer lugar, pero transformar sobre la base de la interpretación, del conocimiento, de la teoría. Interpretar, conocer, teorizar, también, pero en relación con la práctica. De este modo, la teoría cumple una función no de por sí, por sí sola, pues las ideas por sí solas no cambian nada, no transforman el mundo, sino en virtud de su nexo con la práctica. Trincheras de ideas valen tanto como trincheras de piedras, nos dice Martí”.

Y de eso creo que se trata ahora, desde mi punto de vista, de analizar la relación de la teoría con la práctica concreta, porque solo con la teoría no se cambia nada, y porque si la práctica demuestra que la teoría está errada, algo se debe hacer con eso.

Lenin decía (en Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo) que “Los partidarios de reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de unas u otras clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, educar y organizar para la lucha a los elementos que puedan -y, por su situación social, deban- formar la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo”.

En el plano político, ¿será el FA de hoy, la conjunción de los elementos que –por su situación social deban- formar la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo? Porque se lo defiende como si lo fuera. ¿Y si fuera la fuerza que está frenando de algún modo la creación de lo nuevo?

 

Generación Ibero Gutiérrez

Por Ricardo Viscardi


1a. quincena, marzo 2016


En un artículo que no tiene desperdicio,1 a empezar por el título, que se reduce a un  patronímico, Luis Nieto nos advierte que la tecnología en el periodismo produce el mayor desastre (que motiva su propia versión de la tecnología): el del sentido. Se ha malbaratado el mundo en el celular. Como consecuencia de ese despropósito que la tecnología infunde en la inteligencia, los jóvenes de hoy no logran cometer parricidio, porque todo aquello que proveería de límite a superar ya está superado (“los Stones llenan el Centenario” y “uno que anduvo a los tiros fue presidente del Uruguay”). Esta apocalíptica circunstancia (valga desde ya el célebre calificativo de una celebridad de reciente duelo: Eco) genera asimismo el sinsentido de la enseñanza y en particular de aquella profesión que debiera instruirnos sobre el mundo: el periodismo. Al tiempo que comenta y lamenta la renuncia de Haberkorn a enseñar periodismo, Nieto plañe ante la desaparición de la información sobre el mundo, quizás sin percibir que difícilmente podría enseñarse, por razones de fuerza mayor, a informar sobre un mundo post-tecnológico y por ende, mundialmente transparente.

Este escándalo mayúsculo se ve acompañado por una sutil observación acerca de una universidad en la que “hay que pagar” y “se supone” que imparte mejor que la enseñanza pública en el mismo campo del saber. Pareciera entonces que Haberkorn eligió mal el lugar para enseñar, ya que allí donde los alumnos debieran ser mejores porque pagan mejor enseñanza, sucede que llevan al propio docente -nos dice el periodista alarmado por el descaecer de la enseñanza del periodismo- a renunciar a esta profesión en razón de la supina ignorancia que aqueja a los educandos, sostenida además en el más empresarial desinterés. Pese a este error de elección académica Haberkorn no sólo se destaca, a los ojos de Nieto, como excelente periodista, sino que incluso ha llevado al propio autor de la nota a reflexionar sobre su pasado tupamaro y le ha revelado aspectos del mismo que aunque vívidos, le resultaban inescrutables desde la propia experiencia personal.

En suma, del principio al fin el artículo está atravesado por la cuestión generacional, ya que comienza, incluso, señalando que Haberkorn pertenece a una generación posterior a la de Nieto, la que a su vez, protagonizó la “experiencia tupamara” de que nos habla Zabalza.2 La posteridad a través de la labor de Haberkorn habría desentrañado con mayor claridad incluso que un protagonista calificado como Nieto, el sentido de aquella “experiencia” (en el sentido de Zabalza), dándole al periodista ex-tupamaro la posibilidad de conocer mejor el pasado propio, incluso a través de alguien que no lo vivió. Las generaciones post-tupamaras que encarna Haberkorn se ven, pese al aporte de este último, catastróficamente desacreditadas por una última camada, señalada como “la generación del celular”, identificado con “una lámpara de Aladino” que no puede sino suscitar, como tal, el deseo de aquello que no existe más: el mundo dotado de sentido.

