Por Diego Estin Geymonat
“¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargan ya de que el paso hacia la mayoría de edad, además de ser difícil, sea considerado peligrosos para la mayoría de los hombres (y entre ellos todo el bello sexo). Después de haber entontecido a sus animales domésticos, y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no pueda atreverse a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos. Lo cierto es que este peligro no es tan grande, pues ellos aprendería a caminar solo después de cuantas caídas: sin embargo, un ejemplo de tal naturaleza les asusta y, por lo general, les hace desistir de todo intento.”
Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración?, 1784
Un análisis de diversas investigaciones
llevadas a cabo en la última década, en varias regiones del mundo,
acerca de la eficacia de diferentes estrategias de prevención en usos
problemáticos de drogas en la enseñanza media arroja resultados muy
interesantes.[1]
Encontramos en ellos altos grados de
coincidencia respecto a qué funciona y qué no a la hora de encarar la
prevención en dicho tema. Centrarse en las sustancias, en los aspectos
químicos y biológicos, resulta una casi segura receta para el fracaso.
Las estrategias eficaces se basan en colocar en el centro a los sujetos y
los vínculos que los sujetos establecen consigo mismos, entre sí, con
el mundo que los rodea y (a veces marginalmente) con las sustancias.
Deben ser abordajes contextualizados y dinámicos, donde los adolescentes
tengan importantes espacios de participación. En contrapartida, resulta
conveniente descartar la mera transmisión pasiva de información, en
especial cuando está enfocada en las consecuancias negativas del
consumo. Peor aún, a la hora de evaluar la eficacia de la prevención, es
apelar al miedo y a la demonización de las sustancias; probablemente no
haya nada que dé menos resultados positivos que un discurso alarmista
(y simplificador) como “la droga mata” o “simplemente di no”.
Si nos detenemos a reflexionar sobre estas constataciones, podremos apreciar fácilmente no solo una oposición de discursos o de estrategias para abordar la prevención; lo que aquí vemos enfrentados son paradigmas sobre las drogas y nuestra relación con ellas -paradigmas que son la base, justamente, de dichas estrategias divergentes. Llamaremos “represivo” o “prohibicionista” a uno de ellos, y “vincular” a otro.[2]
El paradigma represivo y la crítica liberal
Es ya un lugar común la afirmación de que que la llamada “guerra contra las drogas” ha fracasado.[3] Esta política global, fuertemente impulsada por Estados Unidos a partir de la segunda mitad del siglo XX (con importantes antecedentes en décadas previas), no ha cumplido ninguno de sus objetivos. Como reseña el referido informe,
Los inmensos recursos destinados a la criminalización y a medidas represivas orientadas a los productores, traficantes y consumidores de drogas ilegales, han fracasado en reducir eficazmente la oferta o el consumo. Las aparentes victorias en eliminar una fuente o una organización de tráfico son negadas casi instantáneamente por la emergencia de otras fuentes y traficantes. Los esfuerzos represivos dirigidos a los consumidores impiden las medidas de salud pública para reducir el VIH/SIDA, las muertes por sobredosis, y otras consecuencias perjudiciales del uso de drogas. Los gastos gubernamentales en infructuosas estrategias de reducción de la oferta y en encarcelamiento reemplazan a las inversiones más costo-efectivas y basadas en la evidencia orientadas a la reducción de la demanda y de los daños. (p.2)
La guerra contra las drogas ha sido,
quizás, la manifestación más acabada del paradigma represivo. En ella se
aúnan el prohibicionismo moralizante, la criminalización de actividades
que no entrañan per se perjuicio alguno para la sociedad, una
opción decidida por la reducción de la oferta y una forma brutal de
concebir la reducción de la demanda, y la fetichización de la sustancia.
Analicemos y critiquemos suscintamente estos pilares conceptuales del
paradigma en cuestión.
Publicidad de cocaína para el dolor de muelas
en niños, Estados Unidos, 1885.
