jueves, 14 de abril de 2016

Violencia, género y "lobby"

Por Hoenir Sarthou

https://fbcdn-sphotos-h-a.akamaihd.net/hphotos-ak-xtp1/v/t1.0-9/13000361_985157501571520_7875128503586592629_n.jpg?oh=224cc04dd79b9c438fa0e2012d457f9e&oe=57747526&__gda__=1471495440_f7a23281c199b89ad90b8558ef1143a5 Está a punto de ingresar al Parlamento, con la bendición del Consejo de Ministros, el denominado “Proyecto de ley integral para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia basada en género”.

El proyecto fue redactado, presentado al consejo de Ministros y aprobado por éste en el más absoluto silencio. La ministra Marina Arismendi, encargada de dar la noticia, no mencionó a sus autores ni por qué la iniciativa no se difundió antes. El resultado es que ingresará al Parlamento sin ningún debate público previo.


Las razones del silencio se vuelven obvias apenas uno lee el texto del proyecto, que, de ser aprobado, introducirá decididamente el sexismo y la discriminación por motivos de sexo en nuestra legislación.


Para empezar, su artículo 86 modifica el Código Penal admitiendo la exoneración de la pena por el juez en los casos de homicidio y lesiones si quien los comete actúa en estado de “intensa conmoción” por “violencia intrafamiliar”, lo que en buen romance es una especie de licencia para matar para quien haya hecho denuncias por violencia de género. Pero no es lo único. Disimulada, al final de los 103 artículos con innúmeros literales e incisos, se crea la figura penal del “femicidio”(art. 95) y en ciertos casos se le asigna –sólo para los hombres- una pena mínima de veinte años. Se define a la “violencia basada en género contra las mujeres” (art. 4) como algo que, dado que requiere “una relación desigual de poder en base al género”, sólo pueden sufrir las mujeres y sólo pueden causar los hombres. Se dispone que el hombre denunciado, sin prueba ni derecho a defensa, por el sólo hecho de la denuncia y la aplicación de medidas cautelares: a) no podrá ver a sus hijos menores de edad por un mínimo de tres meses (art. 70); b) podrá ser retirado por tiempo indeterminado de su casa o establecimiento agrícola, aunque sea dueño del inmueble, quedando éste en poder de la mujer denunciante (art. 68); c) perderá (art. 41) la titularidad del contrato de arrendamiento si el bien fuera arrendado (nada se dice sobre las garantías); y d), se le podrá embargar y prohibir la venta de sus bienes (art. 68), sin ninguna contracautela.


La falta de garantías para el denunciado es absoluta, ya que el proyecto no prevé ninguna instancia en que pueda defenderse en forma. Al igual que en la anterior ley de violencia doméstica, se presume que la denuncia equivale a culpabilidad y ello habilita a aplicar severas penas, aunque se las llame “medidas cautelares o de protección”.


Por otra parte, ¿cómo evitar que la tentación de quedarse en exclusividad con una casa o establecimiento agrícola, o la de lograr una pensión alimenticia inmediata y no poder ser despedida de su trabajo durante seis meses (art. 43), o la de vengarse del marido o concubino impidiéndole ver a sus hijos o disponer de sus bienes, lleve a que se presenten denuncias infundadas?


Esta muy somera reseña de arbitrariedades y falta de garantías lleva a pensar que el proyecto, de ser aprobado como ley, sería violatorio de la Constitución
La filosofía en la que está inspirado es, notoriamente, la del modelo español, que se caracteriza por equiparar la denuncia con la culpabilidad y por estimular incondicionalmente las denuncias, incluso dando beneficios materiales a las denunciantes.


Sin embargo, el modelo español ha fracasado en toda la línea. No ha reducido los índices de violencia contra la mujer, que no dejan de crecer. En lugar de eso, ha generado un gran aumento del número de suicidios masculinos y cataratas de denuncias por abuso de los mecanismos legales.
Todo indica que es hora de discutir seriamente los presupuestos en que se fundan las políticas sobre violencia “de género”.


Las organizaciones y los discursos feministas insisten en tratar el tema como expresión de un sentido de propiedad respecto de la mujer por parte del hombre. Según esa visión, los motivos de los asesinatos de mujeres por sus parejas masculinas pueden sintetizarse en la expresión “la maté porque era mía”. Se postula así la idea de un propietario que, imbuido de una ideología machista y patriarcal, destruye fríamente un objeto de su propiedad . En base a esa idea, se reclaman nuevas figuras penales y penas cada vez más duras para los feminicidas, sin que, curiosamente, las muertes y la cantidad de actos de violencia contra las mujeres disminuyan en absoluto.


Hay fuertes razones para creer que el diagnóstico está equivocado y que, por eso, lo está también el tratamiento.
Hace pocos días, en una ciudad del Interior del país, un hombre joven se roció a sí mismo con nafta, se prendió fuego y luego se arrojó sobre su mujer y su hija. ¿Alguien cree realmente que obró así por pensar que la mujer era un objeto de su propiedad? ¿Alguien se quema vivo como forma de disponer de un bien que considera propio?
Ese caso puede ser espectacular por la cruel forma elegida. Pero no es una excepción. Cifras nacionales e internacionales confirman que aproximadamente el 70% de los hombres que atentan contra sus parejas intentan suicidarse. Y la mitad, o más, efectivamente se suicidan. ¿Esa es la conducta de un frío patriarca que se siente dueño de la mujer y de la situación, o indica más bien un gravísimo estado de perturbación mental o emocional?
Claramente es lo segundo. Y eso obliga a sacar dos conclusiones.


La primera es que las penas son ineficaces. A quien, en estado de perturbación mental, va a cometer un homicidio y luego se va a suicidar, ¿le cambia algo que su acto tenga una pena de dos, de veinte o de cincuenta años? No, no le importa. Por lo tanto, el nombre que se le dé al delito y la pena que se le imponga no evitará que mate. Luego: la pena es ineficaz.


