domingo, 14 de febrero de 2016

Reivindicación de la inteligencia humana


Por Fernando Gutiérrez Almeira



Tomé un lápiz y un papel y comencé a desarrollar sobre el papel un recorrido, algo que podríamos llamar un patrón o diseño. El resultado fue el que se puede ver en el dibujo con que acompaño este texto. Ahora mi pregunta es: Si un observador que no sabe el origen de este dibujo sobre el papel se enfrenta a la necesidad de determinar si se trata del producto de una actividad inteligente o no, ¿qué diría? Si considerase que los materiales implicados en el proceso son el producto de un diseño técnico desde el arranque ya le resultaría fácil decir que se trata de una producción inteligente aún sin considerar las características del dibujo así que supongamos que el observador no puede utilizar como elemento de prueba la modificación técnica que los materiales presentan. Limitándose puramente a la consideración del dibujo debería tener en cuenta, a su vez, que en la naturaleza se presentan muchos patrones complejos, que aunque no puedan ser considerados diseños inteligentes, en el sentido de ser patrones producidos por una inteligencia, si tienen características muy similares a muchas de las cosas que nosotros mismos diseñamos de manera inteligente, por ejemplo los caparazones de muchos moluscos, las formaciones cristalinas, las estructuras de carácter geométrico en el cuerpo de los seres vivos, etc. Así que se preguntará, nuestro observador, si el patrón que ve sobre el papel puede ser el producto de un proceso natural no inteligente. Ahora bien, si fuera yo el que tuviera que responder bajo esas condiciones, diría que cualquiera de las dos respuestas resultan válidas, es decir, que bien pudiera ser un patrón producido por un proceso natural no inteligente, como lo es el patrón que podemos ver en el caparazón de la tortuga radiada de Madagascar.





 Lo que acabo de decir puede parecer una afirmación más al pasar, sin la menor trascendencia, pero resulta que lo que acabo de decir es que no veo posible, en lo fundamental distinguir la actividad inteligente de la actividad no inteligente en la producción de patrones…y que no parece haber un criterio claro por ningún lado para distinguir diseños inteligentes de patrones naturales. Esto bien podría servir como argumento para aquellos que consideran que la naturaleza es un producto de una inteligencia cósmica de fondo, de una conciencia de fondo, pero yo prefiero decir, por el contrario, que lo que permite afirmar este hecho tan simple de constatar es que la inteligencia es un proceso natural como cualquier otro, y que la producción de diseños por una inteligencia no es un fenómeno radicalmente distinto de la producción de patrones por parte de fenómenos naturales. Porque en realidad para llegar a esta situación tan intrigante en nuestra disquisición hemos obviado que mi dibujo se desarrolló sobre materiales modificados técnicamente, y que si el observador tuviera en cuenta esto, podría decir con mayor seguridad que el dibujo y la hoja que lo contiene son el producto de una inteligencia, están diseñados inteligentemente. Así que ahora tenemos una conclusión más amplia que asumir. Por un lado podemos asumir que hay una profunda continuidad entre la inteligencia con sus diseños y la producción natural de patrones, y por el otro también podemos decir que la ruptura que nos permite distinguir el diseño inteligente de la producción no inteligente de patrones es la presencia de la modificación técnica. Pero, ¿qué es la modificación técnica? Bueno, supongamos que el observador realiza un análisis químico del papel sin saber en principio que se trata de papel y que también analiza el rastro del lápiz. Lo que debe descubrir es que en los materiales, y en la forma en que se presentan los materiales ha intervenido un ser vivo, pues eso es, en principio, la técnica: la intervención de un ser vivo sobre sustancias u objetos a fin de utilizarlos para sus fines. Si nos quedáramos en este punto, podríamos decir que el observador se encontraría plenamente satisfecho y seguro de haber encontrado inteligencia en mi dibujo al descubrir en el la presencia de la intervención intencional de un ser vivo en la formación de los materiales además de la presencia de patrones complejos en el dibujo, que por lo tanto podría catalogarlo de dibujo. Sin embargo, aún le quedaría una duda, pues es cierto también que muchos animales a los que no consideramos inteligentes producen patrones complejos modificando intencionalmente objetos y sustancias y para ejemplo alcanza con recordar el nido del hornero…


Se me puede decir a esta altura que una actitud realista por parte de nuestro observador hipotético le podría permitir rápidamente después de los análisis químicos, estructurales y demás, de mi papel con su dibujo, concluir sin lugar a dudas que se trata de un diseño inteligente. Pero veamos el asunto desde otro punto de vista. ¿Qué pasaría si dicho observador tuviera que determinar si el nido del hornero es el producto de una inteligencia o no lo es? Se encontraría con que no solo hay en él un patrón complejo sino una intervención intencional y muy utilitaria para la obtención de un objeto, de un instrumento, a partir de sustancias modificadas. Si para el la técnica se redujera a esta clase de intervención no podría menos que decir que los horneros son seres inteligentes. Y de nuevo aquí me permito decir que no solo nuestra inteligencia presenta una profunda identidad de fondo con las características de cualquier proceso natural no inteligente, sino que tiene incluso una tremenda hermandad con la actividad mental de seres vivos como el hornero a los cuales no consideramos, sin embargo, inteligentes. Podríamos decir, para cerrar el caso, que los horneros tienen algún grado de inteligencia, y no parece que se puedan dar grandes objeciones al respecto, pero prefiero decir, en cambio, que nuestra inteligencia no se distingue mucho, en principio, de la actividad mental de muchos otros seres vivos. Así pues, queda pendiente tratar de determinar si aún queda alguna manera de averiguar por parte de nuestro observador hipotético si mi dibujo no será en realidad la producción de un ser vivo no inteligente pero que puede realizar acciones muy similares a las acciones técnicas. En realidad, aunque a esta altura pareciera que finalmente voy a decir que no hay manera en que dicho observador puede acertar sobre si mi dibujo es o no un diseño inteligente, un dato fundamental que le permitirá definir que es así es justamente el análisis químico del rastro del lápiz y del papel, pues este no solo permite determinar la presencia de la intervención de un ser vivo en su constitución sino algo mucho más importante y es que ese ser vivo es capaz de realizar modificaciones químicas controladas a partir del CONTROL DE LA ENERGÍA. En ese sentido la forma más simple en que se podría constatar la presencia de inteligencia en cualquier parte es a través de rastros de alimentos cocidos, pues el control del fuego para cocinar debe ser, pienso, la más simple forma de expresión de la inteligencia bajo ese criterio.


Otro dato fundamental, que también podemos agregar como criterio del observador para determinar la naturaleza intelectual de mi dibujo, es el hecho de que el rastro del lápiz exhibe la presencia del uso de un instrumento para crearlo, es decir, que no se trata de un mero patrón realizado por un ser vivo sino de un patrón realizado por un ser vivo mediante un instrumento, o bien, un PATRÓN INSTRUMENTAL. Así por ejemplo el nido del hornero es, sin lugar a dudas, un patrón realizado por un ser vivo, pero en la creación del mismo no interviene un instrumento destinado a desarrollarlo, y recíprocamente, si se consideran los instrumentos de piedra creados por el ser humano primitivo, incluso por nuestro antecesor el homo erectus, se puede constatar que para su creación debieron usarse otros instrumentos de piedra, aunque más no sea las propias piedras sin modificar. Esto quiere decir que debemos considerar que un diseño inteligente es un patrón instrumental, es decir, generado mediante instrumentos.