El fundamento de la prohibición entraña una determinada escala de valores. Se demonizan las sustancias prohibidas,[4]
así como a aquellos que se ven involucrados en las más diversas
actividades con estas, desde los narcos más poderosos (y así tenemos,
por ejemplo, a un Pablo Escobar “Patrón del Mal”, según una popular
telenovela colombiana) hasta los usuarios más ignotos, todos ellos
catalogados uniformemente bajo el estigmatizante epíteto de
“drogadictos”. Construida esta encarnación del mal, establecida esta
escala de valores (que, recordemos, aún a principios del siglo XX era
novedosa en un mundo donde las farmacias vendían libremente y personas
de todas las clases sociales consumían sin mayores inconvenientes
cocaína, heroína, marihuana y morfina, entre otras drogas), se vuelve
una cuestión de sentido común prohibir la producción, comercialización e
incluso el consumo, y consecuentemente perseguir y castigar a quienes
realicen cualquiera de esas cosas.
Esta criminalización ha introducido en
nuestros sistemas legales un principio reñido con la matriz liberal de
la que son producto. Uno de los fundamentos de la legalidad liberal es
que toda acción privada de las personas, que no constituye un perjuicio
para otras, es asunto exclusivo de cada una.[5]
Como toda la arquitectura de la filosofía
liberal, este principio se sustenta en su derecho más elemental, su
auténtica clave de bóveda: el derecho a la propiedad. Toda persona tiene
derecho a procurarse los medios necesarios para su subsistencia, con la
única salvedad de no perjudicar, en dicha búsqueda, el mismo derecho
ajeno. He allí el fundamento liberal de la propiedad
Ahora bien, nada de esto tiene sentido si
no consideramos un derecho más básico aún (y demasiado evidente como
para que ni siquiera necesite ser explicitado): el de la autopropiedad.
Cada persona es propietaria exclusiva de su cuerpo, y a ella y sólo a
ella le compete decidir sobre éste. O, expresado de una forma más
sencilla y directa por Antonio Escohotado: “de la piel para adentro
empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no
cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me
resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier
país.” (Escohotado, 2006: 7)
El objetivo de todo esto es establecer el
límite del poder estatal sobre nuestras personas. Dicho límite viene
dado por el rol que el liberalismo clásico (desde John Locke en
adelante) le asigna al Estado. En esta concepción, éste es la
institución encargada de velar por nuestros derechos, derechos que son
previos a la existencia del propio Estado (hoy los llamamos “derechos
humanos”) y que éste no puede no reconocer (bajo el riesgo de caer en la
tiranía y, por tanto, en la ilegitimidad).
Sin embargo, la criminalización de la
producción, comercio y uso de drogas es un ataque frontal a los
fundamentos liberales de los sistemas jurídicos de Occidente y, de
hecho, los ha minado hasta un nivel que debería alarmarnos, puesto que
el Estado se arroga la potestad de imponernos qué consumir y qué no, es
decir, qué hacer y qué no con nuestros cuerpos, violando nuestro derecho
a la autopropiedad.[6]
Esto es lo que lleva a un autor como
Thomas Szasz a plantear que actualmente los gobiernos han pasado, al
menos en teoría, de ser nuestros sirvientes a ser nuestros señores, en
el marco de un Estado terapéutico que sería, por eso mismo, un Estado
totalitario. (Szasz, 1992: 203)
Al construir a las drogas como un
problema que debe ser solucionado, el prohibicionismo elabora una serie
de estrategias económico-políticas para librar esa lucha. Como fue
señalado, en primer lugar existe un énfasis en la reducción de la
oferta, que se traduce no sólo en la prohibición misma, sino en acciones
directas contra las propias sustancias, con resultados sociales a
menudo terribles. Así es como se ha preferido combatir a las drogas
atacando, por ejemplo, al que quizás sea el eslabón más débil dentro de
la cadena de la oferta: la producción en algunos países del tercer
mundo. Los casos de los países andinos, especialmente Colombia y
Bolivia, son quizás los más claros para observar cómo la represión la
terminan sufriendo con mayor intensidad los campesinos que se dedican al
cultivo de la hoja de coca, viendo acentuada su miseria y la
precariedad de su subsistencia.[7]
A esta forma de reducción de la oferta se
le suma una forma muy particular de entender la reducción de la
demanda, igualmente represiva, y consistente en despojar de
derechos/libertades a los usuarios, ya sea considerándolos enfermos o
delincuentes y pasibles, por lo tanto, de procedimientos penales o
médicos contra su voluntad.