En este blog ya hemos analizado la lectura del pasado de la “experiencia tupamara” a que se entregó Haberkorn, a través de la imputación que junto con Luciano Alvarez dirigieran contra Víctor Hugo Morales.3 El relato de Haberkorn y de Alvarez ensalza a la clase política, denuncia la artera traición que le asestaron por igual militares y tupamaros, vinculados simétricamente a un mismo “atentado contra la constitución”. Tal versión del “pasado reciente” se suma al registro que entonan a coro los partidos tradicionales de la “teoría de los dos satanes”: “el mejor sistema posible” (como si fuera deseable un “sistema perfecto”) traicionado por una horda de fanáticos dividida en dos bandos de igual insania. En el medio quedó, víctima de la barbarie, la intangible “tierra purpúrea” convertida por obra de la institucionalidad en “democracia utópica”, ahora ensalzada por los herederos políticos de degolladores, golpistas, invasores del propio país y lacayos de potencias imperiales, entre otras figuras ejemplares.

No le va en zaga la descripción de Venezuela ni del pasado político de los 60' que hace Nieto en las sucesivas ediciones de Voces, a esa visión de una eternidad inmaculada de la democracia representativa, atacada en el pasado de nuestro país por forajidos políticos que atentaron contra aquel mundo idílico, así como, al día de hoy en Venezuela por gente que (vaya costumbre) “anda a los tiros por los barrios”. Por igual defraudados por la pérdida de sentido del mundo, o incluso, lo que vendría a ser lo mismo, por la desaparición del mundo en el sentido del celular, que por ser puro sentido no puede tener ni sentido ni mundo (la tecnología adosa el sentido al mundo y viceversa, con lo que hace desaparecer fatalmente a los dos), los dos periodistas parecen renunciar, por ahora, sólo a la docencia del periodismo, lo que seguramente será difícil de aquilatar en su sentido una vez desaparecido, con el mundo (del periodismo entre otros), el sentido de la enseñanza cualquiera sea su vocación académica.

Quizás pudiera oponerse a esa visión apocalíptica de la enseñanza y de todo lo que supone (mundo, sentido, generaciones, etc.) una experiencia puntual, sobre todo porque se opone casi en espejo a la que relata Nieto a partir de un texto de Haberkorn. Imparto Filosofía Teórica (es decir metafísica) en la Facultad de Humanidades. El Plan de Estudios de la Licenciatura en Filosofía vincula la metafísica, sobre todo, a la teoría del conocimiento y la crítica de la misma que desarrolla el siglo XX. En años pasados impartía el curso que corresponde a 2o. Año (tercer semestre), en el que presentaba la lectura metafísica de la modernidad a través de Foucault y de Heidegger. El texto elegido de Foucault era “Las Meninas”, que presenta la doble virtud de referirse a una tela (objeto “no letrado”) y de vincularse al conjunto de la lectura de la metafísica como “teoría del sujeto” que hace Foucault, en cuanto le dedica al “lugar del Rey” (que no es otro que el del sujeto) consideraciones claves no sólo en “Las Meninas”, sino también en la culminación de “Las palabras y la cosas, libro que abre “el único objeto histórico que he tratado”, según declaraba el mismo Foucault en 1975:4 el surgimiento de la modernidad.

En particular Las Meninas se impartía de lo más desarrollado (el fin del capítulo) hacia el principio, tratando el texto párrafo por párrafo, para permitir mediante la articulación entre sí de exposición e interpretación, la incorporación crítica de un estilo de autor al mismo tiempo metafórico y conceptual. En ese contexto de aula, participaron al menos durante dos semestres, estudiantes de medicina, interesados seguramente en una denominación tan expansiva como “Filosofía Teórica” y además, por la suma de “opcionales en otros servicios” que permite la actual “Ordenanza de grado”, instalada durante el período rectoral de Arocena. De esta manera esos estudiantes de medicina probablemente esperaban incorporar una información interesante desde el punto de vista de una cultura general, matizada además por la generalidad que se supone, sobre todo desde un punto de vista científico, que le cabe a la filosofía.

Con el correr de las clases disminuían, al filo del avance en el texto y la preocupaciones que le eran propias (el vínculo entre sujeto y mismidad, la intangibilidad de un objeto puro, la mediación que instala como sus polos al sujeto y el objeto, la imposibilidad de una función del concepto que se resuelva en una “índole pura”) el número de estudiantes de medicina que asistían a tal “opcional”. Conviene considerar que se presentaba el texto a través de la tela de Velázquez proyectada en clase, de un texto comentado en detalle y de un contexto histórico que incluso pauta el propio autor, de forma tal que la progresiva desaparición de los estudiantes de medicina no podía ser imputable a una dificultad conceptual, sino a una proyección vocacional inexistente. El grupo de estudiantes que provenían de filosofía y en algunos casos de ciencias humanas e incluso en varios casos de estudios en comunicación, por el contrario, se afirmaba en su participación y su interés. No puedo decir que vea en este último sector de estudiantes, a través de los distintos años, ni desidia, ni ausencia de interés por la actualidad (que Foucault siempre convoca por impronta política) ni tampoco yerros tremendos de ortografía (según Haberkorn -Nieto dixit- en algunos casos se violenta la ortografía del propio apellido).