La segunda conclusión es aun más delicada. Como regla, quien mata a su pareja y luego se mata (las mujeres también matan, aunque en menor número y casi nunca se suicidan) actúa en un estado mental alterado, en que su vida y todo el entorno social dejan de importarle. Eso rara vez ocurre de golpe. No existen casi casos de parejas serenas y bien avenidas en que de pronto el marido atenta contra la mujer. La regla es que los femicidios son precedidos por procesos de violencia creciente, con ciclos de agresión, culpa, arrepentimiento, perdón de la mujer, seguido al poco tiempo por una nueva agresión. En cada giro de esos ciclos la violencia es mayor, hasta que finalmente sobreviene el asesinato y, muy a menudo, el suicidio.


¿Por qué no asumimos que, en la mayor parte de los casos, lo que existe es una patología? ¿Y por qué no asumir que, en muchos casos, esa patología es compartida de alguna manera por los dos integrantes de la pareja, conformando una relación enferma?


Es cierto que, en algunos casos, la dependencia económica o social de la mujer puede llevarla a soportar situaciones de ese tipo. Pero todos conocemos casos de mujeres que trabajan y son económicamente independientes (incluso a veces ganan más y hasta mantienen a sus maridos) y sin embargo se someten al régimen de violencia.
La pregunta es, ¿por qué el discurso feminista insiste en tratar esas situaciones como asuntos penales? ¿No sería más lógico asumir que se trata de patologías, patologías peligrosas, estamos de acuerdo, pero patologías al fin?
Cualquier persona sensata sabe que las patologías no se tratan con tipificaciones penales ni con cárcel. Entre otras cosas, porque esos mecanismos llegan tarde, cuando la tragedia ya ocurrió.


La verdadera prevención requeriría la intervención temprana con procedimientos de protección efectiva (refugios, custodia) para la eventual víctima y de tratamiento terapéutico y social preceptivo para aquellos integrantes de la relación conflictiva que lo necesiten . O sea: un paradigma completamente distinto al que inspira al proyecto de ley anunciado.
Sin embargo –los legisladores lo saben-, se hace un fuerte aunque silencioso “lobby” para la penalización de estos asuntos. En los pasillos, haciendo jugar la influencia de organizaciones no gubernamentales extranjeras y de organismos internacionales, se presiona, por ejemplo, para la aprobación de este proyecto de ley que no solucionará nada y quebrará principios esenciales de nuestra tradición cultural y jurídica.


Hay mucho dinero, cargos, viajes e intereses en juego detrás de ciertas militancias por causas simbólicas y “políticamente correctas”. Ojalá tengamos todavía legisladores capaces de ejercer el sentido crítico y la independencia de criterio. Porque, si aspiramos a ser una sociedad algo equitativa y garantista, este proyecto de ley no debe ser aprobado.

Cadé o horizonte?

Por Soledad Platero Puig

Río de Janeiro. Foto: Afp, s/d de Autor
Río de Janeiro. Foto: Afp, s/d de Autor
El martes, en un texto que la diaria publicó en contratapa, Lila Michalski contaba sus experiencias en un viaje reciente a Brasil. Hablaba de la violencia desatada sobre todo el que viste de color rojo (la camiseta vermelha del Partido de los Trabajadores -PT- se ha transformado en una consigna ambulante: não vai ter golpe), de la desmesura de la distancia entre ricos y pobres, de la presencia de carteles que piden el auxilio de las Fuerzas Armadas no se sabe bien si para combatir la corrupción (eso es lo que dicen los que alcanzan a decir algo) o sencillamente para poner en su lugar a esa manga de rotosos que tienen la desvergüenza de cobrar planes sociales, exigir formalización y pretender que se les pague por su trabajo, que antes hacían prácticamente gratis. Confesaba que le “cuesta” Brasil, y decía, para describirlo, algo que me parece crucial y que no suele decirse: “esa máquina obscena de consumo”.

También estuve en Brasil en estos días. No me tocó permanecer en ninguna ciudad grande, de esas en las que hay manifestaciones a favor o en contra del gobierno, pero atravesé unas cuantas ciudades chicas (si bien palabras como “ciudad” o “chica” ameritarían, para el caso de Brasil, todo un ensayo sobre urbanismo y sociedad) y pasé algunos días en destinos balnearios. Y fue precisamente en esos lugares, en las playas más concurridas de los balnearios más “internacionales”, que asistí a un fenómeno aterrador, entre obsceno y penoso: la construcción de algo que ocupa el lugar que debería ocupar una subjetividad, pero que es, notoriamente, otra cosa. Una cosa opuesta, podría decirse. Una cosa que hace difícil, si no imposible, la constitución de una “subjetividad” en sentido clásico. Digamos que si una subjetividad (un sujeto) se constituye desde la falta, desde el trauma, desde lo oculto, esto otro se fabrica desde el exceso, desde lo manifiesto, desde lo ostentable. La ostentación es el camino, la verdad y la vida.

En las playas de Búzios ya hay, pasada la Semana Santa (allá es Santa, no como acá, que es, o solía ser, “de Turismo”), pocos uruguayos y argentinos, pero todavía llegan brasileños. Paulistas, la mayoría. Los delata la “r” algo arrastrada, muy notoria, parecida a la del inglés americano. No son, necesariamente, de la capital del estado, pero allá cualquier ciudad de segunda o de tercera es un mundo, así que no podríamos, ni haciendo fuerza, imaginar que proceden de lugares parecidos a pequeños pueblos del interior uruguayo. Paulistas, entonces, de distintas ciudades de ese inmenso territorio.
Se sacan fotos. Constantemente se sacan fotos. Llegan en parejas, o en grupos de parejas. Ellos son notorios metrosexuales (o como sea que se llame ahora esa comunidad de hombres de pecho depilado, pelo corto en la nuca y los costados y cuerpos fatigados por el gimnasio); ellas bajan a la playa ataviadas con algo que parece un négligée o un déshabillé, una especie de bata negra o blanca semitransparente, larga hasta los tobillos, abierta adelante y con un lazo, siempre con algún detalle que simula encaje o bordados, y no se lo sacan en ningún momento. Están maquilladas, usan sombreros y mucha bijou en el cuello, en las manos y hasta en los pies (en cada espacio que la bata deja libre). Calzan chancletas de taco alto adornadas con perlas truchas, pedrería, brillos de todo tipo. Se sacan selfies. Constantemente se sacan selfies. Las miran, las comparan con las de las otras, vuelven a fotografiarse.