Todos los datos de que disponemos
muestran la absoluta ineficacia de esta estrategia para reducir el uso
de drogas ilegales con fines recreativos, que no ha hecho más que
aumentar.[8]
Podemos colegir que hay un error fundamental en poner el foco en la
oferta, cuando ésta depende básicamente de la demanda. Y la demanda, si
bien se retroalimenta con la oferta, suele tener otras causas, que
escapan a las meras consideraciones económicas.[9]
En suma, las estrategias basadas en la
reducción de la oferta y la demanda parten del supuesto de que las
drogas son un problema o, mejor dicho, que los problemas que involucran a
las drogas necesariamente se explican por ellas. Esto nos conduce
directamente a la cuestión de la fetichización de las sustancias.
Como acertadamente señala Jorge Barreiro,
La idea de que algunas sustancias son intrínsecamente dañinas, que su atributo sería causar el mal o la enfermedad y que no serían susceptibles de usos benéficos, es relativamente reciente, de principios del siglo XX. Hasta entonces las sociedades convivieron con el consumo de drogas sin mayores problemas. Para los antiguos griegos, por ejemplo, el concepto de phármakon (entre otros, la cerveza, el vino, el cáñamo y el opio) podía ser un veneno o una medicina, representar tanto una cura como un peligro: los daños o beneficios de los phármakon residían exclusivamente en el uso que el ciudadano adulto hiciera de los mismos.Hubo que esperar a una era como la nuestra, en la que los objetos adquirieron el carácter de fetiches dotados de vida propia, de los que ha desaparecido cualquier rastro de las relaciones humanas que los han engendrado, para que las cosas se invirtieran radicalmente. Ese fetichismo atribuye a las cosas propiedades intrínsecas, a los que ningún individuo podría sustraerse. La única posibilidad de romper con esa fatal determinación sería prohibiendo el uso de la cosa intrínsecamente perversa. [10]
El absurdo del fetiche cae por su propio
peso. Sólo conocemos una cosa en el universo que posea voluntad (y que,
por lo tanto, pueda ser responsabilizada por sus acciones), y esa cosa
somos los seres humanos. Así como ningún arma ha matado jamás a nadie,
ninguna droga tampoco lo ha hecho: son las personas que utilizan armas, o drogas, quienes matan a otras personas o se matan a sí mismas. Es en el tipo de uso
que alguien le da a un objeto inanimado donde debemos buscar las
responsabilidades correspondientes, no en los objetos inanimados, que
son simples medios para las acciones humanas.
Sin embargo, las consecuencias que ha
traído este absurdo respecto a las drogas son profundas y difíciles de
evaluar en todo su alcance. Quizás la más grave de ellas ha sido,
nuevamente, un recorte en nuestra capacidad de autonomía, pues la
voluntad que el fetiche nos quita a los humanos se la otorga a las
sustancias.
¿Qué lugar ocupan, entonces, las personas
en el esquema del paradigma represivo? Si conectamos los puntos,
aparece una concepción de los individuos como irresponsables, como
menores de edad que deben ser protegidos no sólo de los demás, sino, muy
especialmente, de ellos mismos. En suma, lo que este paradigma le
propone a las personas (y efectivamente lo ha hecho) es renunciar a
parcelas de su libertad a cambio de mayor seguridad -una fórmula que
históricamente se ha mostrado muy peligrosa.