Quizás Nieto o Heberkorn no han analizado suficientemente el vínculo entre convocatoria institucional y participación estudiantil. Algunas instituciones de enseñanza privada terciaria promocionan sus servicios aduciendo que los mismos conducen a obtener un empleo de calidad. Quien comienza a estudiar pensando en lo que va a obtener mediante tal trayecto, difícilmente considere que el objeto significativo estriba en el propio saber. Una de las mayores falencias que acarrea la mercantilización de la enseñanza, patrocinada en su momento por el funanbulesco “Pepe”, bajo el argumento “que les sirva a los muchachos”, es precisamente la disminución del lugar del saber, que debiera ser el cometido propio de la educación académica. Quizás los estudiantes de medicina que participaban de un curso de metafísica no calibraban, como efecto del estrecho cientificismo que cunde entre nosotros, que entender en el sentido filosófico trasciende la mera observación empírica o la pura formalidad conceptual.

Tanto el planteo de Nieto/Haberkorn como la experiencia de un sector de estudiantes de filosofía y humanidades encuentran, aunque por razones contrapuestas, un parangón sugestivo en la circunstancia política. No sólo por el empeño estratégico que pone la oposición en descalificar (más allá de la hacendosa colaboración involuntaria que le presta el imputado) a un posible candidato a la presidencia que estaría auspiciado por una condición relativamente “joven” (Sendic), sino incluso en razón del aciago y fresco a la vez, fracaso juvenil del “candidato pop” Lacalle Pou,5 sin olvidar la argumentación “generacional” que vemos desplegarse en torno a la campaña por la presidencia del Frente Amplio, en andas de juveniles candidaturas.

La frenética juvenilia que anima las fantasías estratégicas de la clase política encuentra su razón de ser en la condición moderna de la democracia representativa, es decir, del poder justificado en el régimen de la delegación representativa (o quizás mejor dicho, de la representación bajo régimen de delegación). Tal justificación supone que la Historia manifiesta un sentido ordenador de la naturaleza en el mundo. En tal ordenamiento, el paso cronológico de las etapas y por lo tanto de las generaciones, no puede sino conducir a un porvenir venturoso. De ahí todo el valor de que se carga el sustantivo más equívoco: “el cambio”. Quienes traen “el cambio” son los jóvenes, ellos despliegan las etapas de la ventura histórica por la vía de la sucesión generacional.

La izquierda le agrega a ese registro moderno el fatalismo cientificista que adjudica “el cambio” a una determinación natural del proceso social, que incluso adhiere en ciertos casos a un relato de “leyes de la historia”. Esa perspectiva naturalizada del proceso histórico rodea de un halo de pureza la condición juvenil, exonerada “avant la lettre” de toda caída en el mal del pasado. Sendos ejemplos de ese purismo juvenilista lo proveen la declaración de “Redes frenteamplistas” que Voces adopta como su propio editorial6 de este último número y el reportaje que publica La Diaria del auto-candidato a la presidencia del Frente Amplio Alejandro “Pacha” Sánchez.7

Mientras la declaración de Redes Frenteamplistas desgrana un rosario de buenas intenciones intemporales (pero sostenidas en la eternidad impoluta de “lo nuevo” -las propias redes) el presidente saliente de la Cámara de Diputados nos dice que un programa de debates va a esclarecer una estructura que hasta ahora se ha dedicado a la “distribución administrativa” del poder. Puede aventurarse desde ya que el juvenil futuro frenteamplista deparará más de lo viejo: el retorno de los más vetustos recursos de los partidos tradicionales.