A poco de llegar sacan, de alguno de los enormes bolsos también adornados con pedrería, una bolsa plástica que contiene varias copas flauta de plástico. Copas descartables para tomar champán o cualquier otra bebida espumosa. Las reparten, entre risas, y rescatan una botellita de espumante que mantenían, bien helado, en la conservadorita (los brasileños no van a la playa sin sus conservadoras). Llenan las copas, brindan, simulan tomar, se sacan más selfies. Hay 30 grados de temperatura. El sol se siente en la piel como un enemigo, como un atacante despiadado e infatigable, pero ellas siguen portando sus joyas y vistiendo sus négligées de tela sintética, maquilladas y sonriendo para los celulares. No están en la playa. Están en su propia película. En un film hecho a imagen y semejanza de programas de cable como Lujo al alcance.

De pronto se escucha un breve diálogo (brevísimo, puramente casual) entre el mozo de playa y algún turista. Alguien es uruguayo, parece. Los bebedores de espumante no tienen idea de lo que es ser uruguayo. No saben, ni quieren saber, qué países tienen frontera con el suyo. No sé si conceptos tan abstractos (país, frontera, mapa) significan algo para ellos, a menos que alguna necesidad concreta (un viaje, por ejemplo) los obligue a incorporarlos. No le dan valor alguno al conocimiento, tal como solemos entenderlo los que tenemos cierta edad y cierta educación. Lo que valoran, lo que los vuelve importantes, lo que los hace existir es la ostentación. Existen en las fotos (incontables, interminables) que suben a las redes continuamente, en cada intervalo entre que se sacan una y se sacan otra. Se disfrazan de ricos. Se sienten ricos. (Recordé, viéndolos, una anécdota que alguna vez escuché en la tele: Mariana Nannis, la excéntrica esposa de Claudio Paul Caniggia, se paseaba por la piscina de no sé qué hotel de lujo en pleno verano enfundada en un tapado largo de piel, llena de joyas y calzando botas de taco. Decía que ella vivía en Europa, así que se regía por la estación de allá).

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En las posadas de los pequeños balnearios del litoral paulista ofrecen televisión por cable. En una se pueden ver siete canales: dos son agropecuarios y los demás son de distintas iglesias. Son curiosos los canales de las iglesias. Algunos tienen un informativo en horario central que, más o menos, da cuenta de los hechos que cualquier informativo cubre, pero en la mayoría lo que se ve es un simulacro milagroseado de los canales de televisión no religiosos: concursos de canto (religiosos), telenovelas (de tema religioso), informativos (sobre actividades de la iglesia o de las que la iglesia tiene algo que decir), programas para la familia que incluyen consejos para salvar el matrimonio o mejorar la convivencia en el barrio, pero, sobre todo, consejos sobre cómo ser más próspero. La prosperidad está directamente vinculada al amor a Dios, y ser próspero es una manera de honrar y servir a la divinidad. Lógicamente, si aumenta la renta debe aumentar el diezmo, así que ser económicamente exitoso es una forma de mostrar compromiso con la congregación. Ayuda a Dios, dice el mensaje, y te ayudarás a ti mismo (una sutil pero significativa inversión de los términos del refrán que dice “ayúdate, que Dios te ayudará”). Estando allá aprendí que la mismísima Compañía de Jesús tuvo que adaptarse para poder pelearles el mercado a evangélicos y pentecostales. A influjos del padre Eduardo Dougherty -un sacerdote católico oriundo de Nueva Orleans que soñaba con ser misionero en África pero terminó acercando la Renovación Carismática a Brasil-, los jesuitas pelean el diezmo y los fieles con una multitud de pastores y predicadores de las más diversas congregaciones protestantes, valiéndose, sobre todo, de las facilidades que brinda, en un país tan enorme, la televisión. La Associação do Senhor Jesus, organización que gerencia el “canal educativo” TV Século 21, ofrece ser “socio de Jesús”, algo que se logra mediante un compromiso económico que transforma automáticamente al contribuyente en evangelizador, sin moverse de su casa. Agreguemos a esa piadosa opción las que ofrecen la Rede Aparecida (también católica, de la Fundação Nossa Senhora Aparecida), la Boas Novas (fundada por el pastor pentecostal Samuel Câmara, de la Assembleia de Deus), la Rede Vida (el mayor canal católico del mundo, según dicen), la TV Novo Tempo (adventista), la Rede Internacional de Televisão (de la Igreja Internacional da Graça de Deus), entre otras cadenas que, a lo largo de todo el día, todos los días, educan a los espectadores en cuestiones relativas a la fe, la esperanza, la autosuperación y la construcción del éxito personal, indiscernible de la cooperación con Dios y con la iglesia. Aunque varias de estas televisoras sean católicas (es decir, reconozcan la autoridad del papa Francisco y adhieran al dogma romano), su práctica es muy semejante a la de sus competidoras protestantes en eso de ser tenaces divulgadoras de las bondades del éxito personal y de la persecución de objetivos inmediatos de prosperidad y crecimiento. En ese contexto, expresiones como “liberarse de las cadenas” no dicen nada acerca de las relaciones de explotación o las razones de la miseria estructural, sino que hablan de dejar atrás el fracaso, siempre personal y arraigado en la propia incapacidad de crecimiento.

Esta batalla por el corazón y el bolsillo de los fieles tiene su correlato en la competencia que las iglesias dan -también ellas- en el terreno de la ostentación: la construcción de megatemplos. Sólo en el estado de San Pablo se disputan el premio a la desmesura el Templo da Graça (Igreja Internacional da Graça de Deus), el Templo de Salomão (Igreja Universal, a la que adhiere Eduardo Cunha, líder del PMDB y presidente de la Cámara de Diputados), la Cidade Mundial dos Sonhos de Deus (Igreja Mundial do Poder de Deus), la Basílica de Nossa Senhora Aparecida (católica), el Templo da Glória de Deus (Igreja Pentecostal Deus é Amor) y otros (la cadena BBC publicó en febrero de este año un informe sobre el asunto, disponible en internet). La ostentación es el camino, la verdad y la vida.