Apuntes sobre el paradigma vincular
Como se desprende de la crítica al
paradigma represivo, otro que permita actuar con mayor eficacia debe
partir de supuestos diferentes. Esto es lo que hace, entre otros, el que
hemos llamado paradigma vincular que, como su nombre lo indica,
desplaza el centro de la atención de las sustancias a los vínculos.
Siguiendo a Pichon-Rivière,
consideraremos el vínculo como “una estructura compleja de fenómenos
emocionales, afectivos, y comunicacionales, concientes e inconcientes
que incluyen un sistema transmisor receptor, un mensaje, un canal,
signos, símbolos y ruido” (Fernández Romar, 2000: 77).
Como Juan Fernández señala, a la hora de
abordar los problemas que invlucran a las drogas, “todo depende del
vínculo que la persona establezca con la(s) sustancia(s) y el sentido
que le asigne a la droga en su vida” (ídem). Esto nos lleva a aspectos
más amplios de la cuestión, en particular las formas de vinculación que
las personas desarrollan con otras personas, en su vida pública y
privada, y con el mundo que las rodea en general.
He aquí uno de los puntos fuertes en los
que coinciden las investigaciones que mencionaba al principio. A la hora
de prevenir usos problemáticos de drogas, al menos entre la población
adolescente que concurre a sistemas formales de enseñanza, no suele ser
tan importante (o eficaz) trabajar sobre los vínculos que establezcan
concretamente con las sustancias, como trabajar sobre los aspectos más
generales que hacen a los vínculos.
Esto se puede relacionar con otra
conclusión que se desprende del análisis de dichas investigaciones, a
saber, la conveniencia del desarrollo de las llamadas habilidades para la vida,
“un grupo de habilidades psicosociales cuyo desarrollo resulta
relevante para personas de todas las edades y de los más diversos
contextos socioeconómicos” tal como las define la Organización Mundial de la Salud.[11]
Entre ellas encontramos el conocimiento de sí mismo, la comunicación
efectiva o asertiva, el manejo de emociones y sentimientos, la toma de
decisiones, la resolución de problemas y conflictos, etc.
Uno de los fundamentos más firmes que
sostiene esta estrategia es la constatación de que los usos que suelen
dar las personas a las drogas, y aún los efectos que éstas causan en sus
organismos, dependen en buena medida de los ambientes en que
desarrollan sus vidas cotidianas, incluyendo aquí, por supuesto, los
ambientes sociales.[12]
Esto implica destronar a “la droga” de
su lugar de privilegio a la hora de analizar y actuar sobre sus usos
problemáticos. Como incisivamente afirma Escohotado, las razones por las
que las personas caen en dependencias y en abusos de sustancias, no son
diferentes de las razones por las que caen en dependencias sociales,
sentimentales o de cualquier otro tipo (Escohotado, 2006:28).
Pensando esto a través de las variables
oferta y demanda (como vimos más arriba), se trataría de trabajar sobre
las causas de la demanda para lograr su reducción. Yendo un paso más
allá, podríamos incluso considerar que este paradigma nos permite
superar el enfoque oferta-demanda (que por su aspecto economicista puede
rechinar en los ámbitos de la salud y educativo), al apuntar a reducir
los usos problemáticos y no necesariamente la demanda per se.
Entonces, ¿cuál es el lugar que le
corresponde a la droga en este paradigma? Creo que lo más acertado es
recuperar el concepto de pharmakon, tal como Barreiro lo traía a
colación, seguramente siguiendo los pasos del propio Escohotado, quien
lo ha analizado con minuciosidad en varios de sus libros. Pharmakon designaba a una sustancia que es en sí, al mismo tiempo, remedio y veneno,
convirtiéndose en uno o en otro únicamente a partir del uso que la
persona le dé (incluyendo, por ejemplo, formas y tiempos de
administración, características fisiológicas y/o mentales del individuo
y, sobre todo, dosis).