Pero no es casual que haya mencionado al homo erectus porque si bien fue capaz de controlar el fuego y producir herramientas de piedra, no necesariamente podemos decir que se trató de un ser realmente inteligente, sino de una manera apenas incipiente, con una especie de proto-inteligencia. En todo caso, el que poseyera estas capacidades, la capacidad de utilizar instrumentos y de controlar la energía, ya lo perfilaba en dirección a la vida inteligente de la cual somos representantes y eso nos permite decir que no hay una clara delimitación a este nivel de análisis y de prueba entre vida inteligente y vida no inteligente y que aún podríamos esperar que el observador pensase que bajo estas condiciones se podria dudar de la naturaleza inteligente de mi dibujo. Por lo tanto, hagamos un último esfuerzo para dar a nuestro observador un criterio definitivo que le permita determinar claramente que esta ante un diseño inteligente. Para ello consideremos la función misma del papel y del lápiz, la funcionalidad de ambos instrumentos en su combinación: ¿para qué los utilizamos? Lo primero que se nos viene a la mente, pienso yo, es que los utilizamos para representar, porque nos vemos tentados a pensar, en principio, que mi dibujo y cualquier diseño que planteemos con el lápiz sobre el papel terminan siendo una representación. Pero en realidad yo expresamente evité desarrollar un dibujo que se pudiera tomar como una representación, es decir, como un intento de recrear la forma de un objeto preexistente como podría ser el sol o un árbol o una persona. No se trata de una escritura, ni de una representación, sino de lo que podriamos llamar DISEÑO EXPRESIVO. La primera forma de DISEÑO EXPRESIVO prehistórica que se conoce es la impresión de la huella de las manos y pienso que es la más elemental, atreviéndome a decir que es el indicio claro de que surgían finalmente en nuestro planeta los seres inteligentes.


 Dejemos bien claro que el DISEÑO EXPRESIVO exige por un lado que exista DISEÑO INTELIGENTE, MANEJO DE INSTRUMENTOS y CONTROL DE LA ENERGÍA, y por el otro que debe distinguirse de los procesos de representación o de producción de signos para la comunicación. El diseño expresivo (que tal vez podríamos considerar la forma más elemental del arte) es un indicio de inteligencia en la producción técnica y no podemos decir, pienso yo, que hay con seguridad técnica hasta no encontrar el diseño expresivo entre las modificaciones intencionales que produce un ser vivo al crear diseños. Bajo esta definición mi dibujo se vuelve fehacientemente el producto de una inteligencia que abarca necesariamente estos tres atributos: la capacidad de utilizar instrumentos, la capacidad de controlar la energía y la capacidad de expresarse mediante diseños. En mi dibujo, en cambio, no hay representación ni significación, por lo cual puedo decir que el lenguaje es una producción ulterior de la inteligencia y no lo que la define como tal. Con esto último quiero responder a la continua afirmación que muchos realizan en el sentido de que lo que define a la inteligencia humana es la producción de representaciones y signos, o la existencia de un lenguaje. Esto no es cierto, pues, así como la impresión de manos de los seres humanos antiguos no es más que el acto de plasmar la forma por si misma, en cuanto diseño expresivo y técnica que no representa nada ni significa nada, así también podemos producir inteligentemente infinidad de diseños a cual más sofisticado que tampoco representan ni significan nada, como ocurre con la mayoría de los diseños geométricos…


Es importante entender esto último porque es costumbre entre los amantes del lenguaje pretender que el pensamiento y la inteligencia se reducen a meras adyacencias del habla y la escritura, o bien, que la conceptualización y producción técnica humanas no son más que una derivación de las capacidades de representar y significar. Al contrario, afirmo basándome en toda la argumentación que he desarrollado, que el habla articulada técnicamente (la técnica del habla) y la técnica de la escritura, son desarrollos posteriores de la capacidad técnica de nuestra inteligencia aplicadas a la comunicación social. Es decir, el lenguaje humano es una producción técnica, tanto a nivel del habla como a nivel de la escritura, mientras que el pensamiento existe ya en la forma en que yo he realizado mi dibujo no representacional y no sígnico, es decir, en la forma del despliegue del diseño expresivo y la técnica. Con lo cual estoy diciendo que pensar es diseñar técnicamente en nuestra mente lo que luego diseñaremos en concreto utilizando los objetos y sustancias que nos rodean y así como podemos pensar palabras, con lo cual estamos de algún modo realizando una anticipación mental interna del habla y de la escritura, así también podemos pensar acciones, movimientos, formas, colores, combinaciones de objetos y de sustancias, y así infinitamente, no existiendo frontera entre pensamiento verbal y no verbal. Incluso, diré, el pensamiento no necesariamente se presenta como una anticipación de la acción técnica posterior, sino que puede darse mientras actuamos, como cuando un bailarín realiza una danza compleja o un músico toca una impactante sinfonía. ¿Diremos acaso que el pianista que despliega durante una hora una magistral técnica musical no está pensando mientras se concentra en su partitura, en el uso de su instrumento, etc.? De ningún modo, porque la música desde el punto de vista del artista que la produce también es una forma del pensamiento, de la aplicación de la inteligencia a la producción conceptual, y sin duda de las más sofisticadas.



En fin, que el lenguaje articulado y la escritura sean técnicas privilegiadas con las que logramos captar el mundo, permitiéndonos desarrollar el conocimiento filosófico y científico, no quiere decir que debamos creer que el pensamiento y la inteligencia solo son derivaciones del dominio del lenguaje. Esto, además de falso, va en detrimento de nuestra comprensión de la naturaleza misma de nuestra inteligencia y de su ligazón profunda con los procesos naturales y las conductas de los demás seres vivos y nuestros antepasados biológicos. Pero no solo eso, sino que es un síntoma de que quienes han mantenido el dominio de la cultura mediante el dominio del lenguaje, y sobre todo de la escritura y de la producción escrita, se han puesto a si mismos en el centro de lo humano, llamándose a sí mismos inteligentes y civilizados, mientras menospreciaban a todos los pueblos que no han podido detentar ese dominio. La reducción del pensamiento al lenguaje conlleva la reivindicación del sometimiento mediante la imposición de las representaciones, las palabras y los símbolos, es decir, está asociada al ejercicio de la hegemonía cultural.

sábado, 13 de febrero de 2016

Tan integrados como inocentes

Por Andrés Núñez Leites


Rock and roll*
Allá por 2005 acepto la invitación de unos amigos para ir a Durazno, donde la intendencia local organizaba un "Pilsen Rock", como se denominaba a una serie de conciertos que transcurrían en las afueras de la ciudad a lo largo de unos pocos días, de manera casi continua. La denominación del recital me resultaba poco agradable, porque mezclaba la marca de una cerveza con el rock y si bien yo no pertenecía a ninguna tribu adolescente vinculada a dicha música, conservaba algunos recuerdos de los años 1990, en que la falta de auspicio económico y el rechazo al orden neoliberal habían llevado al mismo tiempo a una escasa difusión pública y a una mayor búsqueda experimental dentro de las diversas corrientes musicales de esa cosa que mezclaba lo europeo, afroamericano y en nuestro caso rioplatense. Voy directo a mi sensación previa: todo hacía prever que ese acto de masas sería la celebración ritual de la domesticación definitiva del rock.

Pero un argumento me convenció: acababa de ganar el Frente Amplio las elecciones y el espíritu de la población estaba en alto. Así lo comprobé: en medio de la masa de miles de chicos había banderas del MPP (brazo político populista de la ex-guerrilla) y del Partido Comunista. La gente era feliz. Acababa una década de neoliberalismo, represión y hambre y todo hacía pensar en un florecimiento de las energías sociales más constructivas. El ambiente era sobrecogedor. Pocas semanas antes había vivido algo similar en las canteras del Parque Rodó en Montevideo, cuando se celebrara, también con conciertos musicales, el último acto en favor de la consagración constitucional del acceso y el control social del agua como derecho humano, que conjugaba a la izquierda y a los sectores más moderados de la derecha nacionalista. A corto plazo los gobernantes se encargarían de dar vuelta una a una las expectativas, y los deseos de cambio social darían lugar a la satisfacción del consumo, la democracia a la demagogia y el pensamiento crítico a la idolatría de los líderes icónicos de la izquierda. Vuelvo a mi decisión: acepté porque deseaba embriagarme en esa euforia colectiva, en el sentimiento oceánico de una muchedumbre que encontraba sentido a su existencia, aunque yo no creyera.