Contraponiéndose a la eternidad moderna de la juventud frenteamplista, la figura de Ibero Gutiérrez no emerge con toda su densidad generacional sino pasada década y media de su asesinato. Por entonces la movilización política había registrado, primero en el Frente Amplio antes del golpe de Estado y después sobre todo a través del movimiento seispuntista,8 el carácter militante, comprometido y popular de la trayectoria, por igual política y creativa, de Ibero. Por encima del momento clave que marcó aquel asesinato, como antesala del terror que luego se va a desatar por parte del aparato represivo en su conjunto, primero sobre la guerrilla que lo combatía y luego sobre toda manifestación democrática, la obra de Ibero comienza a destacarse hacia fines de los 80' e inicios de los 90' como una señal generacional,9 propia de aquella juventud que combatió al pachequismo y todo lo que efectivamente anunciaba.

Incluso por aquel entonces el neoliberalismo en alza pretendió dar una versión yuppie de la generación del 68',10 que en nuestro contexto y sobre todo ante la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, no podía sino tener patas cortas. Confrontando en particular la versión de una izquierda tradicional (la izquierda surgida en los 60' nunca presentó un fundamento teórico alternativo), hemos destacado no sólo el relieve de Ibero como figura del 68' uruguayo, sino además su impar significación, dentro de nuestro contexto, como figura del 68' universal.

Por fuera de la racionalidad del Estado y de un único destino para la Humanidad, la generación universal del 68' abrió el camino a la singularidad de los movimientos (estudiantil, feminista, ecologista), como articulación propia de contextos, grupos e individuos. Este movimiento magistralmente registrado en el plano teórico por el post-estructuralismo y su descendencia intelectual (una proliferación de la pre-fijación de toda estructura por su post-eridad), cunde políticamente a través de la obra de Foucault. Efecto de la totalización tecnológica de la historia, particularmente en la política de bloques que sigue a la invención tecnológica por excelencia (la bomba atómica) y de la totalización de la comunicación que señalara McLuhan, la generación del 68' -como se señaló con oportunidad de la celebración del 68' francés 40 años después- es la última generación.11 Cabe retomar esa sugestiva apreciación, desde nuestro punto de vista, no porque “la historia se haya terminado” (versión neoliberal del racionalismo hegeliano),12 sino porque la tecnología ya había convertido después de la 2a Guerra Mundial, en razón de la “disuasión nuclear” y de la universalidad mediática, la Historia en un relato. Relato de parte interesada dentro de un todo articulado, imposible de identificar con un destino determinado por “leyes de la naturaleza” colocadas por encima de nuestras decisiones.

De ahí que para sorpresa de Nieto “los Stones llenen el centenario” (no suponen una generación, sino la fragmentación etaria que acarreó el relato hiper-generacional de los 60') y que “uno que andaba a los tiros llegó a ser presidente” (no supone sino la explotación mediática del trasfondo populista que promueve todo Estado-nación). La generación Ibero Gutiérrez abre, tecnología mediante, a un relato de movimientos, singularidades, fragmentaciones, fusiones, desbordes, cuya clave no es el sentido de un mundo, sino el equilibrio13 de cada lugar.


1Nieto, L. “Haberkorn” Voces (26/02/16) p.9.
2Ver en este blog “Zabalza, los canallas y el tupamplismo” http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2016/02/zabalzalos-canallas-y-el-tupamplismo-2a.html
3Ver en este blog “Victor Hugo entre militares: leer sin libro o la dictadura del relato”http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2012/08/victorhugo-entre-militares-leer-sin.html
4Foucault, M. “Les confessions de Michel Foucault” Nouveau Millénaire,Défislibertaireshttp://1libertaire.free.fr/Foucault40.html (acceso el 23/02/2016)
5Sobre el presente del movimiento estudiantil y el “candidato pop” ver en este blog “La pasión del Paraninfo: una señal al extramuros” http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2014/09/lapasion-del-paraninfo-una-advertencia.html
6“Mensaje de las redes frenteamplistas” Voces (25/02/16) p.3.
7Sánchez, S. “Paren la mano” (reportaje a A. Sánchez) La Diaria (26/02/16) http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/2/paren-la-mano/
8Escisión del MLN-Tupamaros que asume los postulados teóricos de la ortodoxia marxista, vinculados en aquel contexto a los partidos comunistas pro-soviéticos.
9Gutiérrez I., Antologías I y II, Arca, Montevideo, 1987 y 1992. Esta labor iniciada por Luis Bravo y Laura Oreggioni presenta como última entrega Gutiérrez, I. (2014) La pipa de tinta china, Estuario-Biblioteca Nacional, Montevideo.
10Viscardi, R. (1991) Después de la política, Juán Darién, Montevideo, pp. 23-29.
11Ross, K(2005) Mai 68 et ses vies ulterieures, Complexe, Paris, p. 194.
12Fukuyama, F. (1991) ¿El fin de la Historia?, Juan Darién, Montevideo, pp. 19-21.