Esto nos conduce directamente al núcleo
del nuevo problema que se plantea: una persona sólo podrá usar
eficazmente una sustancia de acuerdo a sus necesidades o deseos si
cuenta con el conocimiento necesario para ello.
Prevención y libertad
¿Cuál debe ser el fundamento teórico de
los programas y estrategias de prevención en los usos problemáticos de
drogas? Llegados a este punto, las opiniones científicas vertidas en los
artículos referidos son cada vez más opiniones y cada vez menos científicas, entendiendo esto en el sentido de ideológicas, y entendiendo la ideología en un sentido no peyorativo.
En consonancia con el enfoque liberal que
defiendo en este escrito, considero que la mejor estrategia educativa
para abordar la prevención en materia de drogas (y mejor no sólo por sus
aspectos sanitarios, sino además por la práctica de la libertad que
ella entraña), consiste en el uso responsable. Démosle la palabra una vez más a Escohotado:
Toda prevención que queramos enseñar a nuestros hijos será ineficaz si no es una prevención calculada para el uso, en vez de para la abstemia. Por la misma razón, no podemos conceder permiso de conducir una avioneta o un coche más que sabiendo conducir la avioneta o el coche.[13]
Ahora bien, la responsabilidad es hija de
la libertad, y ésta sólo es posible a través del conocimiento: del
mundo, de la “realidad externa” y de los demás, pero sobre todo de uno
mismo.
El enfoque desde la prohibición, el
enfoque represivo, es uno que les niega responsabilidad y autonomía
(pues les niega libertad) a las personas, y por eso las considera
menores de edad, al decidir por ellas qué se debe y qué no se debe
hacer, es decir, qué es lo correcto. Junto con lo permitido (lo legal)
viene toda una carga moral y ética -pero se trata de una moral y de una
ética ajenas, que no han pasado por la reflexión y la crítica personal
del sujeto: que no han sido su elección.
Ojalá estuviera diciendo algo nuevo. Sin
embargo, me estoy limitando a adaptar lo que ya escribió (y denunció)
Immanuel Kant hace casi dos siglos y medio al responder ¿Qué es la Ilustración? y que, lamentablemente, parece escrito ayer por la mañana.
Kant, viejo antagonista intelectual de
los absolutismos monárquicos y del pensamiento, sabía a la perfección
que ser tratado como un menor de edad implica algunos beneficios, los
cuales pueden resumirse en uno: la irresponsabilidad. Si otros eligen
por mí, no puedo ser considerado responsable por mis acciones. No
obstante, ese beneficio tiene un costo gigantesco, y es la pérdida de la
libertad (y su correlato, el aumento desproporcionado del poder de
aquellos que deciden por nosotros).
Ahora bien, educar para la libertad y
para la responsabilidad implica manejarse con conocimientos certeros y
lo más objetivos posibles. Implica el esfuerzo por despojarse de
prejuicios que los distorsionen o, cuando ello no es posible (si acaso
lo es), tener conciencia de cuáles son los fundamentos teóricos y
filosóficos sobre los que descansan nuestras acciones. En pocas
palabras, implica honestidad intelectual y respeto por el otro.
A modo de ejemplo, cuando mencionaba que
el paradigma vincular abre la posibilidad de pensar más allá de la
reducción de la demanda, está claro que avanzar por ese camino y
detenerse en la reducción de los usos problemáticos de drogas como un
objetivo de la prevención y de la educación no es nada más (y nada
menos) que una opción de método y de filosofía. Perfectamente podemos
recorrer ese camino hasta el final, y plantear así que el objetivo
debería ser la formación de sujetos autónomos, libres, que tengan el valor de servirse de su propia razón y que, en consecuencia, hagan lo que les plazca con sus cuerpos -aún usar drogas en forma problemática.
La elección es, debería ser, nuestra.