Un hecho llamó mi atención y me provocó un total extrañamiento respecto de mi entorno. A la noche del primer día, la popular banda "No te va Gustar", antes de colocar todos sus integrantes sobre el escenario, envía sólo a los vientos; no recuerdo exactamente si dos trompetas o una trompeta y un saxo, para ejecutar las notas de la Introducción y Coro del Himno Nacional. Tal vez diez años atrás el resultado hubiera sido una lluvia de escupitajos, monedas e insultos, pero en aquél entonces el resultado fue la armónica entonación de la letra del Himno. La gente estaba emocionada. ¿Qué representaba aquella situación? Por lo menos tres cosas: un cambio generacional, un cambio ideológico y una necesidad de integración. De la generación de los 1960s que quería cambiar al mundo asaltando el gobierno con las armas y/o con los votos y la generación de los 1980s que había retomado tardíamente el punk rock y acusaba los resultados psíquicos del maltrato masivo del terrorismo de Estado de la dictadura cívico-militar, pasábamos a una generación que deseaba, antes que nada, la integración, que no se planteaba la transformación del statu quo sino su integración al mismo. En realidad la osbservación es un poco injusta y conviene matizarla. No se puede generalizar tanto. Muchas veces, como en este caso, cuando decimos "generación" nos referimos apenas a los artistas que sobresalen, a los músicos, escritores, e incluso líderes sociales y políticos y luego extendemos las conclusiones a la población en general, pero convengamos al menos, haciendo esa salvedad, que el arraigo de dichos elementos sobresalientes sólo es posible cuando hay una "base social" acorde. Dicho acontecimiento también podría significar una mutación ideológica de la izquierda, su pasaje al pragmatismo liberal, al "ésto es lo que hay", a la moderación de lo posible. Algo similar había ocurrido hacía poco tiempo cuando al desfilar los militares por Avenida Libertador en Montevideo, en ocasión de la asunción del primero gobierno del Frente Amplio, el público mayormente izquierdista había cantado junto a ellos, emocionado, la "Marcha Mi Bandera", que proclama el amor simple y directo, la sumisión acrítica a los símbolos patrióticos y la intención de guerrerar y morir por ellos, más allá de cualquier proyecto político subyacente. Ese deseo de integración no es casual: uno de los efectos subjetivos buscados y logrados por la reciente dictadura de derecha había sido trazar una línea entre los "subversivos" o "sediciosos" y sus cómplices, de un lado, es decir, la gente de izquierda, y los "orientales" o "uruguayos bien nacidos", es decir, los acólitos del régimen cívico-militar, del otro lado. Los izquierdistas fueron acusados y públicamente expuestos durante más de una década por su filiación internacionalista, por su vinculación simbólica con proyectos mundiales relacionados con la Unión Soviética y Cuba. Lo sabemos quienes hemos vivido en pueblos chicos: no hay mayor necesidad para el paria del lugar que ser aceptado como uno más.

En el plano artístico, la sucesión de los "Pilsen Rock" pero también las políticas de auspicio estatal a la música en general, significaron efectivamente la total domesticación del género. Ésto, que es paralelo a la "conversión" de los artistas en general, los intelectuales, activistas sociales y políticos al progresismo neoliberal, tiene muchas variables explicativas, entre ellas, las tres que enuncio en el párrafo anterior, pero en todo caso, podría resumirse en la idea de derrota y aceptación del orden hegemónico. Había cundido una convicción conceptual y emocional: se podía cambiar, pero no mucho.



*Imagen: LicenciaAtribuciónCompartir bajo la misma licencia Algunos derechos reservados por Rik Goldman

martes, 9 de febrero de 2016

Zabalza, los canallas y el tupamplismo

Por Ricardo Viscardi
Desde el poema de Cardenal que le sirve de acápite, queda claro que La experiencia tupamara1 se escribió contra algunos, aclaración útil sólo para aquel lector que no hubiera accedido a la significativa difusión mediática que alcanzó el título.2 Esta expresa destinación a personas no disminuye en nada ni la enjundia ni el alcance de la obra. Ya cunde como lugar común que “siempre se escribe pensando en alguien”. Esa personalización de la destinación ha alcanzado rango de criterio en razón del ascenso explicativo de la percepción discursiva de la inteligencia. No se trata de la mera imputación intencional, sino de "la construcción del otro” que habilita la destinación política. No todo discurso se constituye a partir de un yo subjetivo contrapuesto a otro, puesto que el discurso científico no lo necesita y la ficción inscribe la verdad de todo otro en el propio sentido enunciado. Más allá de esas inscripciones genéricas, ningún discurso subsiste sin requerir virtualmente, en menor o mayor grado, la intervención de esas distintas posibilidades enunciativas.

La riqueza del relato de Zabalza integra entre sí no sólo esas distintas vertientes del discurso, sino que las incorpora ante todo a un relato que trasciende tanto la crónica como el ensayo, al tiempo que incursiona incluso por la senda del testimonio. Esa preeminencia del relato sobre la indagación (que por estos lares se suele denominar “investigación”), coloca la experiencia a que refiere el título bajo la férula de una primera persona, que incluye la imputación del otro, pero no la desliga del planteo crítico de sí misma.

Por momentos pareciera que esa lectura en clave de decisión propia exime a aquellos mismos que somete al escarnio histórico. Surge cierta oscilación entre distintos pasajes e incluso capítulos del libro, donde se presenta a los imputados bajo una luz explicativa que suaviza la acusación, mientras en otros -particularmente en el desenlace del proceso político, se los descalifica ante un rasero moral.3 Un efecto -o defecto- de traducción puede explicar esa diferencia. La edición en español del libro de Derrida Voyous4 traduce el mismo título por Canallas. Voyous debiera, ante todo, ser traducido por “malandros”. El propio Derrida al referirse a su adolescencia en Argel, califica al grupo de amigos que integraba como voyous. Difícilmente alguien pueda colocar su propia adolescencia y las picardías de un grupo de chicos de liceo bajo el calificativo de “canallas”. El término “canalla” encierra un calificativo moral que en el caso de “malandros” se diluye bajo la mera imputación de una conducta indebida.

La diferencia entre “canalla” y “malandro” no es menor con relación al contenido del libro Voyous. Los “nominados” a la indignidad no son, como en el caso de La experiencia tupamara un presidente funambulesco y un ministro vituperado, sino los protagonistas de la 2a. Guerra del Golfo: Sadam Hussein y George Bush. El lector se preguntará en este punto porqué semejantes personajes merecerían -más allá del socorro que le solicitó Tabaré Vázquez al segundo- el epíteto más tenue de “malandros”, antes que el calificativo cargado de condena moral de “canallas”. La razón de tal disminución de la carga de epíteto estriba en que para Derrida la imputación se dirige ante todo a la razón moderna y a su eficacia tecnológica. Tal como un delincuente prospera en un ambiente social que desvía su conducta, estos “malandros” son meros efectos singulares de un despliegue de la criminalidad intelectual. El afán de Derrida consiste en esa obra, según sus propia palabras, en “salvar el honor de la razón”.5

El dispositivo explicativo que pone en obra Zabalza en La experiencia tupamara procede en el sentido contrario a una imputación de la racionalidad involucrada en el proceso social. Por esa misma razón debe incluir a sus malandros/canallas en una desviación ocasional y superable de un único proceso histórico (siempre y cuando “historia” se entienda aquí como “relato”, como no puede ni debiera ser de otra forma). En cuanto Zabalza incluye el proceso que relata en una condición que merece una única lectura, no puede dejar de presentar a sus imputados sino como malandros de poca monta. Alternativamente, en cuanto incluye a esos mismos imputados en una actualidad vigente, no puede dejar de describirlos como canallas que traicionan la memoria de los compañeros heroicamente caídos.

La razón de la oscilación que manifiesta la imputación que dirige Zabalza a Mujica, a Eleuterio Fernández y al grupo que los rodeó en el gobierno y ahora en el MPP, proviene de que el mismo autor defiende la índole indivisible de la etapa de “revolución socialista de liberación nacional”.6 Al oponerse, al igual que los trotskistas en su momento, a la división de la etapa revolucionaria que provino de la doctrina estalinista de “construcción del socialismo en un sólo país”, se opone asimismo a la división entre la construcción del socialismo por un lado y la progresión democrática burguesa por el otro, tal como lo predicaban los partidos comunistas bajo la férula de la Unión Soviética. 

La oscilación primigenia que afecta a la figura de los principales imputados y su banda colateral, proviene por lo tanto del substancialismo del planteo, en cuanto la presentación de la sociedad requiere una “caracterización” que personifique un rostro de etapa: es decir de sentido  divisado desde un punto de vista. Como el proceso no puede ser unívoco sin caer en el “mecanicismo”, debe ser contradictorio per se, como es en sí mismo contradictorio, nadie está a salvo de los avatares y desviaciones, ni Zabalza ni sus malandros/canallas. La oscilación que afecta al lugar de los imputados corresponde a una inestabilidad que fatalmente aqueja a la reflexión, cuando se la debe suponer al mismo tiempo partícipe y distante de una substancia (social en este caso), incluso y sobre todo cuando tal substancialismo pretende darse aires dialécticos predicando la “complejidad de la realidad”, tal como era de uso en el marxismo soviético-uruguayo.