13Viscardi, R. “La verdad del equilibrio” Actio No. 1 http://www.actio.fhuce.edu.uy/Textos/I-1/Viscardi.htm (acceso el 2/03/16)

martes, 1 de marzo de 2016

De cómo los dirigentes de Peñarol bautizaron las tribunas con los nombres de los dirigentes de Peñarol

por Marcelo Marchese



Cuando me enteré quedé estupefacto, mas luego, recobrado del golpe bajo, consideré que las personas manifiestan sus prejuicios inclusive hasta en la forma de cortarse las uñas. Veamos el trasfondo de esta decisión inopinada que trasciende al fútbol y muestra una visión de la vida.
El presidente honorario de Peñarol, Julio María Sanguinetti, salió a justificar esta decisión. “¿Por qué los presidentes? Porque son los líderes institucionales, y porque en el caso han sido realmente líderes, no solamente presidentes de ocasión. Si Peñarol es campeón del siglo es por el glorioso período Güelfi-Cataldi-Damiani. Es en ese período que se ganan las Libertadores, las intercontinentales, con un liderazgo muy importante, fundamental”. Así que nos enteramos, los hinchas de Peñarol y todos los demás, que no ganamos las Libertadores gracias a Spencer, Rocha, Mazurkiewicz, el Pepe Sasía, Fernando Morena, Venancio Ramos y Diego Aguirre, no, fue gracias a los presidentes, nos lo dice el presidente honorario de Peñarol. Con el mismo criterio, los cuadros de Leonardo da Vinci no debemos agradecerlos a Leonardo, sino a Ludovico Sforza, que bien que le pagaba a Leonardo para que experimentara en el taller y en la cocina. Con Velázquez y Goya sucede lo mismo, debemos estar agradecidos a Felpe IV y Fernando VII, pues sin su “liderazgo muy importante, fundamental” no se hubieran pintado los cuadros inmortales.
Según cuentan, cuando Maracaná, los dirigentes entregaron a los jugadores unas medallas de plata, en tanto, unos a otros y muy orondos, se colgaban brillantes medallas de oro, y es lógico, pues no ganamos la final gracias a Obdulio, Schiaffino o Ghiggia, ¡No!, fue un “liderazgo muy importante, fundamental” el que determinó la victoria. La cocinera de la casa no nos da un manjar, es al patrón que le paga el sueldo a quien debemos agradecer aquello que la cocinera supo cocinar. Es la lógica de los burócratas que piensan que al mundo se lo construye desde un escritorio, pues jamás pensaron, pues no les conviene, que al mundo lo mueven los trabajadores. Eso que el lector está viendo en este instante, sea el monitor, sea su escritorio, con absoluta certeza se lo debemos a un trabajador.
Mas no se crea que la directiva no consideró la posibilidad de bautizar a las tribunas con los nombres de los héroes de Peñarol. Preste atención a la argumentación de nuestro presidente honorario: “Naturalmente el debate lleva a preguntarse porqué no los jugadores. Yo hablé con varios miembros de la comisión que me hicieron el honor de consultarme, y todos coincidíamos en que era imposible. Porque uno dice, pongamos los jugadores de Peñarol de Maracaná, Máspoli, Schiaffino y Míguez. Y otro dice ¿Los de la Libertadores no corre nadie? Ni Spencer, ni el Tito... Otro dice, vamos a los grandes centrohalf, los Harley, los Fernández, los Gestido. ¡Y queda afuera Morena, el más grande goleador de la historia! Y así sucesivamente. Es decir, que se hace casi imposible tener un criterio equilibrado”. El argumento es el siguiente: son tantos los jugadores gloriosos, que es imposible elegir; siempre quedarán unos cuantos afuera. Es como si alguien dijera: “Son tantas las deudas que tengo, que no pago ninguna. Son tantos los cuadros de pintores que me gustaría tener, que tengo las paredes peladas. Son tantos los libros que debería leer, que no leo nunca”. Tal es el “criterio equilibrado”: en vez de alentar a los jugadores y a la hinchada con los nombres de nuestros héroes, los grandes atletas que jamás dieron por perdido un partido hasta el pitazo final, se homenajea a los hombres sentados en los escritorios, aunque se hubiesen esguinzado y rodado por el campo a la hora de patear una pelota. Me debería reventar decirlo, pero no hay por qué