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La nota de Lila hablaba de los esfuerzos del PT por combatir la pobreza y repasaba algunos logros: reducción de la mortalidad infantil, caída del desempleo y disminución de la deuda externa. Con acierto, observaba que la matriz capitalista no se había modificado “un ápice”. Y eso es tan notorio, tan doloroso, que obliga a pensar que la reducción de la pobreza es nada (nada, claro, excepto eso: algunos millones de vidas arrancadas a la muerte para mantenerlas en cuidados paliativos) si no se ataca frontal, radicalmente, la riqueza. Porque la riqueza es avasallante y salvaje en cualquier lado, pero en Brasil esa prepotencia, esa impunidad rompen los ojos en apenas unas horas de recorrido por carretera. Gigantescos condominios cerrados, balnearios enteros en los que el acceso al mar está bloqueado por muros o cercas eléctricas (“cadé o horizonte?”, se pregunta un grafiti pintado en un muro de los tantos que aíslan la franja marítima de la Serra do Mar), helicópteros que van y vienen constantemente trasladando a los privilegiados que pueden mirar el océano desde la ventana aunque prefieran bañarse en la piscina. Del otro lado, las ciudades se forman por añadido de piezas: las viviendas se amontonan unas sobre otras como cajas de zapatos levantadas con ticholos del mismo color rojizo que la tierra que dejan ver los morros desmatados. Brasil es un país de empuje, como Estados Unidos, pero si allá los campamentos de trailers son el penoso residuo de un avance hecho en carretas y carromatos, acá las barracas rojizas prendidas de los morros parecen dar cuenta de la pelea original contra la selva; de la imposición de un sueño de desarrollo conseguido a fuerza de machete y desmatadora.

A los costados de la ruta duermen los caños que prometen que en algún momento llegará el saneamiento (habrá elecciones municipales en octubre, y todos los que quieren cargos hablan de eso). Mientras tanto, sudan agua sucia los paredones de los morros y van a dar al agua y a la tierra las deposiciones de miles, de millones de personas que no tienen acceso a ese servicio.

Una máquina obscena de consumo. Esa es, exactamente, la cara que Brasil muestra en sus dos extremos, porque los pobres también quieren consumir, y quieren poder mostrarlo. Porque el que no consume no existe.

En un texto que se llama El caballo académico, Georges Bataille recuerda el esfuerzo de los galos por acuñar caballos en sus monedas, tal como habían hecho los griegos, y observa cómo la sublimación de lo animal en una figura estilizada y noble (la versión helénica) se manifestaba, en las monedas bárbaras de los galos, en una imagen grotesca y absurda, completamente ajena a la comprensión del símbolo que copiaba. Hay algo de eso en el esfuerzo de Brasil por ser un país del primer mundo. Una pujanza, una violencia y una desmesura que dan cuenta de la obscenidad misma de la vida, sin la menor chance de incorporar algo como una racionalidad o un equilibrio. Con suerte, con compromiso, con esfuerzo, tal vez se haga verdad que não vai ter golpe. Que haya justicia ya será otro cantar.

Tomado de La Diaria 

miércoles, 13 de abril de 2016

EL PROBLEMA DE LA UNIDAD EN UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA (Análisis de la estrategia del Partido Comunista Uruguayo a la luz de los resultados)


Por José Luis Perera

  -  QUINTA PARTE -


PRIMERA CARTA AL PARTIDO SOCIALISTA

En la carta que el PCU enviara en 1955 al Partido Socialista, haciendo un fraternal llamado a la unidad, les decía que “El monopolio de la tierra por una pequeña minoría, agrava todos los elementos de la crisis que se acentúa en la economía nacional”. Cincuenta y ocho años después, y en parte gracias a un gobierno en el que están juntos, codo con codo, comunistas y socialistas, la minoría que detenta la propiedad de la tierra es todavía más pequeña, y además extranjera.

Les decían los comunistas a los socialistas:
Aspiran (los trabajadores) a que las riquezas que el Uruguay posee y produce, estén destinadas a brindar mejores condiciones de vida a las masas trabajadoras. Estas justas aspiraciones son frustradas por la existencia de un régimen de grandes propietarios feudales de la tierra y un puñado de potentados del gran capital, que aliados a los monopolios imperialistas extranjeros realizan formidables ganancias, mientras condenan a las masas a una doble explotación nacional y social, y se oponen a todo progreso social”.

Cincuenta y ocho años después, comunistas y socialistas integran un gobierno que favorece la concentración de la tierra y a los potentados del gran capital trasnacional que siguen acumulando formidables ganancias, gracias a las exenciones impositivas, zonas francas y otras medidas que los favorecen.
Hoy en día pululan los fondos de inversión, algunos de ellos yanquis, que invierten en nuestro país comprando tierras. Cuando queramos hacer algo con eso, seguramente sacarán a relucir el famoso Tratado de Protección de Inversiones.

En 2010, la REDIU mostraba que entre 2003 y 2009 los terratenientes de este país se habían enriquecido, por concepto de renta de la tierra y aumento del valor de sus campos en más de 30 mil millones de dólares. Actualizado ese dato, luego del último Censo Agropecuario, da que entre 2003 y 2013, por concepto de aumento del precio de la tierra los terratenientes de más de 200 hectáreas se enriquecieron en 46.451 (cuarenta y seis mil cuatrocientos cincuenta y un) millones de dólares. Si se le agrega la renta de la tierra, lo hicieron en 13.631 (trece mil seiscientos treinta uno) millones de dólares. Por lo cual la suma total en la que se enriquecieron los terratenientes en este país en los últimos 10 años es de 60.082 millones de dólares. En buena medida gracias a los gobiernos del FA.