El libro de Zabalza prescinde de tomar a cargo la situación teórica actual del marxismo, en particular, su pasaje de vector político-ideológico a literatura conceptualmente estimulante, tal como sucedía en los años 50/60 con la tradición anarquista. Sin duda todas estas tradiciones integran el acerbo de la posibilidad crítica, pero desde el punto de vista conceptual, es necesario registrar que la noción de ciencia (¿qué sería un marxismo no científico?) ha abandonado la posición rectora en el plano de la teoría, incluso y en particular, por su actual subordinación a la tecnología. En un mundo determinado por los artefactos protéticos que nosotros mismos construimos, la cuestión del accidente y el avatar que generamos con nuestras decisiones, adquiere mayor gravitación que una supuesta “necesidad objetiva” de la naturaleza o la sociedad. De ahí que la teoría se ocupe, por ejemplo en Agamben, bastante más de la oscuridad que de la claridad.7

Esta anotación crítica respecto al texto de Jorge no apunta a descalificarlo, sino ante todo a dar cuenta de una dificultad que presenta en su articulación explicativa central, adjudicada al modelo político batllista. Este modelo que se califica en el libro como “amortiguador”, no sólo provee el fundamento del surgimiento del MLN Tupamaros con un sesgo “hereje” (contraponiéndose, como se sabe, a las recomendaciones del propio Che Guevara para el Uruguay), sino que provee el contexto subyacente a la explicación que se propone de la derrota de la guerrilla (su distancia respecto a su retaguardia y la imposibilidad de percibirse a sí misma como retaguardia de la insurrección), e incluso provee la inspiración política que una nueva propuesta amortigudora (el “modelo neoliberal con asistencialismo social”).

El modelo político “amortiguador” del batllismo no se presenta, sin embargo, como efecto de una articulación constitutiva y cristalizada, sino por contraposición a un “auténtico conflicto de clases”, que habría sido hábilmente camuflado inicialmente por su fundador y luego por su sobrino y sucesor histórico, Luis Batlle Berres.8 Toda la entidad que se le atribuye al modelo político batllista consiste en su capacidad para ocultar la dominación capitalista y para derivar dos coyunturas económicas internacionales, en provecho de una institucionalidad que mistificaba esa misma dominación de clase.

El substancialismo explicativo que antepone al análisis particularizado el esquema conceptual de una sociedad regida por la “lucha de clases”, convierte al “modelo batllista” en un artilugio pergeñado desde una cúspide institucional. La propia pervivencia que anota el texto del modelo “amortiguador”, en particular en un contexto donde el conjunto de los partidos al presente reivindican cierto post-batllismo, debiera llamar a mayor cautela crítica. Si la sensibilidad batllista de la sociedad uruguaya ha sido más longeva que el influjo soviético y marxista, habría que preguntarse qué elementos característicos, ya no de la experiencia tupamara, sino en particular de la experiencia uruguaya como tal -es decir de 1830 al presente-, han influido para configurar esa permanencia, sobre todo si se la considera al día de hoy mera impregnación histórica.

Llevado por una pulsión explicativa que proviene de un dispositivo epistémico esquemático, Zabalza debe justificar las características del tránsito hacia el socialismo en el Uruguay en determinada labilidad política del batllismo. De ahí} que trate como un modelo de dominación política lo que proveyó ante todo un modelo de sociedad, que no en vano denominamos “sociedad batllista”. Esa “sociedad batllista” no es otra cosa que la cristalización de la modernidad uruguaya, iniciada por el propio militarismo del último cuarto del siglo XIX, que en particular, combatió -incluso con las armas en la mano- el propio José Batlle y Ordóñez. El mismo fue a su vez combatido dentro de su partido, por una derecha conservadora y recalcitrante, así como debió incorporar reivindicaciones, en particular relativas a los derechos políticos, por las que lucharon sus adversarios nacionalistas.9 Esta construcción se asienta a su vez en el país “ponsombiano” al que alude el propio Zabalza en el libro, siempre en equilibrio inestable entre poderosos vecinos, sujeto ante todo a su propia paz institucional interna, generando un pactismo interpartidario que derivó en un “sistema político de fracciones” -como lo subrayara Sartori. Todas esta anotaciones y muchas otras que podrían agregarse, no sólo intervienen en la configuración de la sociedad batllista, sino que explican determinados aspectos del proceso del MLN-T tanto en sus éxitos como en sus fracasos, como conviene abordarlo más adelante.

Llegados a este punto, el lector podría preguntarse si no alabamos el libro para cuestionarlo después más acerbamente. Es preciso entonces señalar porqué le dedicamos este análisis.

En primer lugar, más allá del desprestigio que acarreó para el MPP la política en derechos humanos y la retrógrada redistribución del ingreso que primaron bajo la presidencia de Mujica, la presentación de La experiencia tupamara culmina cierto proceso de manifestaciones contra el sector de Mujica que proviene de la propia colectividad histórica tupamara, en particular una declaración contra el monumento de “reconciliación” entre “ex-combatientes” -subterfugio propiciado por el propio Mujica. La participación en la presentación del libro en cuestión de Samuel Blixen, Daniel Viglietti y Miguel Angel Olivera, además de una significativa concurrencia de cientos de personas, estamparon con claridad que la asimilación del gobierno de Mujica a una expresión global de “ex-tupamaros” fue ante todo una operación mediática que benefició particularmente a la derecha y a los propios involucrados.10

En segundo lugar, el libro contribuye con dos elementos claves para elaborar un nexo conceptual atinado entre “la historia reciente” y el presente: establece de forma precisa y contundente que el pragmatismo teórico del MLN abrió el cauce a su militarismo pero también al oportunismo político que luego se manipuló, desde el MPP y el Frente Amplio, para elaborar una tergiversación política y mediática. Ese inmediatismo del planteo teórico sirvió asimismo, según consta repetidamente en el mismo libro, como fundamento de un aparatismo que tergiversó la significación de la acción política, en particular si se la entendía como expresión de una participación protagónica.

Conviene citar el pasaje porque significa (y desde siempre significó) el cruce del Rubicón teórico dentro del MLN-T:

La postergación del debate ideológico a partir del principio “la acción nos une”, y el verticalismo político, solamente sirvieron para mantener en estado de latencia las diferencias de concepción revolucionaria que coexistían en el MLN-T; ellas afloraron explosivamente con la derrota, en las cárceles y en el exilio, dando lugar a enfrentamientos muy crudos y nada f raternos. Esa postergación in aeternum es, asimismo, una de las causas que subyacen en la actual renuncia a los prinicipios revolucionarios por parte de los ex-guerrilleros que hoy gobiernan al Uruguay”.11

En tercer lugar es necesario defender esa latitud autocrítica del “tambero” tanto de algún cuestionamiento sesgado como de algún elogio desubicado. La crítica que se dirige al mismo libro desde La Diaria12 pretende que se trata de “un libro más sobre los tupamaros”, como si dijéramos “una película más de cow-boys”. Sería más perspicaz que la crítica se preocupara por saber porqué la cuestión del MLN-T sigue ocupando la parte del león de las publicaciones. Sería algo así como preguntarse porqué siguen haciéndose films yankees sobre la mafia o libros franceses sobre “La Révolution Française». Mal que les pese a los que quisieran que el presente uruguayo tomara como punto de partida 1983, pareciera que el público presenta una sugestiva predilección por lo que pasó un poco antes -pese, hay que concederlo, a la espantosa calidad y muchas veces peor intención, de gran parte de los libros “sobre tupamaros”.