temerle a la verdad: ¡Qué bien que hizo Nacional al bautizar sus tribunas con los nombres de Scarone, Atilio García y Abdón Porte, aquel que se suicidó una tarde en el sitio de sus glorias. El cuarto nombre fue para no sé qué dirigente, cuando deberían haber homenajeado a Victorino, De la Peña o Seré. Por lo menos metieron tres de cuatro, ¿pero nosotros? ¡Qué papelón! ¿Y para colmo, creo que por voto de la hinchada, le encajamos al estadio el nombre “Campeón del Siglo”? ¿Pero no dice nuestro lema “Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera”? ¿A quién se le ocurre encorsetar la eternidad de Peñarol en unos cuántos años? ¿Ya resignaron el siglo XXI, y el XXII? ¿Sólo fuimos gloriosos durante el siglo XX? ¿Para cuánto tiempo fue pensado este estadio?
Nada de esto tiene sentido, o tiene un sentido nefasto, pero aún queda analizar una última argumentación a favor de esta decisión suicida para cualquier cuadro que pretenda seguir un camino de gloria: “Ese fue el criterio institucional, que es el que siguen los países. Por algo se pone Artigas, Rivera y Lavalleja, se ponen los líderes. Los que condujeron, que establecieron el rumbo, los que pusieron las condiciones para la existencia y el desarrollo de una nación”. Al presidente honorario se le escapa el detalle que los países son regidos con la misma lógica utilizada por los dirigentes que no homenajean a los trabajadores y los artistas, sino a los dirigentes. Fueron los dirigentes de Uruguay quienes le pusieron a todo los nombres de Artigas, Rivera y Lavalleja. Cuando Inglaterra y Brasil decretaron el nacimiento de Uruguay en 1828, según innumerables testimonios (y no hay uno sólo en contra) nadie recordaba de buen modo a Artigas y mucho menos pretendía homenajearlo. Ninguna calle se llamó Artigas, ni plaza, ni nada en absoluto. Era de muy mal gusto mencionarlo. Es recién en el período del militarismo que un lobby de intelectuales resuelve, con la anuencia del Estado, que el héroe a adorar por la masa sea Artigas, y a partir de ahí se pintaron cuadros, se hicieron canciones grandilocuentes, se elaboraron himnos, se construyeron estatuas horrendas, se bautizaron calles y plazas y se decretaron feriados para que se venerara a uno que no reconocía al Río de la Plata como frontera, pues esa veneración “se perpetuará con el tiempo a pesar de cualquier obstáculo”, como declaró Carlos de Castro, Ministro del dictador Santos y Gran Maestre de la Masonería, al justificar la persecución de quienes no se plegaran al culto que los dirigentes pretendían establecer. Ni Artigas, ni Rivera, ni Lavalleja “pusieron las condiciones para la existencia y el desarrollo de una nación”. Esas condiciones las impusieron Pedro I y Lord Ponsonby, y significaron la derrota de Artigas y Lavalleja (dejemos al astuto Rivera por fuera de este lío).
Así que la lógica “lo que hacen los dirigentes del cuadro es lo mismo que hicieron los dirigentes del país”, dicho por un presidente honorario de un cuadro que fue dos veces presidente del país, sería equivalente a decir frente a una buena ensalada “habida cuenta que estas verduras fueron regadas con pesticidas y fungicidas, en vez de sal y aceite rociémoslas con un poco de arsénico y estricnina”.
Las palabras se comportan de manera curiosa e independiente de nuestra voluntad. Podremos bautizar una cosa con un nombre arbitrario, pero el tiempo, como si la cosa reclamara su nombre, restablecerá la relación natural. El nombre de las tribunas fue impuesto a contrapelo de la hinchada e incluso, en una operación de muy mal gusto, por seis votos contra cuatro en el Consejo Directivo (el consenso no es un criterio de recibo allí adentro). Veremos si logran perpetuar en el tiempo esa tergiversación de la Historia, esa falta de respeto a quienes hicieron la gloria aurinegra. En cuanto al nombre del estadio, si el tiempo glorioso de Peñarol es cosa del pasado, los carboneros, con cada derrota, nos empecinaremos en llamarle “Campeón del siglo”.
Ojalá que ese nombre ignominioso sea sepultado por futuras glorias.