Para colmo, el pago de impuestos sobre la tierra (contribución inmobiliaria, aportes patronales al BPS e impuesto al patrimonio) entre 2003 y 2012 alcanzó 665 millones de dólares. Esto representa prácticamente el 1% del enriquecimiento en el período. Y si se calcula la proporción del total de los impuestos pagados por el sector, (1.711 millones de dólares) es menos del 3%.
Y la redistribución de la riqueza sigue esperando a que algún día llegue la izquierda al gobierno, porque los propietarios de esta masa de tierra, 15 millones y medio de hectáreas sobre un total nacional de 16,5 millones, y beneficiarios de ese colosal aumento de riqueza, son menos de 14.500 personas y empresas nacionales y extranjeras.

Le decía el PCU a los socialistas:
La experiencia histórica enseña que la clase obrera es la fuerza social llamada a conducir a las masas populares a la conquista de una nueva sociedad. Del mismo modo, la experiencia histórica enseña que el poder de la clase obrera es mayor cuanto más poderosa y fuerte es la unidad del proletariado, la unidad sindical y la acción común de los Partidos Comunista y Socialista”.

Pero 58 años después, habiendo logrado la unidad del proletariado en una sola Central, y la acción común de los Partidos Comunista y Socialista, no está tan claro que estén conduciendo a las masas populares a la conquista de una nueva sociedad. ¿Era falsa la premisa? ¿En qué se falló? Creo firmemente que estas cosas son las que hay que estudiar si se quiere avanzar. ¿Será que el problema estuvo en el resto de las fuerzas que se sumaron a ambos partidos históricos? Porque en la carta también decía el PCU:

Por otra parte, comunistas y socialistas no podemos olvidar que proclamamos que nuestra aspiración es el socialismo. Bien que existan diferentes concepciones de cómo alcanzar esa meta socialista, esa simple comunidad de postulados no puede menos que hacer posible unir nuestros esfuerzos para luchar contra la explotación capitalista…”

¿No será que se terminó sumando fuerzas y sectores que por su condición de clase no solo que no aspiran al socialismo ni contra la explotación capitalista, sino que se opondrán con energía a quienes quieran ese rumbo? Porque allí decía también el PCU que “Se puede agregar que todo cuanto suponga elevar la conciencia socialista de los trabajadores, liberarlos de la influencia ideológica de la burguesía, se traduciría en fortalecimiento de los partidos de la clase obrera, de socialistas y comunistas”. Y sin embargo, es obvia la dificultad de liberar a los trabajadores de la influencia ideológica de la burguesía, cuando se participa de un gobierno en el cual, la mayoría de sus integrantes, defienden con energía y abrazan con pasión la ideología de la burguesía.

Se invitaba a los socialistas a una lucha común “…por los aumentos de salarios para los trabajadores, aumentos de sueldos para los funcionarios públicos y municipales y de las jubilaciones y pensiones para las clases pasivas, por una política impositiva que no recaiga sobre los sectores populares sino sobre el gran latifundio, las grandes empresas y los monopolios extranjeros; en defensa de las libertades sindicales; por una política exterior independiente…”.

Pero 58 años después, y habiendo dejado miles de compañeros en la lucha, torturados, muertos, desaparecidos, presos, exiliados, integran juntos un gobierno que hace recaer el peso impositivo sobre los salarios más que sobre el capital (al cual se le rebajaron impuestos), que apenas logra poner un impuesto simbólico a las grandes extensiones y tiene que transar en que ese dinero les sea devuelto en caminería a ese mismo latifundio, que a las grandes empresas y monopolios extranjeros los exime del pago de impuestos, etc…

Porque tanto el actual, como el anterior gobierno del FA, han sido gobiernos que tiemblan ante el poder. El caso del impuesto al agro es un ejemplo claro, pero hay otros. No se ha querido enfrentar al poder de los grandes medios de comunicación, demorando interminablemente una ley de medios, y llegando finalmente a una que mantiene intacto el poder que ya tenían los dueños de los canales de televisión.
Y otro ejemplo claro, es también el de la negativa de Mujica a la creación del Frigorífico Multimodal, en donde sin ambages admitió que no quería hacerlo porque eso sería enfrentar a la rosca ganadera, como si no se hubiese luchado y perdido vidas de valiosos compañeros justamente para eso, para enfrentar al poder de la oligarquía.

martes, 12 de abril de 2016

El Pacto del Club Naval y la generación de la derrota


Por Marcelo Marchese

imagen del contenido Marcelo MarcheseHacia inicios del 84 la dictadura militar estaba liquidada y sin capacidad de respuesta. Había sufrido la crisis del año ochenta, el contundente NO, la derrota de la dictadura argentina en las Malvinas, el triunfo de los sectores más avanzados en las elecciones del 82 y un considerable voto en blanco, la ruptura de la tablita, la caída de las dictaduras en el continente, el desprestigio a nivel internacional, la pérdida de respaldo de EEUU y por último el rechazo de todo el país. 

 

Esta pérdida de respaldo era apreciable por el acto del 1ro de mayo del 83, organizado por el PIT; el masivo caceroleo y apagón del 25 de agosto; la Semana del Estudiante en septiembre, organizada por ASCEEP; la marcha por 18 convocada por el PIT; el acto del Obelisco del 27 de noviembre y el paro impresionante llevado a cabo el 18 de enero de 1984. Vivía en Avenida Italia y no deben haber pasado más de tres autos ese día. Con quince años y nula experiencia política, pude apreciar que la dictadura estaba muerta.

 

El auge de movilizaciones tuvo dos características principales: la primera, que fueron impulsadas por la Intersocial (el PIT, ASCEEP, FUCVAM y Serpaj). Los partidos políticos tradicionales no tenían ninguna incidencia en la dirección del movimiento, ni eran considerados referentes en la lucha contra la dictadura. La segunda, que las organizaciones eran nuevas y habían sido impulsadas por jóvenes trabajadores y estudiantes, sin una inmediata atadura con las prácticas del pasado previo al golpe.

 

El Partido Colorado observaba estos síntomas alarmantes y con un olfato político certero, resultado de doscientos años de gobierno casi ininterrumpido, comenzó una pulseada con el movimiento popular para dominar la salida de la dictadura. Llamó a formar la Multipartidaria, que terminaría desplazando a la Intersocial. Este desplazamiento alcanzó su cima en el Pacto del Club Naval, llevado a cabo por los partidos políticos con la ausencia del Partido Nacional.