Por otro lado, el elogio que le dirige Néstor Kohan en la propia introducción se equivocó de país. Es cierto que nos separa de la Argentina un “charco”, pero sólo geográficamente. El desarrollo del pensamiento contemporáneo que han conocido nuestros vecinos, en particular en el núcleo intelectual bonaerense, está a las antípodas del contexto intelectual y académico uruguayo. Acá todo es “Ciencia y Tecnología” (al servicio del país “agrointeligente” de Mujica y en desmedro de la potabilidad del agua que tomamos), mientras el cuestionamiento foucaldiano del poder cunde por una vía silvestre, del que la academia apenas comienza a tomar nota como un “dato mediático”. Contrariamente a la inclinación cosmopolita del mundo porteño, más allá de cierta farándula, allí cunde -fuerza es reconocerlo- un prurito de actualización crítica. La sensibilidad uruguaya ha registrado el cuestionamiento de la modernidad como un peligro para sus estados de equilibrio institucional, ya que este país (Zabalza dixit), está constituído sobre una amortiguación del conflicto. Imagínense que se le anuncie el fin de la racionalidad moderna y de la regulación institucional!! Por momentos pareciera que Kohan no hubiera leído el libro, a no ser para justificar su dogmatismo maniqueo, en particular cuando la emprende contra “posmodernos y autonomistas”, mientras el propio Zabalza no hace sino reivindicar la autonomía militante de las bases (lamentando incluso que no hubiera podido entenderse así en los 60')!!13

Finalmente entiendo que al planteo de Jorge habilita algunas interrogantes a partir del concepto de “tupamplismo”. Contrariamente a la recepción inmediata del mismo, no se trata tan sólo de un mote dirigido a los impostores (¿malandros/canallas?), sino también de un significado, como lo hemos aclarado oportunamente. El concepto de “tupamplismo” se opone en particular, a la lectura del batllismo que hace Zabalza. No porque desde cierta post-fijación del “amplismo” se defienda un retorno al batllismo, o ni siquiera la posibilidad de un post-batllismo, sino sobre todo porque sin entender como esa nostalgia modernista y bienpensante de un “país ejemplar” limita nuestra idiosincracia, es imposible entender el proceso político desde la crisis del mismo modelo batllista.

En particular es imposible entender el mismo crecimiento y auge del MLN-T, como justamente lo señala Zabalza, en razón de la ofensiva derechista desatada por el pachequismo y cuando “la orga” no representaba más que un puñado de militantes (algo así como 200 a fines del 67').14 La insignificancia cuantitativa del MLN-T anula la verosimilitud de una continuidad entre la autodefensa de los sectores explotados y la acción directa preconizada por un planteo foquista. Para que una innovadora “propaganda armada negativa” (propalada por los mismos medios de prensa de la derecha) haya volcado a miles de militantes a las filas del MLN entre agosto de 1968 y fines de 1970, tiene que haber intervenido la reacción de una sensibilidad cargada de valores de democracia social -que permitían “decodificar” el mensaje de la rebelión a partir del mismo formato mediático de la dominación. El germen del tupamplismo estuvo, entonces, en la propia indignación desesperada que buscó en la lucha armada una respuesta a la agresión totalitaria de la sensibilidad uruguaya, condenada en el marco de la Guerra Fría entre bloques mundiales, es decir en una etapa totalitaria de la modernidad, a recluirse en el “Patio Trasero de EEUU”. Desechar la sensibilidad democrática de la sociedad batllista , el sentido de los derechos sociales y la dignidad pública -agredidos ante todo por el “coloradismo” de Pacheco, como elemento nutriente de la rebeldía que encabezaron los tupamaros en los 60', equivale a “arrojar el bebé con el agua sucia del baño”.

La reivindicación que hace Zabalza de Sendic parece plenamente justificada, sobre todo porque lejos de presentarlo como un “intelectual comprometido” o un “líder campesino”, subraya en la mayor parte de los pasajes que le dedica, la diferenciación que introduce “el Bebe” entre democracia social y democracia política. El punto culminante de esta trayectoria que es la mejor traducción tupamara (toda traducción se ejerce sobre una tradición) del “amplismo” batllista (una visión universal de la integración social), es el episodio que el libro relata como “la Noche Triste”.15 Esa marginación del fundador del grupo dentro del propio grupo, provino del papel protagónico que daba Sendic a los movimientos sociales, surgidos bajo la lucha antitotalitaria, en su planteo de “Frente Grande”. Empeñados en sobrevivir como aparato dentro de otro que veían como “la madre de todos los aparatos” (el sistema político) los tupamplistas ya desembozados decidieron integrarse al Frente Amplio.

Aunque el “tambero” asume su propia autocrítica por la “Noche Triste”, no toma a cargo la cuestión del ingreso al Frente Amplio, que fue la cuestión clave de ese período. Conviene recordar que la discusión sobre el Frente Amplio fue dada como tal por las bases del MLN-T en el 86', que la decisión de ingresar significó sacrificar la tradición tupamara en aras de la sobrevivencia política de (y en) un aparato, que Sendic hizo un planteo alternativo a través del “Frente Grande” y que algunos se retiraron del MLN-T por el ingreso al Frente Amplio (en algún caso, no porque significara “traicionar la lucha armada”, sino por el contrario, porque significaba traicionar la suma legada por las luchas de los 60' (las guerrillas) y de los 80' (los movimientos sociales).16 En aras de una sobrevivencia política formal imbuída ante todo de pragmatismo aparatista, los tupamplistas comenzaron, con el ingreso en el Frente Amplio, a tejer el aparato canallesco de “la fuerza que construyó el Pepe”.
En un reportaje que sigue a la presentación de La Experiencia Tupamara el periodista le pregunta a Jorge acerca del involucramiento, entre familiar y político, que significa su vínculo personal con Henry Engler.17 Jorge responde con soltura y debidamente a un pregunta pertinente ante un público masivo, pero ingenua para quien cuente con cierta experiencia política: no sólo diferencia el vínculo afectivo del político, sino que además señala sobre el plano personal, el apoyo que recibió de Engler en momentos de un difícil trance de salud. Sin embargo no presenta la misma transparencia la respuesta que da, en el mismo reportaje, a la cuestión de su vínculo con ex-tupamaros que formaron parte del gobierno de Mujica y posiblemente del actual de Vázquez. Señala que más allá de su condena acérrima a las actuaciones de Mujica y Eleuterio Fernández, también se reúne a veces para discutir, con otros ex-compañeros, que forman parte del grupo en torno a Mujica. Engler forma parte políticamente de ese conjunto imputado/escuchado por Zabalza.

La condición canallesca del tupamplismo no proviene del plano moral, ni del oportunismo institucional o el beneficio personal obtenido, como tampoco de haber abandonado una senda que otros transitaron heroicamente hasta la muerte (todas contingencias propias de la vida social y pública), sino de haber pretendido encarnar una continuidad coherente entre la lucha más allá de las instituciones -protagonizada en particular por una “admirable alarma” anti-totalitaria de cientos de miles- y el oportunismo mediático-electoral. No se trata de traidores morales, sino de canallas ideológicos. Jorge ha contribuido en mucho con este último libro suyo a aclararlo. El legado tupamaro de una lucha contra la dominación institucional, por sobre todo sistema normativo, aunque no forzosamente contra las normas, desplazará a los canallas desde el contragobierno.





1Zabalza, J. (2015) La experiencia tupamara. Pensando en futuras insurgencias, Jorge Zabalza, Montevideo, 251p.
2Presentación de La Experiencia Tupamara https://www.youtube.com/watch?v=Mhv9ULEXfLk
3El subtítulo “El error de Fernández Huidobro” (p.205) contrasta con otro apartado: “Mostraron la hilacha” (p.240)
4Derrida, J. (2003) Voyous, Galilée, Paris.
5Op.cit.p.171.
6Zabalza,Op.cit.p.150.
7Agamben, G. (2009) Qu'est-ce que le contemporain?, Vrin, Paris.
8Zabalza,Op,cit.pp.33 y sig.
9Real de Azúa, C. “El impulso y su freno”, p.3 http://es.scribd.com/doc/48901859/Real-de-Azua-El-impulso-y-su-freno#scribd
10Ver nota 2.
11Zabalza, Op.cit.pp.81-82.
12“Los buenos, los malos y la revolución”, La Diaria (24/12/15) http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/12/los-buenos-los-malos-y-la-revolucion/
13Zabalza,Op.cit.pp.101-102.
14Op.cit.pp.88-89.
15Op.cit.p.214.
16Viscardi, R. (1991) Después de la política, Juán Darién, Montevideo.
17Méndez, P. “Los mismos de siempre” Montevideo Portal (11/01/16) http://www.montevideo.com.uy/auc.aspx?296109,128

Drogas: prevención y libertad

Por Diego Estin Geymonat


¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargan ya de que el paso hacia la mayoría de edad, además de ser difícil, sea considerado peligrosos para la mayoría de los hombres (y entre ellos todo el bello sexo). Después de haber entontecido a sus animales domésticos, y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no pueda atreverse a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos. Lo cierto es que este peligro no es tan grande, pues ellos aprendería a caminar solo después de cuantas caídas: sin embargo, un ejemplo de tal naturaleza les asusta y, por lo general, les hace desistir de todo intento.


Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?, 1784

Un análisis de diversas investigaciones llevadas a cabo en la última década, en varias regiones del mundo, acerca de la eficacia de diferentes estrategias de prevención en usos problemáticos de drogas en la enseñanza media arroja resultados muy interesantes.[1]
Encontramos en ellos altos grados de coincidencia respecto a qué funciona y qué no a la hora de encarar la prevención en dicho tema. Centrarse en las sustancias, en los aspectos químicos y biológicos, resulta una casi segura receta para el fracaso. Las estrategias eficaces se basan en colocar en el centro a los sujetos y los vínculos que los sujetos establecen consigo mismos, entre sí, con el mundo que los rodea y (a veces marginalmente) con las sustancias. Deben ser abordajes contextualizados y dinámicos, donde los adolescentes tengan importantes espacios de participación. En contrapartida, resulta conveniente descartar la mera transmisión pasiva de información, en especial cuando está enfocada en las consecuancias negativas del consumo. Peor aún, a la hora de evaluar la eficacia de la prevención, es apelar al miedo y a la demonización de las sustancias; probablemente no haya nada que dé menos resultados positivos que un discurso alarmista (y simplificador) como “la droga mata” o “simplemente di no”.

Si nos detenemos a reflexionar sobre estas constataciones, podremos apreciar fácilmente no solo una oposición de discursos o de estrategias para abordar la prevención; lo que aquí vemos enfrentados son paradigmas sobre las drogas y nuestra relación con ellas -paradigmas que son la base, justamente, de dichas estrategias divergentes. Llamaremos “represivo” o “prohibicionista” a uno de ellos, y “vincular” a otro.[2]


El paradigma represivo y la crítica liberal

Es ya un lugar común la afirmación de que que la llamada “guerra contra las drogas” ha fracasado.[3] Esta política global, fuertemente impulsada por Estados Unidos a partir de la segunda mitad del siglo XX (con importantes antecedentes en décadas previas), no ha cumplido ninguno de sus objetivos. Como reseña el referido informe,
Los inmensos recursos destinados a la criminalización y a medidas represivas orientadas a los productores, traficantes y consumidores de drogas ilegales, han fracasado en reducir eficazmente la oferta o el consumo. Las aparentes victorias en eliminar una fuente o una organización de tráfico son negadas casi instantáneamente por la emergencia de otras fuentes y traficantes. Los esfuerzos represivos dirigidos a los consumidores impiden las medidas de salud pública para reducir el VIH/SIDA, las muertes por sobredosis, y otras consecuencias perjudiciales del uso de drogas. Los gastos gubernamentales en infructuosas estrategias de reducción de la oferta y en encarcelamiento reemplazan a las inversiones más costo-efectivas y basadas en la evidencia orientadas a la reducción de la demanda y de los daños. (p.2)
La guerra contra las drogas ha sido, quizás, la manifestación más acabada del paradigma represivo. En ella se aúnan el prohibicionismo moralizante, la criminalización de actividades que no entrañan per se perjuicio alguno para la sociedad, una opción decidida por la reducción de la oferta y una forma brutal de concebir la reducción de la demanda, y la fetichización de la sustancia. Analicemos y critiquemos suscintamente estos pilares conceptuales del paradigma en cuestión.



Publicidad de cocaína para el dolor de muelas 
en niños, Estados Unidos, 1885.

El fundamento de la prohibición entraña una determinada escala de valores. Se demonizan las sustancias prohibidas,[4] así como a aquellos que se ven involucrados en las más diversas actividades con estas, desde los narcos más poderosos (y así tenemos, por ejemplo, a un Pablo Escobar “Patrón del Mal”, según una popular telenovela colombiana) hasta los usuarios más ignotos, todos ellos catalogados uniformemente bajo el estigmatizante epíteto de “drogadictos”. Construida esta encarnación del mal, establecida esta escala de valores (que, recordemos, aún a principios del siglo XX era novedosa en un mundo donde las farmacias vendían libremente y personas de todas las clases sociales consumían sin mayores inconvenientes cocaína, heroína, marihuana y morfina, entre otras drogas), se vuelve una cuestión de sentido común prohibir la producción, comercialización e incluso el consumo, y consecuentemente perseguir y castigar a quienes realicen cualquiera de esas cosas.
Esta criminalización ha introducido en nuestros sistemas legales un principio reñido con la matriz liberal de la que son producto. Uno de los fundamentos de la legalidad liberal es que toda acción privada de las personas, que no constituye un perjuicio para otras, es asunto exclusivo de cada una.[5]
Como toda la arquitectura de la filosofía liberal, este principio se sustenta en su derecho más elemental, su auténtica clave de bóveda: el derecho a la propiedad. Toda persona tiene derecho a procurarse los medios necesarios para su subsistencia, con la única salvedad de no perjudicar, en dicha búsqueda, el mismo derecho ajeno. He allí el fundamento liberal de la propiedad
Ahora bien, nada de esto tiene sentido si no consideramos un derecho más básico aún (y demasiado evidente como para que ni siquiera necesite ser explicitado): el de la autopropiedad. Cada persona es propietaria exclusiva de su cuerpo, y a ella y sólo a ella le compete decidir sobre éste. O, expresado de una forma más sencilla y directa por Antonio Escohotado: “de la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.” (Escohotado, 2006: 7)
El objetivo de todo esto es establecer el límite del poder estatal sobre nuestras personas. Dicho límite viene dado por el rol que el liberalismo clásico (desde John Locke en adelante) le asigna al Estado. En esta concepción, éste es la institución encargada de velar por nuestros derechos, derechos que son previos a la existencia del propio Estado (hoy los llamamos “derechos humanos”) y que éste no puede no reconocer (bajo el riesgo de caer en la tiranía y, por tanto, en la ilegitimidad).
Sin embargo, la criminalización de la producción, comercio y uso de drogas es un ataque frontal a los fundamentos liberales de los sistemas jurídicos de Occidente y, de hecho, los ha minado hasta un nivel que debería alarmarnos, puesto que el Estado se arroga la potestad de imponernos qué consumir y qué no, es decir, qué hacer y qué no con nuestros cuerpos, violando nuestro derecho a la autopropiedad.[6]
Esto es lo que lleva a un autor como Thomas Szasz a plantear que actualmente los gobiernos han pasado, al menos en teoría, de ser nuestros sirvientes a ser nuestros señores, en el marco de un Estado terapéutico que sería, por eso mismo, un Estado totalitario. (Szasz, 1992: 203)
Al construir a las drogas como un problema que debe ser solucionado, el prohibicionismo elabora una serie de estrategias económico-políticas para librar esa lucha. Como fue señalado, en primer lugar existe un énfasis en la reducción de la oferta, que se traduce no sólo en la prohibición misma, sino en acciones directas contra las propias sustancias, con resultados sociales a menudo terribles. Así es como se ha preferido combatir a las drogas atacando, por ejemplo, al que quizás sea el eslabón más débil dentro de la cadena de la oferta: la producción en algunos países del tercer mundo. Los casos de los países andinos, especialmente Colombia y Bolivia, son quizás los más claros para observar cómo la represión la terminan sufriendo con mayor intensidad los campesinos que se dedican al cultivo de la hoja de coca, viendo acentuada su miseria y la precariedad de su subsistencia.[7]
A esta forma de reducción de la oferta se le suma una forma muy particular de entender la reducción de la demanda, igualmente represiva, y consistente en despojar de derechos/libertades a los usuarios, ya sea considerándolos enfermos o delincuentes y pasibles, por lo tanto, de procedimientos penales o médicos contra su voluntad.
Todos los datos de que disponemos muestran la absoluta ineficacia de esta estrategia para reducir el uso de drogas ilegales con fines recreativos, que no ha hecho más que aumentar.[8] Podemos colegir que hay un error fundamental en poner el foco en la oferta, cuando ésta depende básicamente de la demanda. Y la demanda, si bien se retroalimenta con la oferta, suele tener otras causas, que escapan a las meras consideraciones económicas.[9]
En suma, las estrategias basadas en la reducción de la oferta y la demanda parten del supuesto de que las drogas son un problema o, mejor dicho, que los problemas que involucran a las drogas necesariamente se explican por ellas. Esto nos conduce directamente a la cuestión de la fetichización de las sustancias.
Como acertadamente señala Jorge Barreiro,
La idea de que algunas sustancias son intrínsecamente dañinas, que su atributo sería causar el mal o la enfermedad y que no serían susceptibles de usos benéficos, es relativamente reciente, de principios del siglo XX. Hasta entonces las sociedades convivieron con el consumo de drogas sin mayores problemas. Para los antiguos griegos, por ejemplo, el concepto de phármakon (entre otros, la cerveza, el vino, el cáñamo y el opio) podía ser un veneno o una medicina, representar tanto una cura como un peligro: los daños o beneficios de los phármakon residían exclusivamente en el uso que el ciudadano adulto hiciera de los mismos.
Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. [10]
El absurdo del fetiche cae por su propio peso. Sólo conocemos una cosa en el universo que posea voluntad (y que, por lo tanto, pueda ser responsabilizada por sus acciones), y esa cosa somos los seres humanos. Así como ningún arma ha matado jamás a nadie, ninguna droga tampoco lo ha hecho: son las personas que utilizan armas, o drogas, quienes matan a otras personas o se matan a sí mismas. Es en el tipo de uso que alguien le da a un objeto inanimado donde debemos buscar las responsabilidades correspondientes, no en los objetos inanimados, que son simples medios para las acciones humanas.
Sin embargo, las consecuencias que ha traído este absurdo respecto a las drogas son profundas y difíciles de evaluar en todo su alcance. Quizás la más grave de ellas ha sido, nuevamente, un recorte en nuestra capacidad de autonomía, pues la voluntad que el fetiche nos quita a los humanos se la otorga a las sustancias.
¿Qué lugar ocupan, entonces, las personas en el esquema del paradigma represivo? Si conectamos los puntos, aparece una concepción de los individuos como irresponsables, como menores de edad que deben ser protegidos no sólo de los demás, sino, muy especialmente, de ellos mismos. En suma, lo que este paradigma le propone a las personas (y efectivamente lo ha hecho) es renunciar a parcelas de su libertad a cambio de mayor seguridad -una fórmula que históricamente se ha mostrado muy peligrosa.