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[1]
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(2007), Fernández, S., Nebot, M., & Jané, M. (2002), Pokhrel, P.,
Sussman, S., Rohrbach, L. A., & Sun, P. (2007), Chakravarthy, B.,
Shah, S., & Lotfipour, S. (2013), Byrne, D. G., & Mazanov, J.
(2005), entre otras.
[2]
No son, por supuesto, los únicos paradigmas existentes. Fernández Romar
(2000: 95-133) enumera y describe otros modelos: médico-sanitario,
psico-social, sociocultural, geopolítico, etnobotánico y (especialmente)
holográfico.
[3] Véase, por ejemplo, el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas de junio de 2011, http://www.druglawreform.info/images/stories/documents/Global_Commission_Report_Spanish.pdf
[4] Quizás el ejemplo pionero, por su difusión mediática, haya sido la película Reefer Madness (Louis J. Gasnier, 1936).
[5]
Como la Constitución uruguaya establece, en su artículo 10º: “Las
acciones privadas de las personas que de ningún modo atacan el orden
público ni perjudican a un tercero, están exentas de la autoridad de los
magistrados.”
[6]
El siguiente ejemplo del Dr. Thomas Szasz es más que elocuente:
“Supongamos el siguiente argumento imaginario. Don, un viudo retirado de
sesenta y tantos años, vive solo en un barrio residencial. Tiene muchos
amigos, goza de buena salud y seguridad económica, y no tiene personas a
su cargo. Su hobby es la jardinería en un invernadero anexo a su casa.
Siendo un genio en el cultivo, su hogar rebosa de plantas exóticas y
flores frescas, y sus tomates son legendarios. Imaginemos además que
Don, una persona audaz y emprendedora, adquiere algunas semillas de
marihuana, coca y adormidera, las siembra en su invernadero, alimenta
los brotes hasta conseguir plantas maduras, las cosecha y produce algo
de marihuana, hojas de coca y opio en bruto. Muy dado a la privacidad,
Don ni siquiera tolera una asistenta para la limpieza en su casa, aunque
bien podría permitírsela económicamente. Por tanto, no hay modo de que
nadie, legalmente, tenga conocimiento de su pequeña granja narcótica.
Finalmente, supongamos que cierta tarde de sábado, estando solo en su
casa, Don fuma un poco de marihuana, o masca algunas hojas de coca o
mezcla algo de opio en polvo en su té de medianoche. ¿Qué ha hecho Don y
cómo contemplan la legislación criminal y la legislación sobre salud
mental su conducta? Poseer tierra y edificios es un derecho de propiedad
básico. La privacidad, especialmente desde Griswold v. Connecticut y
Roe v. Wade, es también un derecho básico. Así, Don ha ejercido
simplemente algunos de sus derechos de propiedad y privacidad: su
derecho a su tierra, a su casa y a los frutos de su trabajo en su propia
casa. No ha despojado a nadie de su vida, su libertad o su propiedad.
Aunque tiene en contra la sabiduría convencional y la desinformación
médica, Don tampoco se ha dañado a sí mismo. Sin embargo, la ley penal
americana le considera ahora culpable de posesión criminal y uso de
substancias controladas e ilegales, mientras la legislación americana
sobre salud mental le considera un paciente psiquiátrico que padece
dependencia química, abuso de substancias, desórdenes de personalidad y
otras aberraciones psicopatológicas aún no descubiertas. Más aún,
estigmatiza a Don como persona mentalmente enferma, criminaliza su
conducta como la de un maligno violador de la ley, le despoja de su
casa, le impone una multa astronómica y le encarcela como delincuente
peligroso; todo esto se considera ahora perfectamente legal y
constitucional. En este punto es posible que el lector se pregunte cómo
los juristas y magistrados del Tribunal Supremo reconcilian tales
castigos aparentemente excesivos —y por lo mismo «crueles e inusuales»—
con la Constitución.” (Szasz, 1992: 41)
[7]
En especial cuando estas acciones represivas (destrucción de cultivos,
por ejemplo), financiadas y apoyadas logísticamente por Estados Unidos,
se articulan, “hacen máquina”, con otras políticas represivas que tienen
como objetivo el combate a grupos guerrilleros o a movimientos
campesinos y sindicales.