 

¿A través de qué mecanismo los jóvenes creadores del PIT y ASCEEP dejaron arrebatarse la iniciativa, al tiempo que dilapidaban el prestigio que habían acumulado? El análisis de esta disposición mental, que creo no se ha hecho nunca, merecería no un artículo, sino varios tratados. Sin agotar aquí las explicaciones, quisiera invitar al lector a prestar atención a uno de los puntos cruciales del desastre. Todo movimiento renovador, sea en el plano del arte o de la política, es vanguardizado por jóvenes que se levantan contra el pensamiento de sus mayores. La generación del 83 elaboró sus herramientas e inició la lucha contra la dictadura, más o menos liberada de la influencia de la generación del 68 que había sufrido una derrota en toda la regla. Los principales militantes de la generación del 68 habían muerto, o estaban presos, o en el exilio. Una reivindicación clave en la salida de la dictadura era, precisamente, el retorno de los exiliados y la liberación de los presos mediante una amnistía general e irrestricta. El retorno de los exiliados se dio, al tiempo que los presos salían de las cárceles. Esto era una victoria, pero al mismo tiempo produjo un efecto en cierto aspecto contraproducente. Los viejos militantes que volvían aureolados por el martirio, de forma natural ocuparon, pues la generación del 83 se lo permitió, los lugares de decisión. No importaba que vinieran de la derrota. No importaba que su metodología había llevado a un fracaso criminal. No importaba que desde el exilio o la cárcel estuvieran radicalmente alejados de la nueva sensibilidad política. Volvieron por sus fueros, para tropezar dos veces con la misma piedra. No se los puede culpar por desalojar a los jóvenes de la dirección del movimiento; lo que sí podemos hacer es lamentar que a la valiente generación del 83, que enfrentó a la dictadura en momentos todavía difíciles, no le diera el coraje intelectual para enfrentar a sus mayores, sus maestros e ídolos. He aquí dos factores que explican el declive desde el Pacto del Club Naval: una generación de fracasados que vuelve aureolada a pesar de la derrota, y una generación pujante que no tuvo confianza en su propia fuerza, y que no se animó a dar el paso que marcara a un tiempo su independencia y la posibilidad de acumular políticamente, en una salida realmente democrática que derrotara en su totalidad a la dictadura.

 

La creación de la Multipartidaria y su logro definitivo, el Pacto del Club Naval, que determinara unas elecciones amañadas, fue el canto de cisne de la generación del 83, y el triunfo del continuismo. Que aquellos jóvenes aceptaran el camino que condujera a un pacto donde la izquierda participara a pesar de la negativa del Partido Nacional, es un hecho que de ninguna manera creeríamos, si no fuera por el prestigio que ejercieron sobre ellos una serie de instituciones, partidos de izquierda y personalidades, como la del propio Líber Seregni, que si bien acertó al impulsar el voto en blanco en las elecciones del 82, a partir de la creación de la Multipartidaria hizo todo lo posible por llevar a cabo su influencia nefasta. En el inaudito discurso del día de su liberación y en cada uno de los pasos subsiguientes, se convirtió en un bloque de hielo viviente aplicado contra el movimiento popular. A través de no sé qué artilugio, Sanguinetti apretó en un puño a Seregni, y luego, hacia mediados del 85, y desde el poder, logró liberarse de la influencia de Jorge Batlle.

 

La derrota que significó el pacto, y la inmediata merma del empuje popular, se profundizó con la no concreción de la anhelada amnistía general e irrestricta y con el estruendoso fracaso que significó la Ley de Impunidad de 1986. Desde allí hasta ahora la izquierda uruguaya no ha hecho más que retroceder. Sus cuadros, los actuales gobernantes que forman una casta de administradores bien paga, fueron extraídos de las generaciones del 68 y del 83, mas no han dirigido el barco a ningún lado, sino que lo dejan escorar al impuso del viento del capital trasnacional.

 

Hasta hace cierto tiempo, si uno mencionaba este retroceso, se le respondía que estaba equivocado y que el acceso del FA al gobierno era la prueba definitiva. No sé cuántos de aquellos optimistas estarían dispuestos ahora a mantener su posición. El acceso al gobierno del FA se da desde que el FA accede hacia posiciones de derecha que le permiten captar, a través del MPP, a un sector ultranacionalista que antes votaba a Pacheco, y que le permite captar, a través de otras opciones, al tradicional votante batllista. Una breve enumeración de las conquistas del FA alcanzará para pulsar la gravedad de la derrota. Nuestro país continúa y acentúa su rol de economía agraria exportadora, con la consiguiente extranjerización de la tierra, aumento del latifundio e imposición de nuevas y exclusivas reglas para las megaempresas. El tejido económico y social continúa su deterioro, al tiempo que una enervante inseguridad crece a ritmo sostenido. La educación se encuentra a un nivel de fregadero; la corrupción se ha convertido en una práctica usual y más que todo y más preocupante que nada, la República se erosiona a un ritmo vertiginoso, marcado por la atonía social y la ausencia de valentía para mirar la verdad de frente, para debatir las cosas fundamentales que debe debatir un país. No existe una República pujante sin republicanos que la construyan con el debate de ideas.