Apuntes sobre el paradigma vincular
Como se desprende de la crítica al paradigma represivo, otro que permita actuar con mayor eficacia debe partir de supuestos diferentes. Esto es lo que hace, entre otros, el que hemos llamado paradigma vincular que, como su nombre lo indica, desplaza el centro de la atención de las sustancias a los vínculos.
Siguiendo a Pichon-Rivière, consideraremos el vínculo como “una estructura compleja de fenómenos emocionales, afectivos, y comunicacionales, concientes e inconcientes que incluyen un sistema transmisor receptor, un mensaje, un canal, signos, símbolos y ruido” (Fernández Romar, 2000: 77).
Como Juan Fernández señala, a la hora de abordar los problemas que invlucran a las drogas, “todo depende del vínculo que la persona establezca con la(s) sustancia(s) y el sentido que le asigne a la droga en su vida” (ídem). Esto nos lleva a aspectos más amplios de la cuestión, en particular las formas de vinculación que las personas desarrollan con otras personas, en su vida pública y privada, y con el mundo que las rodea en general.
He aquí uno de los puntos fuertes en los que coinciden las investigaciones que mencionaba al principio. A la hora de prevenir usos problemáticos de drogas, al menos entre la población adolescente que concurre a sistemas formales de enseñanza, no suele ser tan importante (o eficaz) trabajar sobre los vínculos que establezcan concretamente con las sustancias, como trabajar sobre los aspectos más generales que hacen a los vínculos.
Esto se puede relacionar con otra conclusión que se desprende del análisis de dichas investigaciones, a saber, la conveniencia del desarrollo de las llamadas habilidades para la vida, “un grupo de habilidades psicosociales cuyo desarrollo resulta relevante para personas de todas las edades y de los más diversos contextos socioeconómicos” tal como las define la Organización Mundial de la Salud.[11] Entre ellas encontramos el conocimiento de sí mismo, la comunicación efectiva o asertiva, el manejo de emociones y sentimientos, la toma de decisiones, la resolución de problemas y conflictos, etc.
Uno de los fundamentos más firmes que sostiene esta estrategia es la constatación de que los usos que suelen dar las personas a las drogas, y aún los efectos que éstas causan en sus organismos, dependen en buena medida de los ambientes en que desarrollan sus vidas cotidianas, incluyendo aquí, por supuesto, los ambientes sociales.[12]
 Esto implica destronar a “la droga” de su lugar de privilegio a la hora de analizar y actuar sobre sus usos problemáticos. Como incisivamente afirma Escohotado, las razones por las que las personas caen en dependencias y en abusos de sustancias, no son diferentes de las razones por las que caen en dependencias sociales, sentimentales o de cualquier otro tipo (Escohotado, 2006:28).
Pensando esto a través de las variables oferta y demanda (como vimos más arriba), se trataría de trabajar sobre las causas de la demanda para lograr su reducción. Yendo un paso más allá, podríamos incluso considerar que este paradigma nos permite superar el enfoque oferta-demanda (que por su aspecto economicista puede rechinar en los ámbitos de la salud y educativo), al apuntar a reducir los usos problemáticos y no necesariamente la demanda per se.
Entonces, ¿cuál es el lugar que le corresponde a la droga en este paradigma? Creo que lo más acertado es recuperar el concepto de pharmakon, tal como Barreiro lo traía a colación, seguramente siguiendo los pasos del propio Escohotado, quien lo ha analizado con minuciosidad en varios de sus libros. Pharmakon designaba a una sustancia que es en sí, al mismo tiempo, remedio y veneno, convirtiéndose en uno o en otro únicamente a partir del uso que la persona le dé (incluyendo, por ejemplo, formas y tiempos de administración, características fisiológicas y/o mentales del individuo y, sobre todo, dosis).
Esto nos conduce directamente al núcleo del nuevo problema que se plantea: una persona sólo podrá usar eficazmente una sustancia de acuerdo a sus necesidades o deseos si cuenta con el conocimiento necesario para ello.

Prevención y libertad
 ¿Cuál debe ser el fundamento teórico de los programas y estrategias de prevención en los usos problemáticos de drogas? Llegados a este punto, las opiniones científicas vertidas en los artículos referidos son cada vez más opiniones y cada vez menos científicas, entendiendo esto en el sentido de ideológicas, y entendiendo la ideología en un sentido no peyorativo.
En consonancia con el enfoque liberal que defiendo en este escrito, considero que la mejor estrategia educativa para abordar la prevención en materia de drogas (y mejor no sólo por sus aspectos sanitarios, sino además por la práctica de la libertad que ella entraña), consiste en el uso responsable. Démosle la palabra una vez más a Escohotado:
Toda prevención que queramos enseñar a nuestros hijos será ineficaz si no es una prevención calculada para el uso, en vez de para la abstemia. Por la misma razón, no podemos conceder permiso de conducir una avioneta o un coche más que sabiendo conducir la avioneta o el coche.[13]
Ahora bien, la responsabilidad es hija de la libertad, y ésta sólo es posible a través del conocimiento: del mundo, de la “realidad externa” y de los demás, pero sobre todo de uno mismo.
El enfoque desde la prohibición, el enfoque represivo, es uno que les niega responsabilidad y autonomía (pues les niega libertad) a las personas, y por eso las considera menores de edad, al decidir por ellas qué se debe y qué no se debe hacer, es decir, qué es lo correcto. Junto con lo permitido (lo legal) viene toda una carga moral y ética -pero se trata de una moral y de una ética ajenas, que no han pasado por la reflexión y la crítica personal del sujeto: que no han sido su elección.
Ojalá estuviera diciendo algo nuevo. Sin embargo, me estoy limitando a adaptar lo que ya escribió (y denunció) Immanuel Kant hace casi dos siglos y medio al responder ¿Qué es la Ilustración? y que, lamentablemente, parece escrito ayer por la mañana.
Kant, viejo antagonista intelectual de los absolutismos monárquicos y del pensamiento, sabía a la perfección que ser tratado como un menor de edad implica algunos beneficios, los cuales pueden resumirse en uno: la irresponsabilidad. Si otros eligen por mí, no puedo ser considerado responsable por mis acciones. No obstante, ese beneficio tiene un costo gigantesco, y es la pérdida de la libertad (y su correlato, el aumento desproporcionado del poder de aquellos que deciden por nosotros).
Ahora bien, educar para la libertad y para la responsabilidad implica manejarse con conocimientos certeros y lo más objetivos posibles. Implica el esfuerzo por despojarse de prejuicios que los distorsionen o, cuando ello no es posible (si acaso lo es), tener conciencia de cuáles son los fundamentos teóricos y filosóficos sobre los que descansan nuestras acciones. En pocas palabras, implica honestidad intelectual y respeto por el otro.
A modo de ejemplo, cuando mencionaba que el paradigma vincular abre la posibilidad de pensar más allá de la reducción de la demanda, está claro que avanzar por ese camino y detenerse en la reducción de los usos problemáticos de drogas como un objetivo de la prevención y de la educación no es nada más (y nada menos) que una opción de método y de filosofía. Perfectamente podemos recorrer ese camino hasta el final, y plantear así que el objetivo debería ser la formación de sujetos autónomos, libres, que tengan el valor de servirse de su propia razón y que, en consecuencia, hagan lo que les plazca con sus cuerpos -aún usar drogas en forma problemática.
La elección es, debería ser, nuestra.