[8] Véase el ya citado el Informe de la Comisión Global de Políticas de Drogas, p. 4.
[9]
A esto apunta también el señalamiento, muy común, de la hipocresía de
la política represiva estadounidense sobre países pobres del tercer
mundo, al constatar que si hay producción (oferta) en esos países es en
buena medida porque hay una demanda cada vez mayor dentro de los propios
Estados Unidos.
Por otro lado, cabe preguntarnos
acerca de las causas de la demanda de drogas y el doble estándar moral
del prohibicionismo. Démosle una vez más la palabra al dr. Szasz: “¿Por
qué deseamos drogas? Básicamente por las mismas razones por las que
deseamos otros bienes. Deseamos drogas para mitigar nuestros dolores,
curar nuestras enfermedades, acrecentar nuestra resistencia, cambiar
nuestro ánimo, colocarnos en situación de dormir, o simplemente
sentirnos mejor, de la misma manera que deseamos bicicletas y
automóviles, camiones y tractores, escaleras y motosierras, esquíes y
columpios, para hacer nuestras vidas más productivas y más agradables.
Cada año, decenas o miles de personas resultan heridas y muertas a
consecuencia de accidentes asociados con el uso de tales artefactos.
¿Por qué no hablamos de «abuso del esquí» o de un «problema con las
motosierras»? Porque esperamos que quienes usan dichos equipos se
familiarizarán por sí mismos con su uso y evitarán herirse, a sí mismos o
a otros. Si se lastiman a sí mismos asumimos que lo hacen
accidentalmente, y tratamos de curar sus heridas. Si lastiman a otros
por negligencia los castigamos mediante sanciones tanto civiles como
penales. En vez de resolver, éstos son, brevemente, medios con los que
tratamos de adaptarnos a los problemas que presentan potencialmente los
aparatos peligrosos de nuestro entorno. Sin embargo, tras las
generaciones que han vivido bajo una tutela médica que nos proporciona
protección (aunque ilusoria) contra las drogas peligrosas, no hemos
logrado cultivar la confianza en nosotros mismos y la autodisciplina que
debemos poseer como adultos competentes rodeados por los frutos de
nuestra era fármaco-tecnológica.” (Szasz, 1992: 26).
[10] Jorge Barreiro, “La guerra (perdida) contra las drogas/1”, http://jorgebarreiro.wordpress.com/2010/05/07/la-guerra-perdida-contra-las-drogas1/.
[11] WHO, Life skills education for children and adolescents in schools, http://whqlibdoc.who.int/hq/1994/who_mnh_psf_93.7a_rev.2.pdf
[12]
Véase, por ejemplo, Crombag y Robinson (2004), y la sugestiva
investigación de Morgan et al (2002). Ésta descubrió cómo la tendencia a
la adicción a la cocaína variaba en función de la posición jerárquica
de los macacos que fueron objeto de estudio (posición dominante o
subordinada). Los monos dominantes tenían muchas menores probabilidades
de desarrollar adicción.
[13] Antonio Escohotado, en el programa televisivo Carta Blanca de RTVE, 12/10/2006. http://www.rtve.es/alacarta/videos/carta-blanca/carta-blanca-antonio-escohotado/847649/
Un buen ejemplo de una campaña preventiva
enfocada en el uso responsable (en este caso, del alcohol) es la que
llevó adelante durante el verano pasado la Junta Nacional de Drogas.
Véase http://www.antel.com.uy/jnd/inicio/ y http://www.presidencia.gub.uy/comunicacion/comunicacionnoticias/campana-consumo-alcohol-jnd

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