 

De forma ineluctable, en las próximas elecciones o en las siguientes, el FA perderá el gobierno. Si la derrota se diera en el 2024, el desastre que sufrirá será aún mayor, profundizando su faceta administradora para convertirse en la otra cara del sistema, que utiliza, cuando le conviene, a una pseudo izquierda para que todo siga como está. En esa coyuntura podría llegar a darse el nacimiento de una alternativa, algo que no logramos visualizar. En rigor no está en absoluto a la orden del día la preocupación por crear una organización que exprese, tanto el pensamiento de todos aquellos que votan en blanco, como el de los que aún votando al FA se sienten defraudados por la lenta muerte de una organización sin protagonismo de sus bases, sin apuesta al debate público, sin deseo de conquistar con ideas, sin vocación republicana. Lejos de preocuparse por encender una chispa, quienes sueñan una alternativa deben preocuparse por reunir el combustible. Ningún movimiento renovador es valedero si no se apoya en una ciudadanía crítica, en miles de individuos que se arriesguen a llevar a cabo una tarea a la intemperie y de muy difícil ejecución: pensar con cabeza propia. El tiempo de abandonar dogmas que nos han llevado a este desastre, a esta crisis inaudita de la civilización, parece no haber llegado. La tarea de la nueva generación, si es que algún día llega, será desprenderse de los harapos miserables que ha heredado, para animarse a pensar lo nuevo.

domingo, 3 de abril de 2016

Las TIC, la enseñanza divertida y las nuevas subjetividades


Por Andrés Núñez Leites
Estudiantes con XO Estudiantes con XO*
Mucho de lo que hacemos es irreflexivo. De hecho, nuestra vida podría verse seriamente obstruida en su eficacia cotidiana si problematizáramos y deconstruyéramos todo lo que hacemos, todo lo que vemos, todo lo que sentimos. Pero las decisiones importantes siempre llaman a la reflexión. También en el plano social. Es verdad que los actores institucionales y políticos, máxime en tiempos de posdemocracia, donde los flujos de autoridad provienen directamente de las corporaciones capitalistas, operan por influencia externa, pero aún así, en los márgenes de acción que las estructuras de opción del juego político y económico les deja, habría lugar para favorecer la investigación y el análisis detenido, por ejemplo, antes de tomar decisiones que afecten gravemente al sistema educativo público. Sin embargo, esa posibilidad no se aprovecha. En materia educativa, parecería haber una intención activa, una voluntad de no saber, tal que el lugar de la investigación y el análisis es ocupado por el sentido común, por las ideas tan obvias que no requieren fundamentación. Ello facilita el encubrimiento y la realización de aquellos flujos.
 

La implantación autoritaria del sistema “one laptop per child” en Uruguay es un caso ejemplar. La reflexión es exógena: un actor social y político de un país central concluye que repartir computadoras de bajo costo entre los niños pobres contribuirá a sacarlos dela pobreza y a fomentar una versión de la “democracia digital” y en nuestro país, un presidente mesiánico decide, en nombre de toda la sociedad, que el plan es bueno y conveniente. Sin embargo, ni una sola investigación pedagógica (y nótese que ni siquiera  adjetivo “seria”, “independiente”, “sometida a arbitraje”) avala el disparate norteamericano y tampoco al disparate con que se convenció a la población local, cuando se le dijo que el Plan Ceibal mejoraría los aprendizajes de los niños. De hecho no ha podido demostrarse que las computadoras superen en el nivel primario y secundario de enseñanza, en tanto herramientas de aprendizaje, a las tecnologías ya disponibles: libros, tiza, pizarrón, lápiz, cuaderno y video. Como solución política y herramienta de descrédito contra las resistencias, gobierno progresista y oposición derechista culparían de los nulos resultados luego a los docentes, inconsultos depositarios del saber pedagógico práctico, por no apoyar el plan. Y si sumamos a esto el negocio por el cual el gobierno financia la entrega de los datos manejados por cientos de miles de estudiantes y docentes a Google, podríamos pensar que la ausencia de investigación y reflexión pedagógica ha sido funcional a una estrategia económica corporativa que se asocia, por otra parte, pero dentro de la misma funcionalidad, a una intención de control social: generar trabajadores “adiestrados” en el uso de las herramientas informáticas más básicas y sobre todo “conectados”, sin privacidad, transparentes para el ejercicio del poder.

Uno de los argumentos asociados a la implantación del Plan Ceibal, ha sido un ideologema típico de la lógica del capitalismo pos-industrial aplicado a la educación: las TIC harán más divertida a la educación y con ello mejorarán los aprendizajes. Otra vez, algo sin respaldo de investigación. Toda la experiencia apunta a lo contrario: estudiar puede tener momentos divertidos y ¡vaya si los tiene!, pero es mayormente un trabajo de acumulación, paciencia, detenimiento, reflexión. La única forma de sostener durante cuatro u ocho horas diarias una “educación divertida” es acelerándola y reduciendo radicalmente sus contenidos conceptuales, convirtiéndola en un pasaje permanente de impresiones más de orden visual que cognitivo. Paradójicamente, esto atenta contra una capacidad de concentración y sostenimiento de la tarea que ya viene menguada por fenómenos extra-escolares como la inestabilidad de los vínculos familiares, el impulso al consumo permanente de mercancías, la excesiva exposición de los niños a medios audiovisuales interactivos desde temprana edad.


Tanto la decidida y abrumadora inmersión de los niños en un ambiente tecnológico como la reducción del trabajo pedagógico a una sucesión hiperkinética de puestas en escena de contextos lúdicos, no tienen ninguna posibilidad de mejorar los niveles de aprendizaje. En realidad, tienden a profundizar los déficit de aprendizaje en el sentido de reforzar tendencias sociales como las que señalamos más arriba, contribuyendo a una creciente expropiación masiva de la capacidad de razonamiento abstracto, sobre todo a nivel de las clases populares, donde el vínculo con la escritura y las posibilidades de control de los efectos de los discursos políticos y de la mercadotecnia es menor. Hay que ser enfáticos en el análisis: si para adscribir sentido a las acciones políticas, hemos de juzgar no tanto las declaraciones de intención como los efectos reales de dichas acciones, podemos afirmar que las políticas educativas de las últimas dos décadas (con gobiernos de la derecha y la izquierda neoliberal) apuntan no a la mejora de los niveles de aprendizaje en escuelas y liceos; son más bien tecnologías sociales para la consolidación de una subjetividad acorde a los requerimientos del capitalismo corporativo: personas que se adhieran automáticamente a las TIC tal como vienen formuladas, que puedan pensar prácticamente pero que desconozcan o naturalicen las fuerzas sociales que configuran su escala de acción, que se adapten y se resignen a la dinámica del mercado laboral inestable, que reaccionen sin resistencia a los impulsos mediáticos. Un mundo de peones prácticos y técnicos acríticos. ¿Un mundo feliz?