Bibliografía

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[1]   Arco Tirado y Fernández Castillo (2001), Botvin, G., & Griffin, K. (2007), Fernández, S., Nebot, M., & Jané, M. (2002), Pokhrel, P., Sussman, S., Rohrbach, L. A., & Sun, P. (2007), Chakravarthy, B., Shah, S., & Lotfipour, S. (2013), Byrne, D. G., & Mazanov, J. (2005), entre otras.
[2]   No son, por supuesto, los únicos paradigmas existentes. Fernández Romar (2000: 95-133) enumera y describe otros modelos: médico-sanitario, psico-social, sociocultural, geopolítico, etnobotánico y (especialmente) holográfico.
[3]   Véase, por ejemplo, el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas de junio de 2011, http://www.druglawreform.info/images/stories/documents/Global_Commission_Report_Spanish.pdf
[4]   Quizás el ejemplo pionero, por su difusión mediática, haya sido la película Reefer Madness (Louis J. Gasnier, 1936).
[5]   Como la Constitución uruguaya establece, en su artículo 10º: “Las acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados.”
[6]   El siguiente ejemplo del Dr. Thomas Szasz es más que elocuente: “Supongamos el siguiente argumento imaginario. Don, un viudo retirado de sesenta y tantos años, vive solo en un barrio residencial. Tiene muchos amigos, goza de buena salud y seguridad económica, y no tiene personas a su cargo. Su hobby es la jardinería en un invernadero anexo a su casa. Siendo un genio en el cultivo, su hogar rebosa de plantas exóticas y flores frescas, y sus tomates son legendarios. Imaginemos además que Don, una persona audaz y emprendedora, adquiere algunas semillas de marihuana, coca y adormidera, las siembra en su invernadero, alimenta los brotes hasta conseguir plantas maduras, las cosecha y produce algo de marihuana, hojas de coca y opio en bruto. Muy dado a la privacidad, Don ni siquiera tolera una asistenta para la limpieza en su casa, aunque bien podría permitírsela económicamente. Por tanto, no hay modo de que nadie, legalmente, tenga conocimiento de su pequeña granja narcótica. Finalmente, supongamos que cierta tarde de sábado, estando solo en su casa, Don fuma un poco de marihuana, o masca algunas hojas de coca o mezcla algo de opio en polvo en su té de medianoche. ¿Qué ha hecho Don y cómo contemplan la legislación criminal y la legislación sobre salud mental su conducta? Poseer tierra y edificios es un derecho de propiedad básico. La privacidad, especialmente desde Griswold v. Connecticut y Roe v. Wade, es también un derecho básico. Así, Don ha ejercido simplemente algunos de sus derechos de propiedad y privacidad: su derecho a su tierra, a su casa y a los frutos de su trabajo en su propia casa. No ha despojado a nadie de su vida, su libertad o su propiedad. Aunque tiene en contra la sabiduría convencional y la desinformación médica, Don tampoco se ha dañado a sí mismo. Sin embargo, la ley penal americana le considera ahora culpable de posesión criminal y uso de substancias controladas e ilegales, mientras la legislación americana sobre salud mental le considera un paciente psiquiátrico que padece dependencia química, abuso de substancias, desórdenes de personalidad y otras aberraciones psicopatológicas aún no descubiertas. Más aún, estigmatiza a Don como persona mentalmente enferma, criminaliza su conducta como la de un maligno violador de la ley, le despoja de su casa, le impone una multa astronómica y le encarcela como delincuente peligroso; todo esto se considera ahora perfectamente legal y constitucional. En este punto es posible que el lector se pregunte cómo los juristas y magistrados del Tribunal Supremo reconcilian tales castigos aparentemente excesivos —y por lo mismo «crueles e inusuales»— con la Constitución.” (Szasz, 1992: 41)
[7]   En especial cuando estas acciones represivas (destrucción de cultivos, por ejemplo), financiadas y apoyadas logísticamente por Estados Unidos, se articulan, “hacen máquina”, con otras políticas represivas que tienen como objetivo el combate a grupos guerrilleros o a movimientos campesinos y sindicales.
[8]   Véase el ya citado el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas, p. 4.
[9]   A esto apunta también el señalamiento, muy común, de la hipocresía de la política represiva estadounidense sobre países pobres del tercer mundo, al constatar que si hay producción (oferta) en esos países es en buena medida porque hay una demanda cada vez mayor dentro de los propios Estados Unidos.
       Por otro lado, cabe preguntarnos acerca de las causas de la demanda de drogas y el doble estándar moral del prohibicionismo. Démosle una vez más la palabra al dr. Szasz: “¿Por qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores, curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquíes y columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables. Cada año, decenas o miles de personas resultan heridas y muertas a consecuencia de accidentes asociados con el uso de tales artefactos. ¿Por qué no hablamos de «abuso del esquí» o de un «problema con las motosierras»? Porque esperamos que quienes usan dichos equipos se familiarizarán por sí mismos con su uso y evitarán herirse, a sí mismos o a otros. Si se lastiman a sí mismos asumimos que lo hacen accidentalmente, y tratamos de curar sus heridas. Si lastiman a otros por negligencia los castigamos mediante sanciones tanto civiles como penales. En vez de resolver, éstos son, brevemente, medios con los que tratamos de adaptarnos a los problemas que presentan potencialmente los aparatos peligrosos de nuestro entorno. Sin embargo, tras las generaciones que han vivido bajo una tutela médica que nos proporciona protección (aunque ilusoria) contra las drogas peligrosas, no hemos logrado cultivar la confianza en nosotros mismos y la autodisciplina que debemos poseer como adultos competentes rodeados por los frutos de nuestra era fármaco-tecnológica.” (Szasz, 1992: 26).
[10] Jorge Barreiro, “La guerra (perdida) contra las drogas/1”, http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/05/07/la-guerra-perdida-contra-las-drogas1/.
[11] WHO, Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf
[12] Véase, por ejemplo, Crombag y Robinson (2004), y la sugestiva investigación de Morgan et al (2002). Ésta descubrió cómo la tendencia a la adicción a la cocaína variaba en función de la posición jerárquica de los macacos que fueron objeto de estudio (posición dominante o subordinada). Los monos dominantes tenían muchas menores probabilidades de desarrollar adicción.
[13] Antonio Escohotado, en el programa televisivo Carta Blanca de RTVE, 12/10/2006. http://www.rtve.es/alacarta/videos/carta-blanca/carta-blanca-antonio-escohotado/847649/
         Un buen ejemplo de una campaña preventiva enfocada en el uso responsable (en este caso, del alcohol) es la que llevó adelante durante el verano pasado la Junta Nacional de Drogas. Véase http://www.antel.com.uy/jnd/inicio/ y http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/campana-consumo-alcohol-jnd