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* By Cecilia de la Paz (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons


martes, 29 de marzo de 2016

Inclúyanme afuera

Por Soledad Platero 


“Vivimos en un país antisemita”, dice Anna Donner desde una columna en Jai (www.jai.com.uy). Vivimos en un país antisemita, dice, porque no hubo solidaridad con David Fremd, más allá de la que mostraron sus vecinos, en Paysandú. Vivimos en un país antisemita, dice, porque entre la muerte de David (el asesinato de David), el 8 de marzo, y el 13, en que ella escribe, hubo tiempo para el Día de la Mujer, para el homenaje a Zitarrosa y para seguir con los chistes sobre Sendic y el enojo con el Frente Amplio. Y claro, ya enseguida arranca el asunto del BPS, de la escasa información y de las listas que no estaban, así que hay que reconocer que sí, que la indignación social por el asesinato de un uruguayo por su condición de judío calentó bastante poco el ambiente de la opinión pública nacional.

El asesino de David Fremd era, como dicen las pericias psiquiátricas, un descompensado. Un enfermo mental que atravesó un episodio delirante y llegó a matar, amparado por la tolerancia –la indiferencia– de los pueblos ante la locura. Como bien se ha dicho, un esquizofrénico sin tratamiento y en un momento de delirio puede matar porque oye la voz de Dios o porque escucha hablar a un perro. Omar Peralta dijo haber escuchado a Alá.

Sin embargo, el odio de Peralta hacia los judíos ya se había exteriorizado de otras formas, así como su locura, su manía persecutoria y su necesidad urgente de llamar la atención. El asunto es que no le llamó la atención a nadie, porque todo pueblo tiene uno o dos locos y media docena de tipos raros. Y porque hay odios que ya están naturalizados, y el odio al judío es uno de ellos.

Es claro, a esta altura, que el ataque de Peralta no forma parte de una operación terrorista, pero es verdad que pasó sin pena ni gloria entre tanto acontecimiento más fácil de transformar en escándalo. Y peor aun: los pocos intercambios alrededor del episodio pasaron por alto el crimen para transformarse en una revisión de cuentas entre los que apuntan los crímenes de Israel contra los palestinos y los que anotan prolijamente las muestras de solidaridad con otros colectivos, comparan y calculan cuánto se les quedó debiendo. Otras formas de la indiferencia, me temo.
El lunes de madrugada, una pareja de dominicanos fue baleada en un local bailable de la calle Florida, en Montevideo. Los dos –una mujer de 32 años y un hombre de 36, según Subrayado– están internados en un hospital, graves. Hasta el momento en que escribo esta nota no se sabe quién los atacó, ni por qué. Los vecinos dijeron a la prensa que el sitio en el que estaban tiene “dudosa reputación” y que “el ambiente genera sospechas”, aunque la Policía nunca recibió una denuncia de actividades ilícitas en el local. Es probable que la cosa caiga rápidamente en alguna de las bolsas tranquilizadoras que tenemos para estos casos: “cuestiones del momento”, “ajuste de cuentas”, “droga”, “lío de faldas”, “crimen pasional”. Alguna de esas formas verbales ya lexicalizadas que sirven para despachar rápido lo que les pasa a los otros. A los que se ponen, irresponsablemente, en peligro.

El jueves 10 de marzo se cumplieron cuatro años del asesinato de Gabriela, una transexual de 37 años, en el Parque Roosevelt. Tenía dos balazos en la nuca y la cabeza destrozada. En la misma zona habían baleado, pocas semanas antes, a Jacqueline, conocida como la Brasilera, otra transexual. En setiembre de ese mismo año –2012– apareció, con quemaduras y un balazo en la nuca, el cuerpo de una chica trans de 25 años, en la zona del Prado. Era la quinta víctima trans de ese año. La alarma social nunca se disparó.

Todas estas muertes pueden desencadenarse, sin duda, por “cuestiones del momento” (todo, en última instancia, se desencadena por cuestiones del momento), pero son posibles porque la indiferencia o el miedo nos mantienen en silencio cada vez que la violencia simbólica se hace presente, aunque sea en formas menos brutales o extremas.

Omar Peralta enloqueció y mató, pero no mató a cualquiera: mató a un judío. Podía, claro, haber dirigido su odio a cualquier otro grupo (a los homosexuales, a las prostitutas, a los extranjeros, a los negros) y lo más probable es que la tolerancia social hubiese sido la misma. Sin ir más lejos, basta darse una vuelta por los comentarios de la mayoría de los foros de los sitios de prensa para ver cómo muchos participantes hablan, por ejemplo, de “los pichis”. No sé cuándo empezó esa indiferencia, esa despreocupación por la suerte del otro, esa distancia que tanto se manifiesta en el silencio como en el comentario cínico y superado. Lo que sí sé es que de la mano de esa indiferencia crece el miedo a la violencia “gratuita”, que es la que cae sobre las personas comunes y corrientes que no andan en ambientes poco recomendables ni pertenecen a colectivos minoritarios.
Hace ya unos cuantos años que las organizaciones de la sociedad civil impulsan medidas reparatorias para las colectividades históricamente desfavorecidas. El proceso hacia la visibilización, primero, y la reparación, después, fue largo y accidentado, y no alcanzó, todavía, a todos los “vulnerables” (a los pobres, sin ir más lejos, no los representa nadie, así que el Estado toma, o no, la iniciativa para “repararlos”). Estamos lejos, no sé ni si hay que decirlo, de la justicia o la equidad. Pero en ese camino de reivindicaciones y reparaciones se fragmentó y atomizó la lucha, y hay una parte demasiado grande de la sociedad que se siente ajena a todo, mientras demasiadas partes pequeñas forcejean, inmersas en sus propias demandas. “Inclúyanme afuera”, decía uno, queriendo decir que se lavaba las manos.

Hace tiempo que perdimos de vista al otro, y no queremos ver que el otro es cualquiera. Que somos todos.
Fuente: carasycaretas.com